Por: @JamieSenna
Caminaba por la calle oscura, la última farola la había pasado ya hacía algunas decenas de metros, y, no hace falta decir que sin farolas con focos, no hay luz. No hace falta decirlo porque eso lo sabemos todos, la única luz que hay cuando falta una farola es la de la luna, misma que esa noche no se encontraba muy observable en el cielo. Las estrellas tampoco se veían, regularmente es muy difícil, siendo el centro de la ciudad donde se encontraba esta calle oscura en la que les digo que yo caminaba, pero bueno, basta de desvíos.
–Buenas noches señor –escuché que alguien me decía en una voz muy baja.
–¿Se dirige usted a mí? –respondí, más al aire que a cualquier otra cosa en específico, ya que por el motivo mencionado al principio de esta narración me resultaba extremadamente difícil ver cualquier otra cosa más que el vaho que emanaba mi propia exhalación, porque, y esto olvidé mencionarlo antes, hacía un frío de esos que calan.
La ligera voz me respondió que sí se dirigía a mí.
–No hay nadie en esta calle más que usted y yo –añadió después. Para corroborar su declaración volteé hacia la izquierda y hacia la derecha, miré atrás de mí y no falta decir que hacia delante. El muy tenue iluminar de aquella farola que atrás había quedado sólo me dejaba a la vista las siluetas de los árboles en las banquetas, y nada más. Ni un automóvil estacionado, ninguna ventana en los muros de la calle. Nada. Tenía razón mi interlocutor, quien demonios quiera que fuese, en eso de que estábamos solos. Solos estábamos y solos nos íbamos a quedar, como solos estamos en el universo, afirman algunos, y definitivamente no estamos solos, debaten otros.
–¿Necesitas algo? –le pregunté pensando en que dado el tan ligero tono de su voz podría tratarse de alguna persona en aprietos, y digo persona pues en ningún momento logré descifrar si la voz que escuchaba pertenecía a un hombre, a una mujer, a un niño, a una niña, a un anciano o a una anciana.
–No necesito nada, nada más que me dedique un pequeño lapso de su tiempo, si puede usted hacerlo.
–¿Para qué?
–Sólo necesito una pequeña fracción de su noche para contarle un secreto y cuando termine, usted sabrá de qué se trata.
–¿No intentarás venderme algo? –le contesté incrédulo. Tengo la tendencia a desesperarme rápido cuando la gente me aborda en la calle y me pide que compre dulces o mentas, pero tuve la sensación de que este no era el caso, cosa que me fue confirmada casi al instante.
–No es el caso señor, se lo prometo.
–Está bien, ¿qué tienes qué decirme? –le respondí comenzando a entrar en un ligero estado de curiosidad.
–Lo primero que tengo que decirle es que yo no soy un ser humano. –En ese momento mi mente asimiló más que esa era la razón por la cuál no podía identificar si aquello a lo que le pertenecía dicha voz era un hombre o una mujer, un niño o una niña, y bueno, ustedes saben lo demás; que lo que la voz me decía, como ya lo escuchamos, no provenía de un ser humano.
¿Cómo que no eres humano? –le respondí después de que mi mente se desenmarañara de todos esos asuntos anteriores.
–Sí, le digo que no soy humano y para serle honesto y que no le quite más tiempo del que le pedí, no le explicaré lo que en realidad soy, y por favor no insista ya que aunque le dijera y le explicara no lo entendería, créame, ya le he intentado explicar a un par de personas más, y más que entenderlo quedaron un poco, digamos, traumatizadas.
–¿Traumatizadas?
–Sí.
–¿Por qué?
–No lo sé, ni siquiera me vieron.
–¿Eres un ser feo?
–No, para nada. Simplemente que la mente humana algunas veces no llega hasta ciertos recovecos del entendimiento de ella misma, y mucho menos del mundo que la rodea.
–Sí, la mente está un poco limitada, concuerdo con eso.
–La mente humana. Sí, esa.
Para ese momento mi curiosidad había evolucionado en intriga. Sugestiva palabra esa: evolucionar. Siempre hemos creído que nosotros, me refiero con nosotros a los seres humanos por supuesto, somos el pilar más alto de la evolución, y había ahí algo o alguien que se hacía llamar no-humano y que se autoproclamaba de mente más avanzada que la nuestra. Y a lo que, por alguna razón, yo le creía.
–¿Si no eres humano qué eres? ¿Un animal?
–Animales somos todos, excepto las plantas y árboles, y las flores claro está.
–¿Un extraterrestre? –escuché cómo reía un poco.
–No, mucho menos. Le aclaro que, como usted, nunca he salido de este planeta. Sólo soy algo que ni usted ni casi nadie conoce.
–¿Y qué me quieres contar?
–Lo que le quiero contar es algo muy sencillo.
–Pues dime.
–¿Está usted preparado?
–Sí, supongo.
–Pues, siendo así ahí va…
Se hizo una muy ligera telilla de silencio entre los dos. Yo no sabía ya qué estaba pasando, ni en lo que me estaba metiendo. Lo único que sí tenía claro era que no partiría de ahí hasta que esa situación llegara a su final. El silencio se rompió de súbito.
–Yo lo llamé porque desde días antes de que usted pasara por aquí ya sabía que pasaría.
–¿Me espías? –le pregunté con un ligero tono de burla.
–No, de ninguna manera. Simplemente sé muchas cosas que no han ocurrido y que van a ocurrir, y de eso es de lo que quiero hablarle.
–¡¿Quieres advertirme algo de mi futuro?! –exclamé rápidamente y con un poco de miedo.
–No tanto advertirle, sino más bien contarle.
–¡Anda! Cuéntame pues, que la curiosidad me mata.
–¿Como al gato?
–Sí, como al gato. Veo que sabes de refranes.
–Algo.
Otro silencio. Para ese momento cada segundo de la expectativa parecía matarme y sin embargo, aquel ser disfrutaba tomarse su tiempo.
–Lo que quiero decirle es que cuando termine de hablar conmigo la luna saldrá detrás de una nube que ahora la cubre por completo, iluminará todo este callejón y revelará ante sus ojos todo el escenario en el que nos encontramos. Usted procederá a buscarme con impaciencia, primero en las banquetas, luego detrás de los árboles y en el pavimento. Buscará sin cesar, pero no logrará ver ni un rastro de mi presencia. Después se quedará absorto en sus pensamientos durante exactamente tres minutos con cuarenta y dos segundos, tratando de interpretar mis palabras y entender lo que aquí ha pasado. Al final no lo conseguirá. Desistirá y regresará a su apartamento, en donde no logrará conciliar el sueño pensando en todo lo que aquí tuvo lugar. Finalmente se preparará un té de canela y caerá víctima de un sueño muy pesado. Mañana, cuando despierte, recordará claramente cada una de mis palabras, pero no llegará a comprender su significado, y continuará viviendo su vida, con el muy ligero cuestionamiento, en sus propias palabras, de qué carajo pasó esa noche, en ese maldito callejón.
El silencio de nuevo. Quería decir algo, hacer más preguntas, incluso gritar, pero la voz no lograba escapar de mi garganta. Una corriente de viento intenso sopló desde el Oeste y desplazó una gran nube que abrió paso a la brillante luna llena, cuya blanca luz iluminó el callejón.
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