Ícono del sitio Cultura Colectiva

Carta para darle gracias al terremoto

Carta para darle gracias al terremoto

Carta para darle gracias al terremoto

Es de noche y estoy sentada en mi cuarto. La luz está apagada y apenas se alcanzan a escuchar algunos carros pasar. La oscuridad es ahora mi cómplice, mi aliado. Tantos pensamientos revuelan en mi mente y con ellos llega ese escalofrío que recorre mi espalda y eriza mi piel. Ahora sólo hay un pensamiento: 19 de septiembre. Hoy no pretendo guardarme ninguna palabra, ya no más.

Y, ¿sabes qué? No te voy a reclamar como miles de voces que se unieron para mirar al cielo y reprochar lo que les arrebataste de manera desconsiderada. Yo te sentí, cómo te convertías de menos a más, mientras que, sin saberlo, a mi corazón le pasaría lo mismo.

Cuando mis padres y abuelos me contaban de lo que había sucedido con tu pariente en 1985 veía cómo el pánico se apoderaba de cada uno de sus gestos. Es como si se quedaran firmes, estáticos y por un instante, la mirada los transportaba otra vez a ese momento en el que su vida, al igual que ahora la nuestra, se transformó.

Hoy estoy aquí para decirte con toda sinceridad: ¡GRACIAS!

Gracias porque si bien te llevaste un pedazo de nuestro corazón contigo, fue ese pedazo donde vivía la apatía.

Gracias porque me abriste los ojos ante quienes estaban frente a mí a diario, a cada paso, y sin embargo, no era capaz de ver. Ahora tengo otros ojos.

Gracias porque me hiciste abrazar a desconocidos que sin saberlo eran mis amigos. Amigos ocultos con los que choqué las manos en cadenas humanas para sacar escombro.

Gracias porque cada pedazo de piedra que arrojaste, me hiciste sacar fuerza que no sabía que era capaz. Yo no sé cómo, ni en qué momento pero mis brazos canalizaron la energía para mover y cargar esas piedras, sólo para encontrar un respiro debajo de ellas.

Gracias porque hasta el que más presumía de ser valiente, le rezó a un Dios con el que nunca antes había platicado y solamente entonces fue cuando todos hicimos resurgir la fe que habíamos ocultado por mucho tiempo.

Gracias porque cuando llegaste, no me sujeté de nada más que de la esperanza de verte desaparecer ante mis pies. Esperanza que llegó para no irse jamás, te lo prometo.

Apenas una semana antes, nos habías dado el primer aviso que ilusamente me hizo creer que ya lo había vivido todo. Te metiste hasta lo más profundo de mi temor. Tiraste más que simples sueños; se cayeron corazones.

Todavía veo videos, fotografías y sigo sin creerlo… ¿Cómo es que tan rápido ha pasado un mes? Me has dejado como recuerdo un par de ojeras, algunos brazos fracturados y múltiples expresiones de miedo que nunca había visto… me dejaste con el corazón roto pero muy agradecido.

Es penoso que para aprender una lección tan grande, tenga que ser a partir de un golpe con la misma magnitud. ¿Por qué no lo hicimos antes? No lo sé, pero la persona que te escribe esta carta es otra de la que conocías hace un mes.

Detrás de todo el polvo que dejaron tus derrumbes no había más que esperanza.

Gracias porque hiciste que temblara más que un país.

Salir de la versión móvil