Mujeres que exploran el erotismo a través de su soledad en 10 pinturas de Edgar Degas

Martes, 28 de noviembre de 2017 12:45

|Andrea Fischer
pinturas de edgar degas

Una nueva manera de acercarse a la figura desnuda de la mujer es a través de las pinturas de Edgar Degas.


Podría parecer que las pinturas al óleo de bailarinas están sobrevaloradas: hoy nos parecen cursis, fuera de época, sin una propuesta artística que rebase los límites de las costumbres canónicas de los años tardíos del siglo XIX. Hay algo que nos parece forzado, fuera de uso, como si la pose ya se hubiera visto antes demasiado, como si se tratara de otro estereotipo de la feminidad de hace poco más de 200 años. Tal vez esta concepción contemporánea se la debamos a Edgar Degas, reconocido por las escenas casi costumbristas de mujeres jóvenes en un estudio de danza, a la mitad de las clases de práctica o cautivas en el instante efusivo de la pose, de la fuerza, del movimiento.


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Si bien es cierto que hoy no resulta sorprendente de manera alguna, en la época era innovador mostrar la trayectoria de las piernas, de los brazos, de los torsos dinámicos sin seguir necesariamente los límites del cuerpo. Degas —junto con los pioneros del impresionismo— revolucionó la representación de la realidad en la pintura en tanto que la volvió más experiencial al alejarla de lo que es natural a la mirada humana. Es por esto que los años que se dedicó a pergeñar momentos de la actividad de las bailarinas parisinas fueron los que la Historia del Arte ha reconocido como sus más productivos: aquellos en los que el cambio de posición de los personajes estaba dado por el trazo, el volumen por la profundidad que simulan los espejos en los que las bailarinas se observan a sí, y la realidad por el claroscuro discreto que se filtra desde ventanales de los estudios de danza.


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Degas se formó en la Universidad de París bajo la tutela de profesores historicistas; por ello, no resulta extraño que sus primeros destellos artísticos se concentren principalmente en desnudos canónicos, que remiten al pasado clásico que en la Academia se tenía como —casi— sagrado; sin embargo, al salir de la escuela se instaló en un estudio pequeño en París, donde la influencia de las nuevas corrientes empapó su estilo y su discurrir artístico en general. Es en estos primeros años que se ve una solidez discursiva en su obra: se destaca la fuerza sutil del cuerpo femenino en su forma más original, más primigenia, y no por eso menos válida. En esta época, Degas se enfocó en el carboncillo y el pastel para encarnar a estas mujeres en su mayoría desnudas. Por esto, te presentamos algunas muestras de su trabajo inicial desde dos vertientes distintas.


Carboncillo


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Degas mostró una obsesión particular por las poses que las mujeres adoptan al salir de bañarse: hay algo en la rigidez de la figura mientras lleva a cabo las tareas más íntimas que apela al sentido más originario del trazo. Es en estos momentos de soledad que los músculos se mueven con más naturalidad, con más soltura, como verdaderamente son.


En esta primera etapa, pareciera que el artista buscó la representación modelos académicos, pero desde un ángulo distinto: no se trata de posiciones forzadas del cuerpo que resalten los atributos más deseables del cuerpo femenino, sino de una mirada contemplativa hacia la forma misma de la persona que se está dibujando.


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Muchas veces, los trazos ni siquiera están terminados: no son manos logradas con detalle minucioso, ni pies que se asemejen fielmente a lo que la realidad ofrece. Pareciera que se trata de extensiones de una trayectoria de línea que sugiere un momento de intimidad cotidiano, que se encuentra en la rutina de todos los días de una mujer común.


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Sin embargo, no puede dejar de apreciarse la solemnidad que la monocromía confiere a la figura: hay algo que se encuentra sólo en la armonía del papel y el carboncillo, que se plasma en blanco y negro nada más, y que da a la imagen una textura suave, dócil y elegante, que revela la instrucción neoclásica en la que el artista se formó en primera instancia. Muchos de estos esbozos se conservan aún en el Musée D’Orsay en París, y están expuestos como parte de la selección de lo mejor de su obra.


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Pastel


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Es sabido que Degas perdió de manera gradual la vista, por lo que poco a poco sustituyó la pintura en óleo por materiales más asequibles a su visión deteriorada, como los colores pastel: más suaves a la mirada, más fáciles de digerir y más adecuados para su búsqueda estética. La selección de paleta atribuye una atmósfera alternativa a los momentos de intimidad cotidianos, que parecen resbalarse de la misma manera en que gotitas de agua lo hacen a lo largo de la espalda de sus personajes desnudos.


El artista no se ensimisma en un mismo patrón de color. Las variaciones en la selección de tonalidades dependen de la sensación que quiera exaltarse, como se verá después en los exponentes del impresionismo. No se trata ya de escoger las sombras y los tonos de acuerdo a la moda que la Academia imponga, sino de hacer un análisis sensorial de la composición, para generar una experiencia que vaya más allá del sentido de la vista.


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A pesar de que esto es cierto, Degas sí se fijó en tonos que iban bien con la piel lechosa de las mujeres que delineaba, lo que hizo que la composición fuera cálida, suave, de una ternura inusitada —y mas aún en el siglo XIX— en torno a la proyección de la experiencia femenina. Las escenas remiten a un suspiro que se le arrebata al ambiente seguro del hogar, como si las figuras representadas no fueran conscientes de que se les observa.


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Pero cuando fueron expuestas en la Octava exposición impresionista, la recepción que tuvieron del público no fue la mejor: "No se trata de una visión romántica de la feminidad, sino de una representación realista del cuerpo de la mujer, en una pose que algunos consideraron vulgar y voyerista", dice Ann Kay, historiadora del arte de la Universidad de Kent. Es, quizás, en esta calidad revolucionaria e inconforme que las pinturas de Degas cobran un sentido distinto, de valor y compromiso por la persecución de una experiencia estética alternativa, alejada de las idealizaciones de la época y más cercana a la realidad sensible, que, tal vez, sea la que logra asemejarse a lo que realmente es


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Referencia:

Yvars, J.F.. (2016). 'Siglo XIX', en: 1000 pinturas que hay que ver antes de morir. España: Grijalbo. P. 494


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Andrea Fischer

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