Por: Medaunbrauni
El traqueteo del motor era lo único que escuchaba, pero no se dejen engañar, no quiere decir que era lo único que se oía, porque de oírse, se oían otras muchas cosas. Como la nariz del señor enfrente de mí, que evidentemente tenía dificultades para respirar; o el adolescente de pelo ultra rígido, patillas estilizadas y más bolsillos en sus pantalones de los que cualquier humano podría usar, que hablaba por teléfono con su novia, disculpándose por algo que había hecho ayer con Yocelyn, una maldita zorra, según se adivinaba por los gritos que salían del auricular. También se oía la música que había elegido el chofer, una fina selección de bachata, reguetón y banda acompañada por los cláxones y ruidos de otros autos propios de periférico en horas pico, que el día de hoy podría ser casi cualquier hora.
Ese día no llevaba audífonos, y, el único libro que me apetecía leer estaba guardado en mi enorme mochila, además era demasiado grande para sacarlo en un lugar tan apretado como en el que me encontraba. Es por esto que decidí escuchar el ruido del motor, eso y nada más. No se me dificultaba, desde niño me había gustado tocar instrumentos musicales. Nunca me enfoqué en uno en especifico, iba cambiando de instrumento según mi antojo, y como era mayormente autodidacta, mi oído estaba entrenado para poder separar en mi cabeza un sonido de otro, algo que para un músico es sumamente útil.
Tracatracatracatracatracatracatraca. El sonido me relajaba. En ese estado, como de meditación, me desconectaba del mundo. Hasta el olor a garnacha con cebolla que parecía provenir de la axila de alguien muy cerca de mí, iba poco a poco desapareciendo. Yo no estaba equivocado, aunque todos a mi alrededor parecían pensar lo contrario. “Así nunca nadie te va a volver a contratar, quién va a recomendar a un muchacho que no dura ni siquiera tres meses en cada trabajo”. O… “¿Qué no es un buen despacho? Estudiaste derecho y estás ejerciendo, ya quisieran muchos estar en tu posición. No renuncies, no seas wey, tienes oportunidad de subir de puesto y ganar mucho mas”. Blah, blah, blah…
Desde niño había estado escuchando esas estupideces salir de las bocas de prácticamente todas las personas a mi alrededor. Y no se diga en la escuela, donde casi todos los maestros y directores se encargaban de enfatizar la importancia de conseguir un buen empleo, o, en caso contrario, el de ser líderes, grandes empresarios con ejércitos de gente debajo de ti; “porque ustedes lo valen”, nos decían. Pero, qué pasaba si yo no quería ser ni uno ni lo otro. ¿Hay lugar en el mundo para gente así?
Dibujo por Medaunbrauni
No me malinterpreten, no quiero decir con esto que está mal ser un empleado, o que está mal ser un líder; un jefe. Hay personas que pueden encontrar la felicidad y la plenitud en cualquiera de esas formas de vida. Lo que siempre me ha molestado es que no exista otra opción. O eres uno o eres lo otro. No existe nada en medio y al final, en cualquiera de los dos caminos que elijas, terminas dedicando tu vida a personas que sólo se interesan en qué tanto dinero les das a ganar.
Llámenme mediocre o radical, o mejor aún, un mediocre radical, pero no pienso que ese estilo de vida sea el mejor, por lo menos no para mí. No creo en poder disfrutar la vida hasta que me retire, o sea hasta los 65 o 70 años –si es que llego a vivir tanto –como nos quieren hacer creer algunos espectaculares y anuncios de televisión: “El retiro es para pintar”, “El retiro es para viajar”, “El retiro es para coger”. “Chingate ahorita que estás joven, ya después vas a poder disfrutar todo lo que trabajaste”. ¿Y qué tal si no me chingo nunca? ¿Qué tal si pinto, viajo y cojo a la edad que yo quiera? ¿Qué tal si disfruto de la vida ahora que estoy joven, y también cuando esté viejo? Conozco a mucha gente vieja que me ha dado el consejo de chingarme hoy para disfrutar mañana y se sigue chingando todos los días, sólo que cada vez la vejez tarda más en llegar. Hace no mucho, uno era viejo a los 50, ahora a los 70 ó 75. Pero, qué son 20 años más, 20 años menos. No es nada comparado con lo que tardó en formarse el universo; es un grano de arena en una playa del tamaño de Júpiter.
Seguía dándole vueltas en mi cabeza al tema cuando mi transporte llegó al destino final. De pronto todo regresó. El ruido de la ciudad, la nariz sonora del hombre frente a mí, la bachata, el exceso de bolsillos, y la axila de alguien. Regresé a la realidad. “¿Sí me cobra? Subí en Echegaray”, dije pasando mis monedas a la parte de enfrente. Alguien abrió la puerta y todos bajamos. Aspiré el olor a coladera y grasa rancia. Lo disfruté. Gocé la inmundicia de la ciudad en la que hasta entonces había pasado tantas horas de mi vida, como quien goza el último instante de la última clase de biología de todo el año escolar sólo porque sabe que es el final indiscutible de un suplicio insufrible.
Caminé hacia el edificio donde trabajaba con la mochila casi vacía, lista para guardar las pocas cosas que pudiera todavía tener ahí. Era feliz. Feliz porque no sabía qué seguía, ni qué iba a ser de mí. Por fin iba a dar el primer paso para convertirme en lo que todos los que me habían escuchado presagiaban para mí y con lo que yo siempre había soñado. Me iba a convertir en un don nadie, y como tal, me quité el peso de tener que ser alguien y empecé simplemente a dejar de ser.
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