Es de una sola cara y un único borde. Pese a su forma sencilla y monótona, es incapaz de manipular a voluntad; no hay manera de orientarla, no es posible darle una dirección. Pese a ser un objeto inanimado, parece moverse por el capricho y la terquedad. Se trata de la banda de Moebius, una superficie con cualidades matemáticas inusuales.
Esta figura sirvió a Julio Cortázar de inspiración para uno de los relatos más polémicos que jamás escribió: “El anillo de Moebius”. Este es el último de la decena contenida en Queremos tanto a Glenda, un libro de cuentos publicado en 1980.
El cuento trata sobre una violación. Una joven inglesa que paseaba en bici por un bosque en Francia es la infortunada víctima:
«Antes de que Janet lo viera él ya sabía todo, todo de ella y de él en una sola marea sin palabras, desde una inmovilidad que era como un futuro agazapado. Ahora ella volvía la cabeza, la bicicleta inclinada y un pie en tierra, y encontraba sus ojos. Los dos parpadearon a la vez».
La descripción del personaje es especialmente puntual, muy precisa; Cortázar nos lleva desde la más íntima conciencia hasta los hechos.
«Nunca quiso hacerle daño, nunca había dañado para poseer lo poco que le había sido dado en los previsibles reformatorios, solamente era así, veinticinco años y así, todo a la vez, lento como cuando tenía que escribir su nombre».
Continúa
«Alguien terminaría por escuchar, se lo gritó cara contra cara aunque ya sabía que ella era incapaz de comprender, lo miraba desorbitadamente y suplicaba algo en otro idioma, luchando por zafar las piernas, por enderezarse, durante un momento le pareció que quería decirle algo que no era solamente gritos o súplicas o insultos en su lengua, le desabrochó la blusa buscando ciegamente los cierres más abajo».
¿Qué tendría de raro la aparición de una violación en la literatura? Quizá no mucho, pensamos, hasta que llegamos a la recta final del cuento:
«Comprendiendo, reunida con sí misma, invisiblemente ella Janet, deseó a Robert, deseó otra vez el hangar de otra manera, deseó a Robert que la había llevado a lo que era ahí y ahora, comprendió la insensatez bajo el hangar y deseó a Robert, y en la delicia de la natación entre cristales líquidos o estratos de nubes en la altura lo llamó, le tendió su cuerpo boca arriba, lo llamó para que consumara de verdad y en el goce la torpe consumación en la paja maloliente del hangar».
La crítica literaria se inclina por dos lecturas radicalmente diferentes entre sí; la primera, busca legitimar al escritor argentino dando una lectura filosófica al cuento; la disolución de los contrarios. El miedo y el placer dialogan en un íntimo y extraño encuentro. La tortuosa y fatídica realidad —la violación y la muerte— no guarda barreras con una especie de fantasía esotérica. El resurgimiento de Janet.
Del mismo modo, la forma del cuento obedece a esa aparentemente superficial forma que da título al cuento. Es decir, el comienzo y el fin son distintos pese a que coinciden; desde el encuentro azaroso en el bosque, hasta el extraño final. Además, sus seguidores sostienen, que la literatura —en tanto funciona como la traducción de las emociones humanas en letras— debe explorar todos los linderos humanos, incluso, los más oscuros.
Por otra parte, existen quienes ven en este cuento una apología a la violación. La descripción de los hechos es tan puntual, tan detallada y tan precisa, que parece ser una especie de oda al sexo no consensuado. Además —y sobre todo— el regreso de Janet después de la muerte y que no sea precisamente en busca de venganza, sino por un deseo pasional hacia su agresor, supone que ella —sea fantasía o no— no sólo perdonó su violación y asesinato, sino que lo deseó.
La discusión es compleja puesto que para conocer la intención de un escritor, habría que preguntarle a él mismo. No obstante, la impresión final —que es el resultado— nos deja con suposiciones con las que no sabemos muy bien qué hacer. ¿Hasta dónde el escritor puede eximirse de fomentar un mal letal y cruel como lo es la violencia de género?, ¿cómo separamos el genio del hombre?, ¿un escritor no tiene compromisos morales con el mundo del que es parte?
Aunque esta cuestión precise de una discusión más amplia, encontrarnos con machismo y misoginia no es, en lo absoluto, extraño. Desde Pablo Neruda hasta Raymond Carver y Charles Bukowski. Desechar una cuestión de esta naturaleza sólo porque son grandes plumas universales, es tener una visión sesgada de la literatura y las consecuencias sociales.

