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El mensajero de Diana Spencer

El mensajero de Diana Spencer

El mensajero de Diana Spencer

Apolinar Ocampo comía como rey en una casa abandonada en la calle Venustiano Carranza.

Tenía más de diez años viviendo como indigente, pues nunca pudo recuperarse mentalmente de la muerte de sus padres en un trágico accidente. Él también viajaba en el auto que, luego de perder el control sobre un área repleta de aceite de motor, salió volando por uno de los desfiladeros de la carretera Mineral del Chico hacia el Bosque del Cedrón. El impacto lo expulsó violentamente atravesando el medallón.

Estuvo hospitalizado más de un año y, cuando lo dieron de alta, tenía frecuentes y severos ataques cada vez que recordaba la trágica experiencia. Vivió un tiempo con los familiares de su padre que, a la postre, terminaron por abandonarlo a su suerte cuando vieron que el dinero del seguro se le estaba agotando, además de que lo denunciaron por robo y más delitos inventados. Entonces comenzó su vida de indigente, viviendo en las calles y alimentándose de los botes de basura de los parques, escuelas y centros comerciales. Una noche, malvados pandilleros maltrataban a un lastimado perro, le daban de patadas y con una cuerda lo lazaban y cruelmente lo jalaban. Apolinar los enfrentó defendiendo y liberando al perro, empero, todos se le echaron encima y comenzaron a golpearlo brutalmente. Huyó corriendo con la cabeza ensangrentada y, luego de escuchar un susurro femenino, se escondió en una cuneta cubierta de plantas y espinosas matas. Los maleantes se siguieron de largo pero él esperó un par de horas, hasta que volvió a escuchar el susurro femenino. Salió de su escondite sigiloso y muy hambriento, buscando abastecerse de comida en los basureros cuando escuchó su nombre proveniente de una casa, una enorme casa abandonada con un gran candando en la reja de la entrada y tapiada en todas las ventanas. La voz continuaba llamándolo y, sin pensarlo, buscó la manera de introducirse por una de las maderas vencidas por el tiempo y volvió a tapiarla. La sorpresa fue total.

La casa estaba iluminada, amueblada y completamente arreglada. Muebles dorados con tapiz rojo y una hermosa duela color marrón. Lámparas plateadas, las paredes tapizadas de viejas pinturas y cortinas gruesas como alfombras paradas. Caminó lentamente, dudando si era una de sus alucinaciones frecuentes y, al asomarse al comedor, vio una larga mesa para doce comensales. Embutidos, guisantes, pierna de cerdo, chuletas de cordero con salsa gravy y pavo relleno de carne con papas, entre otros típicos platillos de Gran Bretaña. Apolinar se sentó a la mesa esperando que, en cualquier momento, todo desapareciera despertando de su sueño alucinado en la misma cuneta donde horas antes se había resguardado. Comió atascándose del todo, saciando su hambre después de tanto tiempo en el hoyo. La comida estaba caliente y, más aún, apareció frente a él una copa de vino con su botella recién abierta sobre la mesa. Apolinar miró hacia todas partes sin lograr ver a nadie, pero como el hambre seguía sin ser saciada no le importó la misteriosa aparición. Sin embargo, en cuanto su estómago se llenó, y eructó de satisfacción en todo su esplendor, su corazón se aceleró en su ritmo de palpitación. Un viejo radio se encendió de repente dejando sonar la canción Candle in the Wind de Elton John. Frente a él estaba una mujer vestida de blanco, con el velo cubriendo su rostro y su cabello claro. Lo miraba sonriente y, con una sonrisa reconfortante, le tocó la frente. Tenía su mano fría y con la otra le acarició la mejilla.

—¿Quién eres? —preguntó él.

—Soy Diana Spencer.

—Mucho gusto, yo soy…

—Apolinar, lo sé —ella se adelantó para luego preguntar de golpe—. ¿Quieres volver a ver a tu familia?

—Eso quería —dijo intrigado luego de una pausa—, pero tendría que morir en esta vida.

—No te preocupes, si haces lo que yo te diga.

Apolinar asintió, apenas parpadeó y se dio cuenta que era de día y se encontraba en Real del Monte sosteniendo una pistola calibre 45 Long Colt.

¿Dónde estoy? —se preguntó en silencio cuando se percató que estaba, en Real del Monte, ante la visita del Príncipe de Gales y su esposa Camila, la duquesa de Cornualles.

—¡Viva el Príncipe Carlos! —coreaban los políticos y acarreados.

—Es momento —escuchó Apolinar en su cabeza—… De hacer justicia.

La comitiva real se acercaba por la calle Hidalgo y, justo cuando el Príncipe de Gales pasaba frente al Instituto de Artes, Apolinar sacó la pistola y, estirando la mano para saludarlo, le disparó a quemarropa.

—¡Esto es por Diana, hijo de la chingada!

Disparó tres veces. Tres veces en menos de dos segundos. La primera en la frente, la segunda en el vientre y la tercera en el culo.

—¡Pinche gente de mierda! —gritaba Apolinar mientras lo desarmaban, golpeaban y arrestaban— ¡Todos ustedes son cómplices de la mierda! ¡Todos los políticos son una mierda! —dijo por último antes de quedar inconsciente por una descarga eléctrica.

—Gracias, Apolinar —le dijo Diana al oído cuando viajaba arrestado en una ambulancia por varios agentes custodiada.

—¿Y tu promesa? —preguntó él.

La ambulancia perdió el control en una curva y salió volando por uno de los desfiladeros del Boulevard Minero. Mientras tanto, el cuerpo del Príncipe Carlos yacía pudriéndose en una plancha como todo lo mundano.

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