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Intentó acercarse, pero mi hija ya se había apresurado a buscarme

Intentó acercarse

Intentó acercarse

A continuación un relato escrito por María Augusta Albuja.

Quilotoa (kiloˈto.a)

Parecía que ninguno podía dormir esa noche. El primero en dejar su habitación fue Martín. Dejó trabajar la cafetera italiana y se paseó con la taza vacía por la sala de estar ubicada junto a la cocina. Observó las fotos en portarretratos que adornaban el salón. Había una de él y Manuela de pequeños; otra, de la graduación de Manuela y alguna de ella con Diego, su esposo, vestidos de novios. Echó un vistazo al piano; me miró un momento, pensativo, y volteó.

La cafetera aulló avisándole que su expreso estaba listo. Se apresuró a buscarlo. Gracias a mí, o por mi culpa, le encantaba esa bebida. Solía darle cucharadas de mi taza, de niño, al descuido de sus padres. Tomó unos bocados y subió al segundo piso casi tropezándose. Hasta tarde se escuchó cómo guardaba en las maletas: la ropa, los zapatos, los libros, el afinador de guitarra, un sixpack de cuerdas extras.

A las dos de la mañana, Laura aterrizó en la sala con pijama y rostro preocupado. A esa hora, la casa estaba completamente oscura. Tomó el florero de la mesa central y se lo llevó a la cocina. Se escuchó muy fuerte la llave abierta. Debía estar cambiando de agua a las rosas que Martín le había regalado por su cumpleaños. Colocó el florero en su lugar. Abrió el aparador de la sala, alcanzó el cepo y subió con él a la habitación.

Aquel cepo no se había movido en años de un lugar específico del aparador. Laura era maestra de lenguaje y una obsesiva del uso correcto de la gramática, sintaxis, morfología y semántica. La educación que yo le había impartido tenía que ver con estas manías. Los habitantes de la casa se habían acostumbrado a depositar centavos ante el mínimo error discursivo.

El último noctámbulo fue Julio, esposo de Laura. Se dirigió a la cocina por algún snack que comió rápidamente. Luego pasó a la sala, caminando directamente hacia el librero. Mi hija debía haberse quedado dormida. El ajetreo de las valijas de mi nieto no se escuchaba más. El silencio era profundo.

Hojeó uno de mis libros, de los pocos que quedaban porque Manuela se había apropiado del resto cuando le abordó la curiosidad sobre lo que su abuela escribía. La vi leyendo los que ahora revisaba su padre en esa misma sala, semanas antes de mudarse con Diego a Buenos Aires y llevarse los demás. Julio subió.

No tardó en amanecer porque debían salir hacia el aeropuerto a las cinco de la mañana. Los vi bajar, desayunar juntos y cargar el equipaje de mi nieto al automóvil.

Martín se despidió susurrando: “Adiós abuela”, antes de dar el portazo de salida. Se marcharon.

Horas después, solamente regresó la pareja. Al principio se evitaron. Julio se dispuso a tocar el piano y Laura a cocinar. Más tarde almorzaron juntos, pero sin pronunciar palabra. Cuando ya tomaban el café, el mutismo de la sobremesa fue perturbado por un ring de teléfono.

Laura se apresuró a contestar. Era Martín avisando que había llegado al campus de la Universidad en Texas.

−Dice que aterrizó hace una hora, que está un poco cansado, pero bien −contó Laura a su esposo, después de colgar.

Julio quería agregar algo, sin embargo, calló al observar cómo su mujer no podía contener las lágrimas que desde la noche anterior había tenido atravesadas en la garganta. Intentó acercarse, pero mi hija ya se había apresurado a buscarme en la sala. Su esposo la siguió. Laura me tomó en sus manos y señaló, sollozando:

−Creo que ya es tiempo.

Manejaron por más de dos horas hacia el sur del país. Una vez en el lugar de la caldera, descendieron alrededor de 40 minutos a pie hasta llegar al lago del cráter.

Mientras mis cenizas caían al agua esmeralda, vi a Laura alejarse, sosteniendo el cofre vacío. Julio la alcanzó, le pasó el brazo por sobre los hombros y caminaron así hasta llegar al automóvil parqueado.

*

Las imágenes que acompañan el texto pertenecen a Elena Gimeno Dones.

Puedes apreciar más de su trabajo fotográfico aquí.

***

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