José María Velasco: el pintor mexicano que hemos olvidado

Lunes, 10 de julio de 2017 11:32

|Carolina Romero



El artista debe presentarse delante de lo natural en presencia de
las obras de Dios, como discípulo siempre, nunca como maestro.

–José María Velasco

 

 

Lo conoces. Sin saberlo llevaste en tu mochila uno de sus cuadros. Quizá nunca lo supiste. Pero en tu libro de Geografía de Cuarto Grado, posaba la obra de uno de los artistas más importantes de México y más injustamente tratado por la memoria histórica: José María Velasco.

 Contrario a otros artistas que han conservado la fama nacional, de la vida de Velasco no hay tanto que decirse como de su obra y sus esfuerzos por la perfección pictórica: nació el 6 de julio de 1840 en el Estado de México bajo el nombre de José María Tranquilino Francisco de Jesús Velasco y Gómez-Obregón. Más tarde estudiaba por la noche en la Academia de San Carlos mientras de día trabajaba vendiendo rebozos en la tienda de sus tíos. Su talento era tan apabullante que a los 18 años pudo conseguir una plaza como profesor.

 Como todo buen artista, era de mirada amplia y perspectiva expandida. Sus pinturas necesitaban nutrientes: inspiración y un modelo. El amor que tenía por la geografía, la zoología y la arquitectura, fueron los ejes primordiales a través de los cuales pudo realizar su obra.

 

Su producción es extensa; cuenta con aproximadamente 300 pinturas al óleo sin contar las litografías, pinturas en miniatura y acuarelas. Pero, ¿qué puede decirnos una serie de pinturas donde “nada más” se ve el paisaje?

 Mucho más de lo que pensamos; se trata de la fundación del nacionalismo mexicano y la construcción de la identidad de un país complejo y simple al mismo tiempo. Aunque ahora esté saturado de edificios y enormes construcciones, antes fue un enorme y hermoso Valle; una cuenca natural y profunda llena de relieves y claroscuros. Unas inmensas y esponjosas nubes hacen el contraste con el arenoso y rocoso paisaje.

 Pese a que podría pensarse que Velasco era ajeno a la situación política que entonces se vivía en México —la ebullición juarista ante el imperio de Maximiliano— de no ser por su trabajo, el registro del México del siglo XIX hubiera quedado en archivos muy pobres.

 

Fue justamente Maximiliano quien le otorgó la medalla de plata por “La caza”, término que se le daba a ese curso en San Carlos. Además de esta premiación, fue designado como delegado mexicano para la Exposición Universal de París donde ganó la Condecoración de Caballero de la Legión de Honor.

 La obra de Velasco es como una mirada, lejana y apartada. Una especie de descanso donde hay lugar para otro México; ese país rural en plena transformación. Donde el foco de atención no versa sobre las personas como tal o en los procesos de industrialización sino, más bien, en la transformación del paisaje y los elementos estéticos que regala ese espacio abierto y expuesto.

 

«El azul del cielo del valle tiene una pureza de esmalte. Las nubes que en el cielo navegan, una consistencia de mármol. Los crepúsculos alcanzan variedades increíbles pero raramente y sólo por excepción surgen colores inesperados. Aun entonces, una cortina de polvo finísimo atenúa los colores que de otro modo serían demasiado cálidos.

Esa cortina de polvo se formó, silenciosa e insensiblemente, en los lagos de la vieja Anáhuac, hoy desecados.

 Las montañas son el marco del valle. La transparencia del aire las aproxima, pero, a medida que a ellas nos acercamos, mantienen, a modo de miraje, su orgullosa distancia. Son de un azul intenso y mate. A veces, toman una coloración violeta. En todas partes hacen actos de presencia. ¡Cuántas veces, al término de una calle, en plena ciudad nos marcan la frontera vertical y magnífica del valle!» 

Así definía Xavier Villaurrutia la obra de este pintor costumbrista.

Diversos escritores mexicanos y latinoamericanos encontraron en Velasco un referente en la pintura universal; Octavio Paz, por ejemplo, también tenía una opinión respecto a su obra:

 

«La pintura de Velasco vive en una reserva inmóvil, que no pertenece al abandono sino al equilibrio, a esa pausa en la que todo cesa y se detiene brevemente, antes de transformarse en otra cosa».

 

 

¿Cómo logra que un cúmulo de nubes y de montañas puedan comunicarnos distintas emociones?

Probablemente porque las pinturas de Velasco no son improvisadas, se dice que antes de lanzar el pincel sobre el lienzo, acampaba en el lugar por un largo tiempo.

 

Es muy probable, entonces, que Velasco pudiera capturar una especie de “alma” de lo pintado. No son sus líneas definidas ni su asombroso realismo lo que nos atrapa, sino la esencia que el pintor logró condensar en un breve lienzo. Ésta, sin duda, fue una tarea titánica. Por ello, el olvido de pintores de tanta trascendencia como él, es l a peor de las injusticias que puede hacerse al arte.

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Referencias

Letras Libres
Secretaría de Cultura
Cuadrivio
Arq.com

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