Una y otra vez Horacio Oliveira recordaba el triste destino de Heráclito para apaciguar su incertidumbre metódica y venenosa, la cual llega cuando se está cansado de buscar lo inexistente. Cuenta la historia que el Oscuro de Éfeso subió a las montañas motivado por su aversión a los otros. Ahí contrajo una extraña enfermedad llamada hidropesia. Con una sabiduría asombrosa y deslumbrante, el filósofo griego ideó un remedio para su malestar: enterrarse en un montón de estiércol para que el exceso de agua en su cuerpo se absorbiera.
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“Entonces tal vez fue eso, estar en la mierda hasta el cogote y también esperar, porque seguramente Heráclito había tenido que quedarse en la mierda días enteros”, reflexionó Horacio –a través de la pluma de Julio Cortázar–. Sólo faltó agregar a Oliveira el desenlace trágico de la cura. Dicen que el calor asfixió al enfermo hasta matarlo o que, al no poder quitarse el estiércol, Heráclito permaneció inmóvil y fue devorado por los perros. Así llegó el fin del hombre que una vez dijo: “En los mismos ríos entramos y no entramos, somos y no somos [los mismos]”.
La anécdota puede resultar absurda, cómica o extraña, pero es real. Este hecho demuestra que las grandes mentes no están exentas del azar mortuorio, incluso son más propensas a la muerte fantástica al igual que sus relatos. Para corroborarlo aquí están otras defunciones que parecen de novela.
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Mark Twain y su promesa de muerte
Un año antes de morir, en 1909 cuando tenía 73 años, dijo: “Vine al mundo con el cometa Halley en 1835. Vuelve de nuevo el próximo año, y espero marcharme con él. Será la mayor desilusión de mi vida si no me voy con el cometa Halley”.
Y así fue. El escritor murió un día antes de que el cometa fuera nuevamente visible desde la Tierra. Extraña coincidencia para el padre de la literatura norteamericana.
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La muerte asistida de Horacio Quiroga por un monstruo
Quiroga sufrió los últimos años de su vida debido al cáncer de próstata. Se internó en el Hospital de Clínicas de Buenos Aires esperando lo mejor, pero el diagnóstico no era esperanzador. Ahí también se enteró que en el sótano se encontraba encerrado un paciente con deformidades monstruosas, parecidas a las de Joseph Merrick, el hombre elefante.
Quiroga pidió que liberaran al ‘monstruo’ y lo instalaran en su habitación. El enfermo se sintió agradecido con el cuentista y le dijo que haría lo que él quisiera. El escritor aprovechó la promesa y le pidió que lo apoyara cuando bebiera un vaso de cianuro para anticipar su muerte.
Así el cuentistas modernista moriría en los brazos de un monstruo.
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Tennessee Williams murió ahogado por una tapa
Tennessee cayó en una honda depresión y alcoholismo al ver a su hermana desahuciada por una innecesaria lobotomía. A partir de ahí el mismo escritor entró y salió de varios manicomios y se hizo dependiente de algunos fármacos.
El 26 de febrero de 1983 Tennessee Williams fue encontrado muerto en el Hotel Elysee de Nueva York. La prensa dijo que murió intoxicado de Seconal, pero la necropsia reveló que se ahogó con la tapa de unas gotas para los ojos.
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Esquilo, el filósofo que murió por una tortuga
Esquilo es considerado el primer gran representante de la tragedia griega. Sus obras más importantes son “Los persas” (472 a.C.), “Orestíada” (458 c.C.) y “Prometeo encadenado” (autoría en discusión).
A pesar del sentimiento trágico que rodeó a Esquilo, su muerte fue más como una comedia. El filósofo caminaba despreocupadamente cuando un águila que pasaba encima dejó caer una tortuga que llevaba atrapada en las garras. El animal impactó la cabeza del hombre y murió al instante.
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La muerte samurái de Yukio Mishima
Hasta la fecha, Yukio es considerado como uno de los más grandes escritores de la historia del Japón. Fue un gran seguidor y divulgador de la cultura samurái, adoptando en su vida el bushido o código honor.
En 197 envió su última novela a su editor, “La corrupción del ángel”. Al regresar a casa tras dejar el paquete en el buzón cometió el seppuki, un ritual suicida de los samuráis, el cual consiste en atravesar el estómago con una katana.
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Las 19 hipótesis sobre la muerte de Edgar Alla Poe
Edgar nunca vivió en plena felicidad. Por algún motivo la decadencia siempre lo rodeó hasta el final. El mismo misterio que imprimió en sus textos se percibe en su muerte, pues a la fecha se desconoce el motivo real de su fallecimiento a los 40 años.
En total hay hasta 19 hipótesis sobre su muerte. Entre ellas se cuenta un linchamiento por rufianes, un secuestro por parte del gobierno, envenenamiento por monóxido de carbono y muerte por rabia.
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Sherwood Anderson murió por limpiarse los dientes con un palillo
El escritor de “La risa negra” (1925) se quejó de un dolor abdominal durante un viaje a Panamá. Fue internado en un hospital donde se le diagnosticó peritonitis. La tragedia se desencadenó horas después cuando el sufrimiento se hizo insoportable y la muerte llegó.
La autopsia reveló que Sherwood Anderson tenía la mitad de un palillo de dientes el cual dañó de manera irreversible sus órganos.
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Julien Offray muerto por hedonista
En el siglo XVII Francia gozó de opulencia espiritual y filosófica. Entre los libres pensadores estaba Julien Offray de la Mettriede, hombre de placeres vigorosos y pecaminosos. Escribió “Discurso sobre la felicidad” y “El arte de gozar o la escuela de la voluptuosidad”.
La historia dice que el 11 de noviembre de 1751, Julien asistió a un banquete de reyes. Como todo un caballero galante intentó demostrar sus dotes culinarios al ingerir una cantidad enorme de pâté de fait aux truffes. El resultado de esa prueba de glotonería fue una lenta y dolorosa muerte.
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Pietro Aretino murió como vivió: riendo
En la Italia renacentista vivió Pietro Aretino, extraordinario dramaturgo y poeta italiano. Su obra se centra en la sátira de la oligarquía a través de cómicos relatos. De manera paradójica, su afición al humor también causó su muerte.
Según la versión más extendida de la historia, Pietro Aretino se encontraba en una fiesta cuando uno de los concurrentes le contó un chiste acerca de su propia hermana y ciertas actividades indecentes en el burdel local. La broma divirtió tanto al poeta que sencillamente no pudo parar de reír, a tal punto que cayó de su silla, sofocado y convulso, falleciendo con un horripilante rictus de alegría en el rostro.
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