Lola Argemí: la artista de la nostalgia, la sensualidad y los sueños

Lunes, 2 de abril de 2018 17:06

|Melisa Arzate Amaro

Detrás de esas enigmáticas y sucintas narrativas, se encuentran potentes referentes como la literatura de Julio Cortázar, Edgar Allan Poe e Isabel Allende.

Una pequeña niña corre en el Parque México, con pantalones vaqueros llenos de tierra y pintura, los ojos verdes como dos aceitunas, el cabello negro azabache y un sombrero de fieltro al que ella misma le cosió ocho botones de distintas formas y colores. En plena carrera, mientras siente el viento fresco en su cara y observa la luz del sol filtrarse a través de las ramas de los altos fresnos, ahuehuetes y jacarandas, la sorprende un diluvio que ahuyenta a todos los demás niños, quienes corren despavoridos a sus casas. Ella no. Ella se queda. Ella no le teme a las cosas que pasan; ella quiere vivir, sentir y atesorar memorias como botones de marfil dentro de una caja de latón. Lola -ella- siente que debe permanecer ahí. Ha quedado perpleja y cautivada por la cortina blanca que baña los troncos y bancas, e inunda las jardineras perfumando el aire con ese maravilloso olor a tierra mojada. La conquistó la alfombra de jacarandas lánguidas que se dejaron llevar por las gotas y el viento, para sucumbir y teñir el suelo con un magenta intenso y divino. El tiempo se ha detenido para Lola. Abrazando el tronco húmedo al que se aferra como si montara el alazán de un carrusel, disfruta melancólica ese invaluable instante. Atesora su soledad y las sensaciones que le obsequia la tromba que ahuyentó a todos para quedarse a solas con ella. Ese instante, como el color y el sonido del mar junto al que vivía cuando niña y en cuya orilla se sentaba a escoger piedras de colores y sentir la brisa, la marcó para siempre (su padre se dedicó a la hotelería y eso le permitió vivir en medio de distintos paisajes y contextos que impactaron su imaginario). Hoy, más de treinta años después, Lola menciona en su taller el recuerdo de aquella tarde y sus ojos cristalinos se llenan de lágrimas: ese evento selló su memoria personal y, sin duda, su obra artística.


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Si bien Lola Argemí se formó profesionalmente en el diseño después de haber pasado por talleres como el de Gilberto Aceves Navarro y haber trabajado sobre la imagen de marcas comerciales de gran alcance, es más bien autodidacta y mucha de su producción artística aún es un secreto por develar. Aguarda tras sutiles velos, entre luces ámbar y olor a gardenias: atemporal y efímera. Los cautivadores personajes femeninos de gran sensualidad que leen, meditan, sueñan e imaginan en sus alcobas entre gatos, cartas y libros, se dejan ver por el espectador desde segundos planos, seduciendo con su indiferencia, ensimismadas bordando y engarzando recuerdos con emociones que sólo ellas conocen. Detrás de esas enigmáticas y sucintas narrativas, se encuentran potentes referentes como la literatura de Julio Cortázar, Edgar Allan Poe e Isabel Allende. Al adentrarse en sus imágenes el espectador halla silencios, misterio, un onirismo casi bucólico y una envolvente nostalgia, propios del romanticismo y el realismo. Balthus, Lucian Freud, Francis Bacon, Dr. Atl, Kokoschka, Rodchenko, Algernon Newton y Hoper, marcaron su acervo mental figurativo de manera evidente.


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Para ver la obra de Lola Argemí, empero, es necesario desdibujar las fronteras del arte y olvidarse de lo que dicta el medio. En lugar de esas estructuras, se ha de pensar en lo anhelado y la melancolía, en el pasajero aroma de las flores y del jengibre, en el complejo universo de lo femenino, en lo fantástico de la literatura y en el erotismo detrás de los relatos que se cuentan a media luz en la sobremesa. La obra de Lola Argemí viene de la ilustración, con una gran influencia del diseño constructivista ruso y el Art Déco; emerge de un sólido conocimiento de la Historia del Arte y una magistral experiencia con los materiales que heredó desde el seno materno (su madre es una pintora española espectacular que, misteriosamente, abandonó la pintura y dejó tras de sí una estela de desnudos y vistas interiores notables) pero está más allá de toda teoría y racionalidad. La obra de Lola Argemí se conecta con las entrañas, con pequeños instantes de sueños, dudas, amor, soledad, anhelo, ausencia y deseo.


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Sus estilizados personajes, unas veces Alicias y otras Caperucitas, son lo femenino en su estado más puro y honesto. Son las mujeres que conoce y la rodean: son la propia Lola haciendo una sincera introspección que llega al reducto más íntimo y privado de lo que implica ser mujer. Está, sin embargo, mucho más allá de los estudios de género o del panfleto feminista. No nos equivoquemos. Su vasta producción integra al dibujo, el óleo y el acrílico, caligrafía, pintura en seda, bordado, accesorios y, frecuentemente, bastidores para bordar, cajas o jaulas que albergan a sus personajes. Sin embargo, bajo la elección de esas superficies o medios asociados al quehacer doméstico, no subyace una declaración política, sino la incansable curiosidad de una artista que posee una magistral experiencia plástica y se vale de recursos estéticos diversos para expresar lo más hondo de su sensibilidad como creadora pero, sobre todo, como mujer. La recurrente sugerencia a Alicia, Caperucita o el Principito (en su poética, enamorado de Alicia pero a quienes el destino les ha impedido consumar su deseo) responde no a una ilustración literaria, sino a una referencia al deseo que, al mismo tiempo, implica un comentario ontológico: “El accidente te hace encontrarte contigo mismo: lo trágico modifica el camino”, afirma al caer la tarde. Es sólo cuestión de mirar su obra, abrazando el tronco de un cedro, para dejar que la tormenta ocurra y empape el ser de quien la mira.


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REFERENCIAS:
Melisa Arzate Amaro

Melisa Arzate Amaro


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