Rafael Coronel: el artista que muestra el misticismo de la condición humana y de las emociones

Martes, 6 de febrero de 2018 12:37

|Andrea Fischer
pinturas de rafael coronel

Coronel no dejará de impresionarte con sus personajes místicos...

Vino desde Zacatecas con la intención de hacerse delantero del América, pero su padre le dijo que ésa no era una profesión, y que ya le bastaba a la familia con un hijo artista. No tenían dinero para costear los estudios de otra carrera que no les redituara nada, le dijo, y el niño decidió que estudiar arquitectura era tal vez más conveniente. Su hermano mayor había llegado a la capital años antes, y seguía dando evidencia de que del arte no se vive como a los padres les gustaría: los instrumentos son muy caros y los compradores muy pocos. Con esta idea, Rafael Coronel entró a la Ciudad de México: espantado por el devenir artístico de su hermano mayor y angustiado porque no podría dedicarse al futbol, como había querido.


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A pesar de que siempre le había gustado dibujar, los escrúpulos pesados de su familia ahogaron cualquier intención de enlistarse en alguna academia de arte. Su padre le pidió que estudiara contaduría para ayudar con las cuentas de la casa, pero los números nunca fueron realmente lo suyo, y la arquitectura le pareció lo más razonable: no quería desperdiciar su habilidad de trazo, pero tampoco quería ser una carga más para la economía cada vez más raquítica de la familia; sin embargo, nunca abandonó el gusto por hacer garabatos. Cualquier excusa le era válida para dejar a la mano libre sobre el espacio en blanco, y entre trazos esporádicos se le fueron los primeros años de la carrera.


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En 1952 el Instituto Nacional de la Juventud Mexicana lanzó una convocatoria para artistas nóveles. Coronel tenía 21 años y el cariño que le tenía al dibujo no se había esfumado del todo; sin embargo, las precariedades económicas del estudiante promedio —sumadas a las que ya existían de por sí en su casa— no le permitieron durante esa época experimentar con el óleo, ni con otros lujos del estilo que los artistas en formación sí podían permitirse. Teniendo todo esto en mente, se dijo que el cartón bien podía ser un lienzo en tiempos de vacas flacas y las crayolas eran los pinceles más adecuados para su situación. No se desalentó, a pesar de todas las inconveniencias, y mandó el cartón medio deslavado como pieza para concursar.


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El jurado quedó fascinado: la sencillez contundente del trazo les pareció algo fuera de serie en un estudiante de arquitectura, y la paleta estaba tan bien escogida que ni siquiera parecía estar ejecutada en crayola. Había algo en las sombras de la figura que trastocaba fibras muy íntimas: era una mujer de mirada pesada, como si estuviera a punto de exhalar un suspiro, o como si contuviera las ganas de llorar. A pesar de que los tonos tendían a ser amarillos estridentes, el personaje se veía sumido en la más profunda de las tristezas y se acomodaba muy bien a las búsquedas estéticas a las que las vanguardias apuntaban. La tituló La mujer de Jerez (1952), y en la esquina inferior izquierda simplemente firmó como R. Coronel.


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Pocas semanas después, le anunciaron que era el ganador de una beca para vivir del arte: 300 pesos que cubrirían sus gastos en materiales y sus necesidades más básicas para desarrollarse con cierta decencia. Era más que suficiente para vivir una vida digna, y dedicarse exclusivamente a eso que había reprimido por tantos años, quizá por temor a correr la misma suerte que su hermano más grande, quizá por respeto a lo que sus padres le dijeron en Zacatecas, quizá por falta de empuje, pero al final lo había logrado. La única condición que le habían impuesto era la de estudiar en alguna academia de arte, y eso comprometía peligrosamente su estadía de tiempo completo en la Facultad de Arquitectura.


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Coronel no dudó en dejar de complacer a sus padres. Optó por abandonar su futuro como arquitecto e ingresó a La Esmeralda en el periodo siguiente sin problema alguno: con el prestigio que el premio le había conferido, la escuela lo aceptó como un estudiante de honor, y nada de esto se supo en Zacatecas hasta algunos meses después de que la decisión fue tomada. A partir de entonces, su desarrollo artístico vino de manera natural: estuvo expuesto a las ideas y formas que la contemporaneidad le brindaba, y los círculos intelectuales del momento lo recibieron bien: era un hombre simpático y con talento, no necesitó esforzarse para lograr una integración rápida en las élites artísticas del México de los 50.


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En su obra más madura se identifica cierta calina sutil, que parece rodear a sus personajes en un abrazo de bruma. Coronel es fácilmente reconocible por las túnicas largas y somníferas con las que recubre a sus ancianos, que bien podrían ser los sabios míticos de los pueblos medievales o lunáticos que hablan solos en las aceras desoladas. Lo cierto es que en Coronel hay algo de místico, algo de enigmático: el vaho que exhalan sus figuras parece también empañar la vista del espectador, quien se pierde —lenta, suave e irremediablemente— en el fondo de sus cuadros, que siempre parecen ser bóvedas vacías de las que emergen sus personajes.

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Algo de Zacatecas, quizá, con sus noches impenetrables y sus amaneceres azules, permanece en el discurrir artístico de Rafael Coronel: está en las túnicas pesadas de sus ancianos, pero también en la atmósfera meditabunda de sus piezas. Los personajes siempre parecen estar a punto de hacer un hallazgo insólito, y algo de esa búsqueda se impregna también en el espectador: un ímpetu, quizá, de encuentro, aunque no se sepa de qué —o no todavía.

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Existen distintos artistas que han intentado capturas las emociones a través de obras de arte, por eso, conoce las ilustraciones que nos muestran la parte incómoda y oscura de las relaciones humanas.



Andrea Fischer

Andrea Fischer


Colaboradora
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