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El caracol

El caracol

El caracol

 

La noche anterior salía, como todos los jueves, del Centro de Arte Dramático.

Caminaba por Francisco Sosa rumbo a avenida universidad, concretamente a la parada del microbús en la estación del metro Miguel Ángel de Quevedo. Caminaba rápidamente pues la lluvia amenazaba y, aunque así lo había hecho toda la tarde, no quería confiarme y terminar como una almadraba entre las nubes y sus aguas. Traía un paraguas, que me había regalado mi abuelita, pero en el último embate con la lluvia casi se deshacía.

Rocé con mis dedos el portón de madera de la sala Héctor Mendoza y atravesé la plaza Santa Catarina, pasé por la esquina del merendero Las Lupitas y dos cuadras adelante La Pause, un restorán francés. Luego la galería El Círculo azul y, justo antes de pasar a un lado de la Fonoteca Nacional, la lluvia se soltó en tres breves actos sobre mi cabeza.

Una, dos, tres gotas…

Cayeron a mis pies, luego cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez por diez y por diez y por diez y por diez y por diez y por diez.

El aguacero.

Había una fuente invadida por la tierra, la maleza y una extensa y amarillenta yerba. Me senté en la banca a su alrededor, me desabotoné la mochila para sacar el paraguas de mi abuelita y, sorpresivamente, alegremente, feliz y sorpresivamente nuevamente, mis ojos sonrieron al saludar a un caracol que se paseaba, lentamente, por la agarradera superior de mi mochila adversamente.

—¿Y tú quién eres?

Detuvo su andar y movió sus antenas.

—¿Cómo llegaste aquí?

En qué momento se había acercado, en qué momento se había subido y en qué momento tuvo tiempo de ascender conmigo.

—Eres muy bonita.

Era niña, no sé por qué pero lo sabía. 

La lluvia, la lluvia y la lluvia.

Abrí el paraguas y me colgué la maleta.

—Agárrate bien, no te vayas a caer.

La lluvia seguía gritando fuerte y el paraguas resentía el peso del combate en el frente.

—¿Cómo te subiste? —le pregunté mientras esquivaba los engañosos charcos. No había dejado mi mochila en el jardín, en la fuente o cerca de un árbol, como a veces lo hacía mientras paseaba un rato. Tampoco en ningún lugar donde su ascenso pudiese aprovechar. El único lugar donde había dejado mi mochila era el espacio C, sobre la desocupada butaca del vecino—. ¿En qué momento llegaste conmigo?

La lluvia golpea.

Y golpeaba en voz alta, con voz ronca y constante, irreductible, ilimitable. La lluvia caía sobre nosotros y nosotros no éramos más que un instante. En un inmenso sitio, el universo de nuestro encuentro siendo testigos.

—¡Agárrate bien!

Llegué a Quevedo y Universidad y los charcos cubrieron mis tobillos, pero no me importaba, preocupado únicamente por ella intenté cruzar paso a paso y con mucho cuidado, aún cuando el rojo que debía protegerme estaba a punto de vencerse.

¡Cuidado!

Un camión se detuvo, con un fuerte enfrenón, a un metro de mi paso. La luz bloqueó mis ojos y las gotas de gran rocío iluminaban el encono.

—¡Quítate, pendejo! —me reclamó con la bocina dos veces. Salté un charco para esquivarlo, alejarme y protegerme, protegerla y resguardarla y ver cómo se encontraba.

Todo bien.

—¡Agárrate fuerte otra vez!

Subí de un brinco al microbús que me llevaba a Contreras, pagué seis pesos y el chofer me reclamó los cincuenta centavos faltantes. No tenía cambio y, al mostrarle el billete de cien, me dijo molesto que me pasara. Me senté hasta atrás, donde no había nadie, me quité la mochila con cuidado y la tomé con mi palma suave.

—¿Estás bien?

Y movió, lentamente, sus antenas.

—Bien, de aquí hasta el Cerro de la Estrella.

La lluvia y el caos vial, la desesperación del chofer y la angustia de estar encerrados, todo junto hizo el camino más pesado, preocupante y cansado.

—Ya mero llegamos.

Al llegar a la colonia la lluvia continuaba, protegí a la caracola y me fui corriendo a casa. No me detuve en la cocina, como siempre lo hacía cuando llegaba, fui directo a mi cuarto. Puse a la caracola sobre un cuaderno en mi escritorio y encendí la lámpara, se movió un poco y parecía estar contenta. Sonreí y salí corriendo al jardín por una maceta de geranios. Mi mamá tenía tantas plantas que no iba a darse cuenta de esta falta.

—¿Dónde estás?

A mi regreso la caracola ya no estaba, no estaba a la vista y tuve que buscarla.

¡Dónde estás!

Sin embargo, sentí paz en mi alma cuando la descubrí camino al pie de mi ventana. Aspiré tranquilo, me acerqué a ella y volvió a mover sus antenas. Y con cariño los geranios, la maceta en el buró y su nueva huésped a mi lado.

Al día siguiente.

No estaba en la maceta, la ventana o el escritorio, no estaba en el piso, no estaba en el baño ni en el clóset; busqué a ras del suelo por todos los rincones.

No está por ningún lado.

Entonces vino el silencio, mi inmovilidad en el silencio.

—¿Juan Diego? —preguntó mi madre al tocar la puerta.

—Sí, mamá.

—¿Me llevas al médico?

—Claro que sí.

Se asomó, me miró y comprendió.

—¿Estás bien?

No.

—Sí, mamá.

—¿Seguro?

No.

Se sentó a mi lado y tomó mi mano, me miró a los ojos y me sonrió desde el profundo reflejo de sus eternos ojos negros.

—Me encontré un caracol. Bueno, una caracola. Y la perdí, la puse en la maceta y mi egoísmo de tenerla cerca hizo que se fuera y, seguramente, ya está muerta.

Bajé la mirada y me abrazó.

Todo está en calma.

Y mientras tanto la caracola viajaba, lentamente, hacia el jardín de la casa.

A veces la vida es una canción desesperada en tres actos, por lo que un café de éstas pequeñas cafeterías de la Ciudad de México, te podrán dar un respiro y tranquilidad.

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