¿Por qué no hay mujeres que sean buenas artistas?

Martes, 28 de noviembre de 2017 19:22

|Eduardo Limón
mujeres en el arte

El problema no es que hayan sido invisibilizadas, que las hayan omitido; sino que en realidad, no se les dio la oportunidad de ser mujeres artistas; se les permitió ser mujeres y ya.



¿Por qué no hay mujeres verdaderamente destacadas en el arte? ¿Por qué no ha habido grandes mujeres artistas? Cuando escuchemos ambas preguntas, o cualquier otra formulación que persiga el mismo tipo de respuesta, cabría cuestionarnos a su vez: ¿quién pregunta? Porque no sólo basta con descalificar la opinión de alguien que no sabe de este circuito o que es un bestia en temas de estética, sino las historias y contextos que le atraviesan. Es decir, el falseamiento de una conclusión a partir de la manera en que se pregunta es muy común y, así como preguntar por qué hay tanta guerra en Medio Oriente es ya una interrogante desde el occidental curioso y juicioso, lo mismo ocurre con ese planteamiento que abre estas líneas: ¿acaso lo discute un hombre, una mujer en plena América heteronormada o un sujeto promedio que jamás ha leído una crítica seria de la materia?


Si estas preguntas rondan en nuestras cabezas y, en efecto, es imposible hallar en los anales de la historia a una mujer que haya marcado los paradigmas del arte, no es por una inherente incapacidad de los seres humanos con úteros –en lugar de penes– para crear algo asombroso y excepcional en el campo de las artes plásticas. Es por otro tipo de silenciamiento.


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La primera tentación que tendríamos con respecto a este tema sería escarbar en los libros y los archivos del tiempo para encontrar artistas valiosas o insuficientemente apreciadas y, por ende, rehabilitar trayectorias modestas u olvidadas; sin embargo, esto no sólo se trata de visibilidad y exposición, sino de oportunidades y expectativas.


Linda Nochlin escribe en cuanto a esto: «Es un hecho lamentable, pero ninguna manipulación, por grande que sea, de las evidencias históricas o críticas alterará la situación, como tampoco lo harán las acusaciones que apuntan a una distorsión machista de la historia. No hay equivalentes femeninos de Miguel Ángel o Rembrandt, Delacroix o Cézanne, Picasso o Matisse; ni siquiera, en tiempos muy recientes, de De Kooning o Warhol, como tampoco existen equivalentes afroamericanos de estos artistas. Si hubiera realmente un alto número de grandes artistas "ocultas" o si debieran emplearse estándares diferentes para el arte de hombres y mujeres —y las dos cosas no pueden ser ciertas a la vez—, ¿por qué luchan las feministas? Si las mujeres han alcanzado realmente el mismo estatus que los hombres en el arte, no hay razón para alterar el statu quo».


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Y es justamente en su trabajo reflexivo desde el cual tomamos pretexto para estas líneas y en compañía de éste del que podemos afirmar, como ella, que ciertamente no ha habido grandes mujeres en el arte, no porque hayan estado y después borradas del mapa, no porque nadie les haya escuchado con precisión, sino porque nacieron mujeres, quizás no tuvieron un color blanco de piel, posiblemente no pertenecieron a la clase media o fueron confinadas a su rol de género desde muy pequeñas.


La culpa no se encuentra en haber sido mujeres artistas, está en que sólo se les permitió ser mujeres, en nuestras instituciones y en nuestra educación, en una formación entendida como propia y exclusiva del sexo.


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«Así, la cuestión de la igualdad de la mujer, en el arte o en cualquier otro ámbito, recae no sobre la relativa benevolencia o animadversión de hombres concretos, ni sobre la confianza personal o el servilismo de cada mujer, sino sobre la naturaleza misma de nuestras estructuras institucionales y sobre la visión de la realidad que imponen a los seres humanos que las integran. Tal y corno señaló John Stuart Mill hace más de un siglo: "Todo aquello que es habitual parece natural. Siendo el sometimiento de las mujeres a los hombres una costumbre universal, cualquier desviación de ella parece, de manera perfectamente natural, algo antinatural"», apunta Nochlin.


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Y a lo que ha dirigido todo esto es a que preguntemos burdamente por qué no existe una gran mujer en la historia del arte, en lugar de cuestionar por qué el carácter de genio no se le ha otorgado a nadie del sexo femenino, por qué se le han quitado las posibilidades de inserción y relevancia sociales a las artistas, y por qué no se le ha procurado a las mujeres una educación o profesionalización que les hiciera destacar en este ámbito.


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En otras palabras, si es que llegamos a esta formulación del llamado “problema de la mujer” o de la inclusión contemporánea, es porque no hemos visto todas las aristas del sistema del arte en la historia o de las estructuras sociales –incluso psicológicas– a las que pertenece el humano creativo hombre-blanco-marginado-de-mediano-estrato, porque en las mujeres artistas sólo reconocemos sus trágicas o seductoras vidas y no sus verdaderos logros o sus aptitudes profesionales.


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Eduardo Limón

Eduardo Limón


Editor de Fotografía y Moda
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