Medardo Rosso: sólo somos juegos de luz

Medardo Rosso: sólo somos juegos de luz

Por: Rafael Perez -

A veces no basta con tener talento; es necesario confiar en él y defenderlo frente a las adversidades.

En el mundo del arte existe una especie conocida como “críticos de arte”, quienes muchas veces asumen una actitud de jueces capaces de decidir lo que es bueno y lo que no. Sus juicios suelen ser categóricos pero olvidan algo: al final se trata de una opinión subjetiva y el arte, por antonomasia, es libre y lo que provoca en cada persona va más allá de un simple “bueno y malo”.

Ejemplos de artistas rechazados por la crítica especializada, y que tiempo después el gran público se encargó de hacer triunfar, existen muchos y muy diversos.

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Tal es el caso de Medardo Rosso (1858 – 1928), escultor nacido en Turín para quien la libertad siempre fue algo invaluable. Concepto que no sólo aplicó a su vida personal, negándose a vivir en un mismo lugar para siempre, sino, también, a su obra artística, alejándose del estilo académico de la época tan aplaudido por la crítica.

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Sus esculturas, que podían ser lo mismo de cera que de mármol, se alejan completamente de las superficies pulidas bien definidas y se presentan dotadas de movimiento. Son esas irregularidades propias de su estilo las que hacían que la luz vibrara en ellas, creando un efecto visual que hacía que sus esculturas parecieran distintas dependiendo del ángulo en que fueran vistas.

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Medardo Rosso buscaba que sus obras lograsen atrapar la luz, retenerla en ellas. Solía decir: “sólo somos juegos de luz. Lo demás es oficio”.

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En 1870 se mudó a Milán con su familia. Es esta ciudad la que representó para el artista un crecimiento tanto a nivel personal como artístico. Inspirado en personajes de su entorno, logró crear algunas de sus primeras obras famosas, esculturas de una expresividad y sensibilidad únicas.

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En París luchó contra el hambre y los críticos. Sus obras eran valoradas por el público que visitaba sus exposiciones y apreciaban la emotividad de cada pieza, a las que hallaban similitudes con el impresionismo que en aquellos años era todo un suceso del arte francés. El tiempo se encargó de hacer valer su trabajo frente a la crítica y logró estar en la primer exposición impresionista junto a los representantes más importantes del estilo en Francia.

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