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Con Permiso

Con Permiso

Con Permiso

 

 Dos campanazos más y –Clang-Clang– las tres de la tarde. Heme aquí siendo la mitad del centro de atracción de tan oportuna ceremonia. Mi mente está de aquel lado de las puertas de la Catedral de Nuestra Señora de la Almudena pero mi cuerpo sigue pegado a mis mocasines negros. El olor de un alelí en la pechera de mi saco me hace regresar justo sobre mis pies, ajustándome en mi corbatín.

Un bouquet amarrado con los dedos de una hermosa mujer me sonríe desde la izquierda. Del otro lado, Giordano, que se ve tan elegante como yo, me recuerda con una mirada aprobatoria que me encuentro entre el padrino y la novia de mi propia boda. Es como si acabara de despertar de un estupor profundo.

Ella está ahí y no creo recordar su rostro vestido con un blanco velo. Pestañeo varias veces intentando deshacer esa inesperada realidad, pero nada sucede. Tras el hombro derecho, familiares y amigos cercanos parecen tan nerviosos como yo, aunque lo dudo. Inexplicablemente, un hilo de sudor me emana de las manos que tiemblan como pollos en el ártico. Ellos me saludan y sonríen al saber que les miro. En el fondo, algunos periodistas y fotógrafos intentan convencer al personal de seguridad de que los deje acercarse un centímetro más. Justo detrás de mi prometida, la madrina, algunas damas de honor y los respectivos niños con las sortijas. Aun más atrás, creo reconocer a mi suegra y suegro con su tradicional porte recio y firme como sacando a relucir su herencia de burgués. Al frente, el señor Obispo.

Ese sacerdote, tan delgado como anciano, llevaba media eternidad balbuceando acerca del matrimonio, la unión de Adán y Eva, bla-bla-bla… Y media eternidad más continuó. Cuando al fin detuvo su discurso, miró hacia ella y hacia mí, alternadamente.

–…y recuerden, lo que Dios unió, no lo separará el hombre. Así que antes de que Dios los una, debo cumplir con los respectivos procedimientos –tragué saliva–. Si hay alguien aquí que se oponga a que el alma de Angélique Annabelle y Gabriel Agustín se fundan en la eternidad…

Es en este justo instante en el que puedo ver con claridad, o al menos imaginar, el perfil que se esconde tras aquel velo sujeto a un ferronière abrochado con el camafeo de su tatarabuela; y sonreí. Cómo olvidar el rostro de Angélique Annabelle, tan soberbio y monárquico. Cómo ignorar el hecho de que había abandonado su “Linaje Real Francés” por posarse en los brazos de un cantante de segunda. Cómo suprimir de mi memoria las veces que se me hizo mujer y los momentos en que, para multiplicar el bien o anular el mal, estuvo a mi lado. Angélique Annabelle, la mujer de mi vida.

–…, que hable ahora, o calle para siempre.

El mundo entero parece detenerse en este instante. Sólo se escucha el baile de las llamas en las velas que consume el oxígeno a su alrededor. Nada de eso suena como un “Yo me opongo”, y no estoy feliz de que sea así. Incluso empiezo a temblar más aún.

–Bien, ya que no hay impedimentos… Angélique Annabelle, aceptas por esposo a Gabriel Agustín, para honrarlo y respetarlo…

La sonrisa de aquella dama resplandece y parece atravesar la tela de su velo. Su nariz corta el aire con las navajas de sus suspiros y en sus ojos hay rubíes inexplicables de encontrar. Su ondulado cabello platino parece moverse por cuenta propia, acercándose hacia mí, como queriéndome abrazar. Y sus labios temblaron un susurro:

–Sí, acepto.

–Y tú, Gabriel Agustín, aceptas por esposa a…

Dicen que al morir, toda tu vida pasa frente a tus ojos. Pero como no estaba muriendo, lo que vi fue cada escena en que Angé estuvo. Desde que apareció aquella tarde en Cracovia mientras yo miraba a “La dama con l’ermellino” de Leonardo, en el Czartoryski. Un bonjour me hizo girar y creer que la mujer se había salido de la pintura. Creo que nunca había conocido dama tan inteligente, bella y talentosa; la amé con sólo verla. Así el tiempo se nos escurrió entre viajes en exceso y placeres instantáneos, era la vida que ambos soñábamos. No imaginé que saldría con una poetiza francesa de la alta sociedad, pero así era, y era ella la sensación de sentimientos puros, hechos pecado original. Sin importar nada ni nadie, Angé pudo dar todo su amor a cambio de una canción antes de dormir, una cada noche. Si eso no era amor, pues…

–… hasta que la muerte los separe?

El silencio devora la nave principal de la catedral y un centenar de palomas alzan el vuelo despavoridas por ese preciso escándalo de muerte. Angélique clava en mí su mirada y nota cuál es mi deseo. Su delineador se desborda por la mejilla hasta la delgada barbilla, me ama. Pero aún así asiente con la cabeza y sonríe.

–No, no acepto.

Me acerco a ella, le descubro el rostro y beso sus labios como nunca jamás lo hice.

–Gracias –le dije.

Camino por el pasillo de espaldas al altar. Los centenares de invitados disparan para levantarse de los asientos, conmocionados. Por encima del bullicio fuerte y claro se escucha al padre de Angélique: “imbécile”, “effronté”, “mauvais humain”. Desato el lazo de mi cuello y saludo con descaro a algunos invitados.

–¡Hola! Con permiso… Gracias por venir… Espero que disfruten de la fiesta… Prueba los camarones, quedaron espectaculares… ¡ADIÓS SEÑORES!

Los periodistas me abren paso como las aguas del mar Rojo y los flashes intentan cegarme, pero mi brillante encanto les opaca. Cruzo las puertas del templo y en la calle más gente, más reporteros consternados. Cuatro campanadas acribillan los murmullos, entonces tengo una epifanía al ver el carruaje en el que nos íbamos después de la ceremonia. Desato uno de los elegantes corceles mientras el cochero lo ensilla. Subo en la bestia, la arreo con fuerza y dejo atrás todo: cochero, periodistas, familiares, escándalo y Angé riendo a carcajadas en el altar.

Mi cabello se despeina con el aire que se atraviesa en el galope del palomino por la Calle Mayor. Varias plazas he pasado, algunos autos se intimidaron por el andar del caballo y creo que la adrenalina del momento está sucumbiendo. Ya casi olvido por qué huyo así, y es cuando meto una mano en mi saco para ver la hora en el reloj de bolsillo, que siento el filo de un papel.

 Horas atrás, mientras me preparaba para la boda, fue Giordano quien tocó a la puerta de mi habitación.

–Alguien ha dejado esto aquí, para ti. Sé que no debí entrar, es de mala suerte que el padrino vea al novio antes de la boda…

–Es la novia quien da mala suerte.

–Ah, sí, cierto… Los nervios, ya sabes.

–Pero el que se casará soy yo.

–Sí, pero me recuerda a mi boda y pues, verás…

–Te entiendo. ¿Qué tal si empiezas a arreglarte de una buena vez?

Me sonrió, me dio un abrazo y salió por donde entró. En mis manos quedó un sobre, negro con detalles dorados, de no tan grandes dimensiones; tenía un sello que me resultó un poco familiar. Saqué su contenido con la misma intriga con la que lo recibí y fue ahí donde ocho palabras tiraron mi alma al piso: “Tenemos el placer de invitarte a Nuestra Boda”.

 

Tras un tiempo de convivencia y compromiso,
hemos decidido que llegó el momento.

Este 1 de agosto, se consumará la unión de:
Carlos Enrique Simancas e Isabella Marien Urtaza.

En la Iglesia de San Jerónimo El Real, a las 4 de la tarde…

 

No tuve que leer más, me senté para tomar el aliento y poder decirme a mí mismo:

–Se casa en tres horas…

Claramente mi vida no había empezado en el momento que conocí a Angélique, aunque pareciese. Alguien más estuvo antes que ella: Isabella Marien Urtaza, el amor de mi vida. La diferencia entre una y la otra, era justamente eso, es decir, sus diferencias. A esas alturas de mi vida me estaba preguntando si me enamoré de Angé porque era totalmente distinta a Isa. Pensé que ya mi vida no tenía nada que ver con la suya, hasta que sin entender aún por qué, decide invitarme a su matrimonio que es convenientemente una hora después del mío y a poco más de 2km de ahí.

 Ahora dejo en su lugar a la mujer que me ama, por volver a ver a otra mujer, que me amó –cabe destacar el pasado en el verbo–. Y sigo aquí, en medio de la calle que rodea la Plaza de Neptuno, montado en un caballo pagado con el dinero de mi suegro, ex suegro o no sé cómo llamarle ahora, mirando las miles de trinitarias rojas que rodean la fuente de donde salen Neptuno y sus corceles. Una sola cosa pasa por mi mente, un nombre, un rostro que hace años no veo en persona. De nuevo los autos que pitan me despiertan del trance y termino de rodear el monumento de Neptuno y voy por la calle de Felipe IV, puedo ver ya entre los árboles el imponente edificio que es la Iglesia de San Jerónimo y apuro el trote. Cabalgo con rapidez y ni la larga fila de autos, ni la multitud de fans que no se quieren perder la boda de la modelo Isabella Urtaza con el futbolista Carlos Simancas, me provocan detener el paso.

Me subo en la acera y aparto con el aliento del caballo a todos los apiñados averiguadores en la escalera. Una vez arriba, toco el suelo con mis mocasines y golpeo a unos cuantos periodistas para poder pasar. Llego a la entrada, le arrojo mi invitación al guardia, logro ver a lo lejos la extensa cola del vestido negro de Isabella, mi Isabella. Y sin importar lo que pasara…

–Ehm, con permiso, señores… ¡DIJE QUE CON PERMISO! –todos voltearon– Gracias. Con todo respeto, pero debo decirles que… yo me opongo…

–¿Cómo te atreves? – la potente voz de Carlos.

Isabella le pone a él el bouquet en las manos y hecha una furia se está acercando hacia mí. Empiezo a razonar en lo mala de esta idea y mientras más cerca la tengo, más quiero quedarme, más quiero salir corriendo. Antes de lo que espero, una bofetada me hace voltear la cara. Me reincorporo y puedo ver sus ojos llorosos y ensangrentados.

–Lo siento, Isab…

–Cállate. ¿Por qué demonios tardaste tanto…?

Me golpeó de nuevo y haló mis labios hacia los suyos, tal como la primera de todas las veces.

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