Dicen que la correspondencia privada de cualquier escritor es el mejor reflejo de su obra. O al menos una visión íntima de su forma de concebir el mundo; un recorrido intenso y extrañamente sentido por sus pequeñas vicisitudes, pero también su punto de vista más doméstico y personal. La primera carta incluida en el libro que reúne la correspondencia del escritor norteamericano Kurt Vonnegut (1922-2007), es para su padre. Una misiva corta, durísima y de una belleza inquietante. La carta data de 1945 y lo más seguro es que haya sido escrita durante los meses siguientes a la liberación del escritor del campo de concentración en el que estuvo recluido luego de ser capturados por los nazis.
“En Nochebuena, la Fuerza Aérea Británica bombardeó y ametralló nuestro tren que no estaba identificado —según un estatuto de la Convención de Ginebra, cualquier vehículo que transportaba prisioneros de guerra debía tener una identificación visible y reconocible—. Mataron a unos 150 de nosotros”, escribe con una frialdad y concisión que ahora mismo resulta espeluznante. “Los alemanes nos condujeron a través de duchas de agua muy caliente. Muchos hombres murieron por el shock después de 10 días de hambre, sed y frío. Pero no yo”. Poco tiempo después, Vonnegut se enfrentó a los bombarderos aliados. “Sus labores combinadas mataron a 250 mil personas en 24 horas y destruyeron todo Dresde, posiblemente la ciudad más hermosa del mundo. Pero no a mí”. Vonnegut tenía 22 años, llevaba más de tres enfrentándose a la guerra y había visto morir a la mitad de su regimiento en el campo de batalla y en los campos de concentración.
El futuro escritor miraba al mundo sin alegría, pero tampoco con un excesivo pesimismo. Una combinación singular y fronteriza que más adelante sería lo más reconocible en su estilo. De hecho, las 20 líneas de la carta anterior resumen la historia de su obra más conocida, “Matadero Cinco”, que escribió durante los 23 años siguientes. “Matadero Cinco” fue algo más que una narración, se trató de una catarsis convertida en una compleja visión sobre la guerra. “Es muy difícil recordar lo que no tiene sentido”, mencionó Vonnegut para explicar el largo período de escritura; pero había algo mucho más amargo e inquietante en la revisión de su experiencia bélica.
Se trata de una obra de Ciencia Ficción que refleja la realidad como todas las obras del género, pero también se trata de un meditado recorrido por los lugares más oscuros y dolorosos. Un símbolo del sufrimiento descarnado, anónimo y total que devastó al escritor y le dejó heridas emocionales que ni siquiera la publicación y el rotundo éxito del libro pudieron sanar. La fama instantánea llevó a Vonnegut a la depresión y más tarde a una desesperación singular y abrumadora que lo atormentaría el resto de su vida.
El escritor siempre se consideró a sí mismo un extranjero. Quizás era una herencia inevitable al haber nacido en una familia de inmigrantes, o el hecho de que siempre fue un sujeto “inusual”. Desde muy niño tuvo una noción extraordinaria sobre el mundo, sobre todo parecía estar obsesionado con comprenderse a través de la palabra. Y es que Vonnegut se asumió escritor desde la adolescencia, al abandonar la Universidad Butler de Indianápolis, cuando uno de sus profesores insistía en que sus relatos no eran lo bastante buenos. Desde muy joven comprendió la necesidad de la reconstrucción, de la comprensión de la metáfora y la realidad a través de una visión personal. Una especie de asimilación de la cultura y sus ideas sobre ella a mitad de camino entre la crítica aguda y la necesidad de expresión.
La experiencia como soldado durante la Segunda Guerra Mundial fue especialmente dura para el escritor. No sólo luchó como soldado, sino que fue prisionero de guerra durante casi dos años. La visión de la guerra, la crueldad de la matanza y la futilidad de la lucha cuerpo a cuerpo destrozaron mentalmente al escritor. Más de una vez admitió que buena parte de su obra nació en medio de la desesperación, de querer reconstruir el mundo a través de su mente. Como prisionero fue un testigo privilegiado de una de las batallas más cruentas en territorio alemán: El asedio a Dresde, ocurrido entre el 13 y el 15 de febrero de 1945. “Una destrucción completa”, “una matanza inconcebible”, recordaría años después.
Por semanas enteras, Vonnegut fue obligado a trabajar apilando cuerpos para enterrarlos en fosas, una labor que lo llevó al borde de la locura. El escritor cuenta que “había demasiados cuerpos que enterrar, así que los nazis prefirieron enviar a unos tipos con lanzallamas. Todos esos restos de víctimas civiles fueron reducidos a cenizas”. Años después, Vonnegut aún trataba de comprender el conflicto, asumirlo como parte de su propia historia. Quizá por ese motivo gran parte de sus obras parecen un obsesivo análisis sobre la guerra, la muerte y la desolación. Más aún, Vonnegut parece convencido de reconstruir lo vivido no sólo a través de la palabra sino la construcción de una nueva realidad a través de la literatura. Para Vonnegut, el poder de la creación literaria no sólo reside en su capacidad para contar sino para transformar lo que se cuenta en algo mucho más sustancioso, alegórico y poderoso.
El autor insistía en que sólo la Ciencia Ficción era capaz de “mirar de manera optimista, incluso en sus momentos más bajos, el futuro”. No extraña que una de sus novelas más conocidas sea una mezcla precisa entre el temor y el humor, la Ciencia Ficción y lo biográfico. Sin duda, la novela “Matadero Cinco” es una de las reconstrucciones y análisis más duros sobre la guerra que un escritor de Ciencia Ficción haya realizado. Vonnegut se da el lujo de utilizar un tipo de humor sardónico que convierte la historia en algo mucho más doloroso y desconcertante de lo que puede parecer a simple vista.
Años después de la publicación de la novela, Vonnegut confesó que pasó mucho tiempo escribiendo y reescribiendo sus experiencias en el bombardeo que sufrió la ciudad alemana de Dresde sin intenciones de incluirlo en novela alguna. Después decidió que lo haría, pero de una forma nueva: una mirada hacia el tiempo que transcurre y sus consecuencias, hacia la idea de la muerte y la guerra como elementos que crean una complejidad absurda que poco a poco intenta desentrañar a través del humor. Porque Vonnegut se atreve a parodiarse a sí mismo, su personaje principal —un joven y torpe soldado que recorre una Alemania devastada y sumida en el caos— observa con cierto tono burlón una realidad cada vez más claustrofóbica y violenta. Probablemente, ese sea el gran acierto de Vonnegut, su novela mira con precisión el presente y el futuro, la guerra, la muerte, la esencia de los conflictos, sin tomar partido por ninguna idea, sin asumir que la idea sea algo más que otra elucubración falsa, como otras tantas en la narración. Un juego de espejos cada vez más complicado, enrevesado y brillante que dota a la novela de una inusual personalidad.
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