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Si fueras el Dr. Atl, yo sería tu Nahui Ollin

Arte Si fueras el Dr. Atl, yo sería tu Nahui Ollin

 

Carmen Mondragón es volcán. Es un juego de placer y dolor en una mirada verde, es la intimidad y el gozo de un cuerpo frágil entregado al arte, es un cristal delicado tan lleno de amor, que cualquiera podría ser tentado para buscar a alguien por quien perder la cabeza como ella. Nació en julio de 1893 en el seno de una familia acaudalada del porfiriato y tomó su educación básica en París hasta recibir su etapa de adolescencia en suelo mexicano.

A su regreso, conoció a un joven cadete militar llamado Manuel Rodríguez Lozano con quien huye a Europa tras el estallido de la Revolución Mexicana. Situación que les posicionó en cercanía de la escena artística de Francia, de Pablo Picasso y de Diego Rivera. Es en este momento que Rodríguez Lozano se dio la oportunidad de incursionar en el mundo de la pintura.

nahui ollin

Después de cumplir ocho años de matrimonio y vivir un desencanto con éste, Carmen decidió regresar sola a México y dejar a Manuel en manos amorosas de su amiga, Antonieta Rivas Mercado. Relación que no funcionó pues, a pesar de ser el más grande amor de la mecenas, finalmente él se descubrió homosexual y finalizó dicho affair. Hasta la fecha los misterios y las habladurías en torno al matrimonio original entre Mondragón y Rodríguez encarcelan demonios inexplicables y culpabilidades no comprobadas, como el haber matado a su propio bebé.

Es entonces que el primer torbellino comenzó; Carmen regresó a su país natal con una mente revolucionadamente europea y escandalizó a media sociedad mexicana con sus minifaldas, tomando el café con sus confidentes Tina y Antonieta dando de qué hablar por sus ideas libertarias, Xavier Villaurrutia discutiendo intelectualmente con ella y ésta modelando para Rivera, Zurián, Malvido y Charlot.

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El más excitante y estridente desafío al universo llegó durante una exposición en que conoció a Gerardo Murillo, quien más tarde se otorgaría a sí mismo el título de doctor y cambiaría su nombre por Atl. Hombre de quien sería para siempre suya sin importar lo que ella u otros dijeran; con él aprendió la intensidad del arte y del respirar entre los muros del Exconvento de La Merced, lugar en el que expondrían sus relaciones sexuales al aire libre y después sostendrían sus más acaloradas discusiones.

Sus impulsos creativos encontraron forma y motivo en la lava pasional del Dr. Atl, quien se refirió a ella como su amor verdadero por mucho tiempo; así fue como Nahui Ollin nació, vio la luz del día y el fulgor verdadero del sol en sus manos, en sus senos descubiertos para la primera exposición de fotografía de desnudo en México. Algo consecuente a los infortunios sentimentales con Atl, un resultado para todos esos celos y desastres que guardaba su entrega.

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Cuentan que Nahui actuaba siempre en consecuencia a los arrebatos y desconfianzas que le tenía a su viejo amante, al grado de incluso amenazarle en una ocasión con una pistola y casi matarlo. Toda una serie de excentricidades violentas siguieron a su romance, hasta que un buen día, Nahui decidió poner fin a todo, se despidió del vagabundo artista y se entregó a los cuerpos deseosos de más hombres en la ciudad.

Después de casó con un tal Eugenio Agacino, capitán de la compañía trasatlántica española, y halló una cierta estabilidad emocional a su lado; lamentablemente, el hombre de mar falleció en manos de una intoxicación y se da de esta forma el segundo (y último) torbellino de la mujer dragón. Experimentó esta pérdida y años más tarde la de Murillo, se aisló en su casa de Tacubaya y decidió dar clases en una primaria durante las horas que no estaba dando la impresión de ser una indigente por las calles del centro. Poco a poco se dirigió al anonimato, a la locura y a la miseria.

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Con esos monstruos a su lado fue que murió en su cama mientras transcurría el año de 1978. Con un sinfín de compañeros sentimentales y sexuales, pero ninguno como aquel hombre de mirada anciana y barba de fumarola, ese ser masculino que le llevó a las entrañas del mundo y la bautizó con el nombre más perfecto de todos, un Dr. Atl que le mostró la dulzura y la rabia. Esa persona que siempre hace falta para que ardamos, esa carne humana que más bien es leña para que otros seamos su chispa.


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