Meine Reise: El recuerdo de mi viaje

Miércoles, 18 de junio de 2014 13:56

|Casa Coyoacan

El rastrear las etimologías de las palabras, más que un ejercicio erudito sin mucho sentido -como muchas veces pasa- hay que verlo como un ejercicio de resignificación y reflexión en torno a un concepto. Pensemos entonces el rastrear como un camino que nos permite diversificar, en este caso, al recuerdo mismo.

Recordar viene de re, de nuevo, y cordis, corazón, es decir, significa literalmente: "pasar de nuevo por el corazón". Si traicionamos un poco al contexto grecolatino en el que surgió (en el cual la mente, o lo que llamaríamos así hoy, se encontraba en el corazón) podemos quedarnos con el significado literal como una metáfora.

Meine Reis2


El corazón no es sede de la mente sino de la experiencia. Pero, ¿qué implica esto? La experiencia es, a fin de cuentas, el impacto presente, efectivo, que trae consigo un cúmulo de estímulos sensoriales y sentimentales que tratamos de asimilar y significar. Entonces, ¿qué pasa si pensamos al recuerdo como un tipo de experiencia donde se mezcla en el recuento el anhelo con la familiaridad y la extrañeza con el alivio? ¿Podemos experimentar recuerdos ajenos? Este tipo de preguntas, entre muchas otras, son las que la artista Sofía Cruz (México) desata con su pieza Meine Reise (2012). El deseo de viajar, de vivir esta experiencia de ponerse en perspectiva a través del cambio de entorno y contexto. El encuentro radical con el otro; todo esto es lo que inspira este trabajo. La pieza consiste en una serie de paisajes al óleo, textos y un video que pareciera ser el registro de un viaje por carretera pero que es en realidad el montaje de diversos videos subidos a youtube de personas conduciendo por distintos lugares.

Meine Reis1


"Cuando hice esa pieza nunca había salido de México, entonces utilicé a mi producción como un vehículo para, de alguna manera, "robar" experiencias de viaje ajenas, a través de trabajar (editar y representar en pintura) con los registros en videos encontrados", comenta Sofía para la Fundación Pedro Meyer al referirse a su pieza. Vienen a la cabeza de manera casi inmediata Jean Baudrillard, filósofo y sociólogo francés, y su crítica del simulacro en la posmodernidad, pues el fuerte deseo de viajar de Sofía se ve sustituido por una ficción que es a su vez ensalzada por la carga que la tradición dota a la pintura. Esta ficción, de manera simultánea, pone en crisis la relación que el documento tiene con la verdad, pues los videos que dan forma al viaje ficticio de Sofía no son más que el registro más neutral -en tanto que sus pretensiones no son artísticas- de un “verdadero” viaje. Es decir, son fragmentos de viajes reales que crean una narración ficticia.

Ficción vs realidad es realmente una contraposición delicada. Ambas son experiencias, narraciones, ficciones y realidades.



Se puede entender la obra de Sofía como un autorretrato conceptual a través de instalaciones que combinan medios como el video, la pintura y la fotografía; se metaforiza una intimidad atravesada por pulsiones y miedos en una operación que se mueve siempre en la tensión entre lo público y lo privado. Incluso se podría tachar, en ciertos momentos, de exhibicionista; por ejemplo, en Línea (2012), video instalación que consta de tres pequeños monitores reproduciendo a la artista en tres situaciones sumamente íntimas –dormir, llorar y experimentar un orgasmo– que, sin embargo, al estar colocados en un cubo negro de 3 x 3 metros, conserva un halo de intimidad.

Línea


 “Utilicé el arte, primero, como un medio para conocerme a mí misma, luego, para tener contacto con los otros o el mundo y después para conocer a lo otro alejándome lo más posible de mí”. Esta trayectoria dibuja los niveles de lectura que la obra de Sofía podría ofrecer; un camino que inicia en la más honesta exploración de lo individual y que, en su desnudez, termina por eliminar la singularidad que es Sofía Cruz para terminar en descripción de la subjetividad contemporánea.

No está de más recordar que tradicionalmente la práctica del autorretrato es signo de autocomplacencia y que depende mucho de la pretensión del artista de representarse como maestro creador. Pero el reflejo de sí que Sofía ofrece en su obra parece ser uno en el que el Yo es atravesado por una ambigüedad que aleja a su trabajo del elogio, acercándola en momentos más a la angustia de un Julio Ruelas –recordemos aquí su mítico grabado La crítica (1907)– que a los óleos de Rembrandt.

Pensemos, por ejemplo, en Orificio (2013), tríptico de pinturas al óleo en las que Sofía se retrata a sí misma obstruyendo con sus manos los orificios de su cara –oídos, nariz, boca–, signos de los lazos de comunicación entre el exterior y el interior y rotos por el propio cuerpo de la artista; un Yo que se obstruye a sí mismo en su relación con el mundo.

Orificio


Salta a la vista que la práctica de Sofía contiene una fuerte carga lúdica –tan demandada en el arte por algunos– que llega a rayar en la inocencia. Así, el trabajo de un artista, al entrar a ese flujo de signos que es el mundo del arte, cobra independencia con respecto de la intencionalidad que inspiró su creación, dando espacio para la interpretación. Perfecto ejemplo de esto son las dos fotografías que constituyen Sangre sobre nieve, sangre sobre tierra (2013), díptico que surge del simple impulso de querer reproducir, durante la estancia de Sofía en Viena, una imagen vista en México. Así, la presencia del mismo elemento –la sangre, de tanto peso simbólico– sobre fondos diferentes se convierte para nosotros en una violenta metáfora de la experiencia del viaje, de la migración -tema más que actual hoy en nuestro país- o del movimiento en general.

Sangre sobre nieve sangre sobre tierra
Texto escrito por: Rosa Castillo y Gustavo Cruz

TAGS: Pintura
REFERENCIAS:
Casa Coyoacan

Casa Coyoacan


  COMENTARIOS