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El precio de los placeres

El precio de los placeres

El precio de los placeres

masturbacion pecado - El precio de los placeres
Todas las noches, a las ocho en punto, pasaba por la Caracas con trece, veía fijamente a las putas, se concentraba en los pezones duros que sobresalían de las camisas traslúcidas debido al frío penetrante y, en cierto modo, las deseaba; recordaba aquellas experiencias que tuvieron sus amigas Paulina y Juliana, un par de lesbianas bien candentes. Ellas siempre iban tomadas de la mano, se ponían minifaldas o pantalones apretados que les resaltaran el culo, caminaban por el centro de Bogotá, provocando a cuanto hombre se les cruzaba, eran unas pervertidas, pensó María Cubillos mientras los vellos de los brazos se le erizaron lentamente.

Se levantó de la silla pidiéndole paso a un hombre que a su lado se encontraba y bajó del bus a dos cuadras de su casa. La realidad es que María no quería llegar, pues en la cama estaba Carlos, exaltado por toda la sangre caliente que circulaba en su cuerpo, esperando a una mujer para comportarse como un animal, abandonando su racionalidad y dejándose dominar por el instinto. Para María todo eso era cotidiano, llevaba un año cogiéndose al mismo y aunque ya había estado con otros hombres, su apetito pedía nuevas experiencias, pasiones, posiciones, objetos, caricias, lugares, besuqueos y acompañantes. Llegó a su casa y prosiguió con el acto, sabía que algunos minutos le bastaban a Carlos para llegar al orgasmo, por el contrario, ella no tenía idea de esa sensación, pues ningún hombre la satisfacía por completo; siempre imaginó cómo quería que la tocaran pero nunca se atrevió a decirlo. Acabó el acto y se fue a la tina, se desnudó lentamente, su piel blanca se sentía suave. Dejó que el agua la abrazara compasivamente y fumó un cigarro mientras que su otra mano entraba dudosa en el agua. Realizó movimientos redondos desde su vientre bajo y se acercó al clítoris lentamente, dejó libre el humo de su boca mientras su lengua paseaba por sus delgados labios, los fluidos corporales se mezclaron con el agua caliente. María explotó por dentro, su pelvis se movía caóticamente, una contracción muscular lanzó su cabeza hacia atrás, una curva estupenda se dibujó en su espalda y sus senos se estiraron exponiendo su cuerpo perfecto. Un gemido intenso abrió su boca y escapó por los aires con gran excitación.

Amaneció feliz, complacida de la vida, las ganas de sexo la absorbían, caminó por la calle sensualmente, esperando que algún hombre se cruzara en su camino. Terminó llegando a la Caracas, su cuerpo lo deseaba tanto como su mente. Vio a las putas y sintió curiosidad, caminó unas calles e hizo una preselección, pero a lo lejos una mujer cautivó su atención, sus facciones delgadas eran inmejorables, una argolla plateada resaltaba la respingada nariz cuadrada. María se acercó firme hacia la mujer de tez blanca, le dio dos billetes del valor más grande y la contrató por el resto del día.

En un motel barato pero oportunamente equipado, dejó que la desnudara; de inmediato, la mujerzuela consintió el cuerpo de María con tal serenidad que reprimió su excitación, el deseo de sentir los dedos de la mujer dentro de sí era ardientemente codiciado. Un impulso fugaz las controló, las manos de las mujeres se juntaron, poniendo una sobre la otra, y empezaron a estimular el clítoris de María, quien no pudo retener más los fogosos gemidos y rítmicamente empezó a mover su cuerpo mientras la habitación se transformaba en toda una melodía.

El lugar olía a placer y las dos mujeres yacían desnudas sobre la cama, María estaba exhausta y adormecida, su respiración rápida demostraba lo bien que la había pasado.

El contrato se había agotado, la mujerzuela se vistió y besó intensamente a María, mientras consentía sus tetas con la intensión de provocar un nuevo compromiso. El dinero se había acabado y con él todos los deseos que se podían complacer.

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