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La novela que predijo la crueldad y la gran soledad moderna

La novela que predijo la crueldad y la gran soledad moderna

La novela que predijo la crueldad y la gran soledad moderna

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El primer libro de ciencia ficción, Frankenstein de Mary Shelley, no sólo fue fundacional para la narrativa contemporánea, sino que la historia de su origen revela el panorama de las escritoras del siglo XIX. Su autora fue una mujer extraña desde que era muy niña. O eso aseguran las crónicas de sus contemporáneos, quienes la describen como silenciosa, observadora e incluso “un poco lánguida”. Y es que Shelley parecía encajar en el estereotipo femenino de su época: una mujer pálida, delgada, que contrajo matrimonio con un poeta siendo muy joven. No obstante, Mary Shelley, futura creadora de uno de los monstruos literarios más famosos del género gótico, no era una mujer arquetípica. Al menos no para la asfixiante y abrumadora sociedad en la que nació. A pesar de los prejuicios, Mary Shelley fue narradora, dramaturga y una convencida filósofa; era un espíritu educado que aspiró a lo intelectual desde su infancia, y construyó un mundo a la medida de su mirada analítica.

La obra de Shelley fue un hito dentro del mundo de la literatura. Hasta entonces, las autoras femeninas parecían restringidas al ámbito del hogar, el amor y los sufrimientos emocionales, tópicos de las que pocas escaparon y no siempre con éxito. En más de una ocasión se insistió en la “novela femenina” para describir un subgénero ficticio, lleno de historias románticas edulcoradas y esquemáticas. De manera que la obra de Shelley, asombrosa, original y brillante, despertó toda la suspicacia de una sociedad en la que la voz literaria de la mujer no sólo carecía de sustancia, sino de identidad. Se dijo que las inspiradas reflexiones de Shelley sobre la ciencia, la ética y los límites del sufrimiento intelectual no eran suyas, sino de su marido o de su padre, el filósofo y político William Godwin. Y es que Shelley creó en su obra el más inspirado manifiesto contra la segregación, y un inédito alegato sobre la tolerancia, oculto bajo el cariz de una novela gótica al uso. ¿Pero quién era esta mujer que creó un monstruo más humano y sensible que el hombre que le levantó de entre los muertos? ¿Quién era esta discreta editora que dedicó buena parte de su vida a promocionar las obras de su esposo, el poeta romántico y filósofo Percy Bysshe Shelley? ¿Quién era el espíritu poderoso que dio vida a esta obra perdurable?

A pesar de todos los cuestionamientos, Mary Shelley jamás dio su brazo a torcer, ni se rindió a los convencionalismos de una sociedad que creía que debía ocupar el lugar que le correspondía y no más. No sólo se destacó como una competente editora, sino como una destacada ensayista y filósofa. Su lúcido punto de vista fue una perspectiva refrescante en una época en la que la filosofía parecía evitar las discusiones sobre derechos laborales y humanos. Shelley aportó una renovada mirada sobre la idea de la dignidad del ser humano, y la tolerancia como un elemento esencial para la comprensión de la cultura. A menudo, las obras de Shelley meditaban sobre la cooperación y la compasión, lo que incluso la hizo enfrentarse directamente a la obra de su padre y su esposo, con quienes se insiste en comparar su obra.

Tal vez por ese motivo resulta curioso que la autora escribiera la novela, que luego la haría célebre, gracias a una apuesta entre escritores —su marido y Lord Byron— que terminó ganando casi de manera casual. No se trató de una de sus profundas elucubraciones sobre la filosofía y la convivencia, sino de una fábula levemente siniestra sobre los peligros del mundo moderno. Aún más intrigante es que la autora fuera la única de trío de escritores en completar la historia. Según sus propias palabras, el relato del monstruo creado por un científico obsesionado por los misterios de la muerte, tenía “vida propia”. Como si la escritora encontrara en la ficción un espejo inmediato donde reflejó su propia historia. Se trataba de una idea seductora y que tuvo inquietantes interpretaciones, si recordamos que la desconcertante trama de la novela refleja los peligros de la audacia del hombre por rozar los límites mismos del saber, más allá de toda moralidad y sensibilidad. Porque Frankenstein no es una historia de terror tradicional, es un juego de símbolos morales y éticos que intentan llevar la reflexión sobre la identidad y el poder de la razón.

Aunado a lo anterior, Frankenstein fue la primera historia que se aventuró en la ciencia ficción tal y como la conocemos ahora. Lo más asombroso de este libro es que fue escrito muchos años antes de que la tecnología destruyera los últimos dioses tambaleantes de la mente humana, y los sustituyera por la visión científica. De manera que no se trata de una crítica simple hacia el poder de la ciencia, sino de los motivos por los cuales el ser humano utiliza el conocimiento como arma. Es una abstracción tan amplia que abarca un debate ético y la individualidad como principal riesgo del intelectualismo. Shelley se enfrenta a una época donde nace la gran soledad moderna, en la que los primeros anuncios de la industrialización destruyen los cimientos elementales de lo que hasta entonces había sido una sociedad obsesionada con el colectivismo. Durante siglos, el mundo se concibió a sí mismo como una gran comunidad donde la soledad era una rareza.

¿Entonces sobre qué escribe realmente Mary Shelley en Frankenstein? ¿Sobre una época que se encontraba al borde de una ruptura histórica? ¿Sobre ese papel secundario y eternamente anónimo que le endilgó su género? ¿O sobre su madre, quien sufrió la deshonra y el dolor de ser menospreciada intelectualmente durante su vida? ¿Qué se esconde realmente bajo esa monumental visión sobre lo bueno y lo malo, lo temible y lo bello? Con frecuencia, se acusa que el libro es sermoneador. Pero hay una crueldad subyacente en lo que se cuenta que parece impregnarlo todo, que destruye la ilusión de solemnidad que abarca la visión del autora, e incluso la desborda. Se trata de una breve ensoñación sobre el poder del hombre y, a la vez, sobre su fragilidad.

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