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Escritura en bragas: Oscuridad a medias

Escritura en bragas: Oscuridad a medias

Escritura en bragas: Oscuridad a medias

Llegué raspando el pavimento y retrasado. La noche era fresca, prometía. Cuando ella bajó, mis pestañas se erectaron. Mirada profunda, escondida tras unas gafas simples y elegantes, con un cristal claro, lo suficientemente sutil para no dejar de mirarle sus ojos. Su piel apiñonada hacía contraste con sus cabellos castaños y lisos. Portaba un abrigo claro y unas botas que me inspiraban ternura, sólo las botas. Ella me producía intriga y misterio; los dos ingredientes claves para una atracción sin prejuicio.

Así las cosas, la besé. Sus labios me incendiaban aún más mi espíritu inquieto. Proseguimos con la charla habitual:

­“Hola, ¿qué tal?

¿Cómo has pasado el fin de año?

¿Qué tal la cena?

¿La familia?”

Toda la cháchara tradicional de un momento.

–Vayamos al cine –dije.

–No tengo ganas de cine –respondió.

–Vale. ¿Algún bar de novedad?

Guardamos silencio. Entendí la respuesta. Los silencios también comunican. Nos enfilamos a un “pub” de la colonia Cuauhtémoc, contiguo a la embajada norteamericana. Luces tenues, mesas oscuras, ritmos contemporáneos, ambiente llevadero. Cada quien ordenó un trago que íbamos a intercambiar. Los primeros fueron de espanto. Aun así los bebimos. La siguiente ronda estuvo peor, sin embargo decidimos seguir soportando. Ordenamos una botella de Champaña, había que celebrar, ¡cómo no! el gusto del encuentro.

Pintura por Bernardo Torrens

Para cuando terminamos la botella ya habíamos intercambiado retos, verdades, secretos. Más de tres veces me mandó a la lona en cada reto :

“¡Eres un perdedor!”, me decía disfrutando su victoria.

La vida es cíclica, yo rezongaba con sonrisa vencida.

El bar cerró, no así nuestras ganas de seguir chacoteando.

–¡Garibaldi ! ¡Vayamos a cantar! –Propuse.

–¡De una! Hagámosle pues.

Llegamos a uno de tantos bares de la zona. Guadalajara se llamaba, para no variar la esencia del mariachi. Allí ordenamos una botella de tequila, afiné garganta y me dispuse a cantar. Esperé unos treinta minutos en lo que otras personas recitaban su pena a moco tendido. Ella, mi cita, cantaba de lo lindo. En puerta tiene un disco y proyectos musicales. Sabía su arte. Otra derrota más para mí si compitiésemos en el canto. Yo llevaba ya dos tragos secos de tequila, mi garganta, si no estaba lista, por lo menos bien anestesiada; yacía a la espera de escupir tonadas.

Me llegó el micrófono. Comencé a ladrar. Canté como si la vida se me fuese en cada tono y estrofa. La chica que manejaba el espectáculo me soplaba la letra. Te sientes poderoso cuando alguien te ayuda entre tanto borracho melancólico que bebe y aplaude sin importar lo que escuchan. En realidad, pienso que sólo oyen a sus propios instintos. Sólo fluyen entre la algarabía del momento, cosa natural de nuestra raza.

Le llegó el turno a ella, la chica victoriosa. Cantó a ojos cerrados, con trago en mano y corazón abierto. Sentimiento, talento, alcoholismo y voz educada. Cantaba lindo. Aguardé en la mesa, brindaba a lo lejos, me levanté a charlar con algunas parejas que allí departían. Para esa hora el alcohol ya estaba bien posicionado en mis venas.

Salimos, nuevamente porque había que cerrar Guadalajara. Nos íbamos de vuelta al México de la Laguna. Alegres y emotivos peleamos por no sé qué tantas cosas. Situaciones naturales de borrachos apasionados. Al final llegamos a un hotel cerca del monumento a la Revolución. Fundidos caímos entre las sábanas. Nos desnudamos y abrazamos nuestros cuerpos. El sol de mediodía nos despertó sin contemplaciones. Entrelazados caímos en cuenta de la situación: Ella tenía que estar en Querétaro con su prima… Le había dejado colgada a la espera de la partida. ¿Yo? Tenía compromisos de trabajo.

Mi resaca era de campeonato. Me levanté con aires tapatíos. Por si la cosa no bastara, el cacharro que traía de automóvil murió la noche anterior, como si él también hubiese bebido sin reserva. Tuve que empujarlo directo al garaje. Menos mal que estábamos cerca del hotel. En la habitación todo acontecía. Verla a ella desnuda, sólo con bragas frente al espejo, me produjo una sensación ligera de armonía. Aun con el alcohol invadiendo mi organismo, su silueta y movimientos aminoraron mi agonía. Lucía resuelta. Me metí a la ducha. Se vistió rapidísimo.

Fuimos a la terminal de autobuses a encontrarnos con su prima. Mientras aguardábamos, intentamos aminorar el dolor de cabeza, los temblores del cuerpo, reposar la resaca compartida a base de sueros, pastillas y risas. “No quiero ir con ella”, me decía.
–Quédate conmigo –sugerí.
Era nuestra cuarta cita. Comenzábamos a conocernos, y lo hicimos sin tapujos. Entre infiernos, paraísos, instantes breves, caídas continuas, ostracismo, indiferencia, coqueteos, esperanza, hipocresía, borracheras y tantos más comportamientos humanos, es cómo nos vamos relacionando y eligiendo con quien quedarnos una brevedad que puede ser una noche, una temporada, una eterna fugacidad, una vida.

Ella y yo hemos despojado sin medida nuestros fantasmas y fantasías. Me gustan las almas libres. Ella, por suerte, tras esas gafas y esas botas que irradian ternura, esconde un espíritu intrigante que eclipsa mi cuerpo y arruga mi espíritu un poco más. Ahora ella esta con su prima. Ignoro si está de fiesta, dormida o adentrándose en otra juerga. Yo estoy próximo a encontrarme nuevamente con la oscuridad a medias. La resaca ya está retorciéndose en el fondo de la noche. Mi cuerpo respira, mi corazón inquieto, ese diminuto músculo deambula ante la mirada del recuerdo. Son, por estos breves momentos que la vida basta y sobra, para crear una novela pura, sincopada, cruda. Mañana es el ahora. Nada está escrito aún. El silencio es necesario cuando el ruido ha violado nuestros sentidos.

Pronto nos veremos, tal vez no. Pronto seremos más viejos que ayer. Sin locura estaríamos condenados a la cordura que asfixia, arrebata, ahoga. Aquella que mata de un soplo la pasión, la fuerza; el fuego por seguir creyendo una vez más que no todo está dicho. Que bailar sin música es mejor que hacerlo con sinfonía prevista; notas ensayadas, medios tonos grises y aburridos.

Ya es media noche. Ahora cantaré por alguna avenida o bulevar.

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