NOTICIAS ARTE FOTOGRAFÍA CINE HISTORIA LETRAS MÚSICA DISEÑO ESTILO DE VIDA MODA VIAJES TECNOLOGÍA COMIDA

Todos los derechos reservados 2017
© Cultura Colectiva

Alexey Kondakov: el artista que convierte a los personajes del arte clásico en personas comunes y corrientes

17 de enero de 2018

Andrea Fischer

Nunca volverás a ver el arte clásico igual después de ver estas imágenes:

El metro. Las paradas del autobús. Las tiendas de abarrotes. Los ventanales de los cafés encendidos durante las altas horas de la noche. Las escaleras descuidadas de las vecindades. La suciedad de las calles desatendidas de las grandes ciudades. Hay algo de molesto en estos escenarios: algo que parece incompleto. Nunca se les asocia a la belleza, a lo inmaculado o a lo académico, sino que permanecen en el ámbito terrenal, urbano, de lo cotidiano. Jamás se asociaría a los paisajes de todos los días la perfección casi sacra que se le atribuye a las grandes piezas de la Historia del Arte: se les entiende como entes casi antagónicos, en tanto que a unos se les tiene como vulgares, mientras que a los otros se les eleva a un estrato sublime que los deshumaniza, fuera del alcance de las migajas de la vida cotidiana.



Tal vez sea por la exquisitez académica que se le atribuye a estas piezas que las tenemos de entrada como obras maestras. Hay una especie de respeto particular que nos impide identificarnos en ellas, que no nos permite conectar como espectadores contemporáneos: el aura de museo —por llamarlo de alguna manera— que recubre a la producción de estos periodos de la historia del arte infringe con un acercamiento más sincero que el espectador de hoy pueda tener, y las convierte inmediatamente en algo fuera de contexto, que debe de admirarse por sí mismo, y no por aquello que mueva dentro de la persona que a la obra se enfrenta. Se da por hecho que es una obra de arte y nada más: la interacción con el espectador queda, a lo mucho, reducida a eso; sin embargo, el artista Alexey Kondakov no lo piensa así.



Formado en las calles de Ucrania, entiende al arte como algo que debe sentirse cerca, y no como una reliquia que deba alzarse en un pedestal. En cambio introduce a los personajes de las grandes pinturas renacentistas y barrocas en entornos que parece que no les corresponden, pero que los humaniza y los vuelve actuales. Es por esto que en sus intervenciones digitales se encuentran diosas de la mitología griega incrustadas en paradas de autobús, como si esperaran a llegar a casa después de un día pesado de trabajo. Se ven también a los grandes héroes de la antigüedad en tiendas de discos viejos en busca de algo para escuchar en sus tiempos de ocio, así como a la aristocracia italiana del siglo XV mientras pide una caja de Marlboro rojos.



Las figuras que se tienen como íconos de la Historia del Arte son desplazados de su trono, y en realidad parecen abdicar a la corona del tiempo: en vez de aparecer entre nubes y aureolas, los querubines se quedan dormidos en las salas de espera de los establecimientos públicos y los santos se dejan caer sobre las mesas desiertas de bares de mala muerte. Es así como el artista logra empalmar dos proyectos que podrían parecer, de primera instancia, antagónicos: la perfección estética de la academia se baja de sus marcos dorados para salir a ensuciarse los pies en las aceras citadinas, que pareciera que nada les dice, que nada les importa, que no les corresponde.



Vulgarizar a los íconos del arte clásico —en el sentido original de la palabra, en tanto que regresan al vulgo— es un mérito en sí mismo: se trata de manchar esa aura inalcanzable que los limita a estandartes de la humanidad y les impide ser realmente humanos. Este acercamiento contemporáneo a las artes dicta una sentencia contra la seriedad que los museos imponen, con la institucionalización que marcan aquello que debería de ser, a lo menos, más democrático, más plural, más de todos los días.


Ver a Venus con los brazos alzados para tender la ropa sucia la convierte en una mujer más, que se ocupa de las tareas que nos atañen a todos, pero que jamás se le atribuirían a la diosa de la belleza. Lo mismo con Romeo y Julieta mientras se besan en una maquiladora: esa perfección de los amantes imposibles se reduce a un acto que incluso podría resultar reprochable si se viera con la óptica de la moralidad actual.



Es por esto que Kondakov tiene un punto y lo desarrolla bien con sus intervenciones digitales: el arte debería formar parte del palpitar cotidiano que alcanza a todo el mundo, más allá de las paredes de mármol que ensombrecen a las grandes producciones plásticas de la humanidad. Mientras que los curadores de arte clásico se parten la cabeza pensando en un discurso académico, Orfeo se queda dormido en el sillón después de una noche de alcohol, Afrodita plancha la ropa y Santa Marta espera a que le sirvan la hamburguesa que pidió de prisa, porque ya tiene que regresar a trabajar. 




**


Cada vez son más los artistas que deciden explorar la técnica del collage, por eso, conoce las obras eróticas que crea Naro Pinosa y harán que cuestiones tu sensualidad más íntima.


TAGS: Arte clásico Renacimiento renaissance art
REFERENCIAS: Alexey Kondakov ALEXEY KONDAKOV REIMAGINA PERSONAJES CLÁSICOS EN ESCENAS DE HOY ALEXEY KONDAKOV: PINTURAS CLÁSICAS EN EL MUNDO CONTEMPORÁNEO

Andrea Fischer


  COMENTARIOS

  MÁS DE CULTURA COLECTIVA

5 consejos que debes seguir para maquillarte según la forma de tus ojos Ilustraciones de Wanjin Gim sobre el placer del hombre Las 8 pinturas latinoamericanas más caras de la historia ¿Qué es un bot y cómo puede hacerte votar por el peor candidato? Fotografías de Justin Bieber y Selena Gomez que demuestran que el amor puede destruirte Lecciones de moda que debemos aprender de Ryan Reynolds

  TE RECOMENDAMOS