Las pinturas que muestran el pasado artístico de Hitler antes de convertirse en un asesino

lunes, 11 de septiembre de 2017 17:35

|Andrea Fischer



La preparatoria había sido un fracaso. Por más que se esforzara en sacar las cuentas, en aprender las reglas de ortografía y sacar algo de las clases de biología, era sencillamente imposible. Era inútil: sabía que cualquier voluntad sobrehumana por aprender algo sería en vano, pues todas las materias estaban reprobadas. Todas, menos una. La única calificación que tenía aprobada era dibujo, y decidió entonces que podría vivir de la pintura. Eran los primeros años del siglo XX.


Con esta idea en la cabeza, y con la bendición a medias de su madre —su padre había muerto años antes—, Adolf Hitler partió a Viena. Tenía la certeza de que el examen de admisión para la Academia de Bellas Artes sería poco menos que un trámite que hacer, una tontería: sus habilidades sobrepasaban cualquier filtro burocrático que la escuela pudiera ponerle. Le resultaba más inconveniente que angustioso. Era una molestia, a lo mucho, por la que tendría que pasar para formar parte e iniciar su carrera prodigiosa en el mundo del arte.





Lo rechazaron. El primer intento que hizo en 1907 fue un desastre: las autoridades vieron en su trabajo una falta de técnica grave, además de talento inconcebible para las aulas de la casa magna de estudios artísticos de la época. Le recomendaron regresar al año siguiente, con una instrucción más adecuada para lo que la escuela buscaba. Decepcionado de sus capacidades y con dificultades económicas fuertes, Hitler se dedicó a vagar en las calles por algunos meses, vivió de barrendero en las calles y de quitanieves de los barrios más pobres.


Decidió que no regresaría a su casa con la vergüenza de no haber sido admitido. Por el contrario, consiguió trabajos esporádicos como ilustrador de postales y retratista. En 1908 volvió a aplicar para la Academia, y fue rechazado una vez más. En esta ocasión, con la advertencia de que si lo intentaba de nuevo, lo vetarían para siempre de la institución. Al ver la condición en la que el joven se encontraba, el rector se compadeció de él y le propuso intentar algo para la facultad de arquitectura —sin considerar, por supuesto, que para aplicar necesitaba la preparatoria terminada, que nunca pudo conseguir.



Entonces desistió. Ya había sido mucha humillación pública, y no podría soportar una decepción profesional más; sin embargo, no abandonó Viena, por el contrario, decidió quedarse para aprovechar las oportunidades de trabajo que pudiera agarrar al vuelo. Si bien era cierto que no podrían ser demasiadas, en su ciudad de origen serían menos. Comía en fondas de beneficencia social y muchas veces dormía en la calle, sin tener un techo bajo el cual refugiarse de la nieve y la crudeza del invierno austriaco. Años más tarde, escribiría lo siguiente sobre sus días en Viena:


"Viena debió ser para mí la escuela más dura y a la vez la más provechosa de mi vida. Había llegado a esta ciudad cuando era todavía adolescente y me marchaba convertido en un hombre taciturno y serio".


Así que empezó a trabajar para la comunidad judía de Viena —en los sectores más pobres de la ciudad—, en una especie de alternativa más económica como ilustrador. Poco a poco su situación se estabilizó, hasta que pudo mantenerse a flote sólo de la venta de sus cuadros. Su obra maduró, desde un romanticismo marcado hasta un impresionismo, en realidad, afectado. A pesar de que sí pintó escenas religiosas, su obra sacra es escasa.


La mayor parte de su producción artística —que casi no se conoce, y se tiene registro por las subastas que se hicieron muchos años más tarde— se basa en pinturas de acuarela en la que muestra escenas de la vida cotidiana en su país: edificios, vistas de la calle, paisajes del campo en la provincia austriaca. A pesar de que, en efecto, se sabe que la Academia lo rechazó por falta de talento y pericia artística, se han hecho distintos estudios en los que se revelan las supuestas tendencias retorcidas de Adolf Hitler.





Distintas interpretaciones psicológicas —sin sustento científico real— se han hecho a los cuadros, en las que se deducen sus diversas depravaciones sexuales, su orientación masoquista y sus desvaríos mentales, que tienden siempre a la locura. Nunca se toma en cuenta que para poder tener una prueba fidedigna de esto se necesita entrevistar a la persona, pues la psicología trabaja directamente con ellas, y no con lo que se haya encontrado de su legado artístico.


Durante sus años como soldado en la Primera Guerra Mundial no abandonó su vocación fallida: en los ratos libres que encontraba hacía caricaturas de sus compañeros y, si tenía tiempo, realizaba pinturas al óleo. A pesar de que no se puede tener una explicación psicológica certera de su estado mental, sí es evidente el impacto que su participación tuvo en la guerra: si bien antes representaba paisajes urbanos y rurales, después de salir como soldado veterano sus pinturas se hicieron más caóticas y oscuras.


El fanatismo nacionalista echó raíces profundas en su personalidad después de la derrota de Alemania, y el odio visceral que había gestado en sus años de pobreza en Viena se manifestó en un antisemitismo que acabó, años después, con la vida de siete millones de judíos. De su pasado como joven bohemio nos quedan pocas evidencias, entre las cuales están las pinturas que te mostramos; sin embargo, los destellos artísticos de un joven de vocación fallida jamás podrán difuminar la devastación de carácter genocida que las ideas fundamentalistas de Adolf Hitler trajeron al mundo: unas cuantas pinceladas no cubrirán jamás los rastros de sangre que dejó correr. 







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Muchos no conocen en su totalidad la faceta artística de Hitler, como la pintura íntima que le hizo a Salvador Dalí o el lado más dulce del dictador más terrible.



Andrea Fischer

Andrea Fischer


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