Tome una moneda,
no necesita ser de colección o de gran valor,
sólo necesita tener dos caras;
como una puerta, por la cual de un lado se sale y por el otro se entra.
Sujétela con ambas manos y condense en ella su total existencia.
Todas sus decisiones, todos sus elecciones, con sus errores y sus aciertos.
Todos sus caminos recorridos, con sus idas y vueltas.
Y sobre todo entréguele el timón de su senda venidera.
Una vez transferida esa “esencia”, arrójela al aire, obsérvela ascender como un amanecer, un nacimiento de movimientos.
Cuando llegue a su punto más alto, intente mirar fijo sobre ese redondo universo que gira en el aire. Observe cómo cambia tan dubitativa entre las dos caras, incluso formando una tercera.
Cuando vuelva a sus manos como los pájaros vuelven a la tierra, entiérrela en un jardín secreto y nunca la vea.
Por más extraño que parezca, con el tiempo comprenderá que la única cara del destino es la que uno lleva.
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Te compartimos poemas que te invitarán a dar un paseo por los sentimientos más profundos del ser como Te quiero y eso me basta o La última vez que te vi.
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La fotografía que acompañan al texto pertenece a Mehran Djojan.

