El artista que dibujaba los mensajes del más allá para comprender la realidad
Arte

El artista que dibujaba los mensajes del más allá para comprender la realidad

Avatar of Aglaia Berlutti

Por: Aglaia Berlutti

25 de septiembre, 2017

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25 de septiembre, 2017



William Blake (1857-1927) luchó contra la oscuridad, su obra parece un recorrido extraordinario y temible a través de las sombras. Para el escritor y pintor londinense, el dolor, el miedo y la ausencia eran temas recurrentes a los que se enfrentó a través de todo tipo de fascinantes símbolos. Blake logró elaborar un código privado que metaforizó la oscuridad —lo tenebroso e inquietante en cada uno de nosotros— en algo mucho más hermoso y críptico. Para el artista, la noción sobre la realidad parecía sostenerse en una reflexión persistente sobre las raíces del ser y de las aspiraciones del espíritu humano como obra incidental y divina. No es casual que toda la obra de Blake esté llena de alegorías a descubrimientos místicos, a tránsitos de la memoria y el espíritu, la correlación de fuerzas físicas e intelectuales en la búsqueda de una iluminación secreta que nunca llega a ser completa.



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Entre esa rebeldía y subversión al dogma cristiano que Blake conocía desde su hogar, creó algo tan novedoso que aún asombra por su extraña capacidad para conmover. Más que una visión artística, la obra de Blake es una meditada compresión sobre los espacios y las oscuridades del espíritu humano; una insistente búsqueda de significado y de sentido sobre la individualidad. Lo místico era parte de la forma en la que Blake concebía el mundo. De niño aseguraba ver “árboles llenos de ángeles” y “estrellas que se prendían en los lugares más altos y silenciosos” de la vieja casa en la que vivía junto a su familia. De acuerdo al biógrafo Alexander Gilchrist, Blake estaba obsesionado con las presencias invisibles y sus revelaciones, que le sumían en profundos trances de angustia y maravilla.


Sus dibujos tienen un aire colosal que sin duda reflejan su admiración por Miguel Ángel —las largas y robustas líneas, los rostros tensos de angustia y dolor, los pequeños gestos que brindan cierta coherencia vivencial a sus escenas. A los 16 años Blake había esbozado la mayor parte del trabajo que después desarrollaría en una profusa colección de todo tipo de grabados, ilustraciones y poemas. Con el mismo talante iluminado y levemente intuitivo de un profeta histórico, Blake plasmó en sus obras un Universo desconocido que se extendía desde sus primeras percepciones sobre la vida —el Adán y Eva bíblicos reconvertidos en símbolos de deseo y belleza— hasta el recorrido por la oscuridad, el cielo y el infierno como pasos de conciencia alterada. El Blake adolescente no sólo pintó su propio sistema de creencias en acuarelas, sino que avanzó hacia la construcción del miedo y la fascinación como una forma de expresión tan válida como cualquier otra.



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Blake solía asegurar que su visión sobre lo infinito “le excedía”, y que tanto poemas como dibujos tenían por intención “sostener el silencio entre todos los silencios”. El artista estaba convencido que tanto la obra pictórica que desarrolló como sus poemas tempranos eran “puertas abiertas” hacia un tipo de percepción más depurada de la realidad. Así, Blake tradujo sus temores, aspiraciones y esperanzas en una forma de arte con todo tipo de estructuras visuales y literarias de enorme complejidad. Sus obras no son sólo prodigios de la imaginación, sino pequeños tratados sobre la cultura y la sociedad que le tocó vivir —una época enmarcada por el positivismo.


Pero Blake comenzó a padecer de dolores existencialistas tan abrumadores que le condenaron a lo que solía llamar “una forma de locura”. Abrumado por sus visiones, por su incapacidad para ser un hombre común, se encontró luchando con la posibilidad de la locura, tan clara y elemental que transformó sus visiones en algo más concreto. Jamás dejó de tener visiones y aunque no se le diagnosticó, llegó a temer la reclusión debido a sus mirada hacia lo misterioso; pero Blake encontró en el arte una manera de sobrellevar el peso de lo enigmático que le obsesionaba.



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La vivacidad del detalle en sus obras —en contraposición con lo que se propugnaba en su época— convirtió su trabajo en una búsqueda incesante de significados ocultos. Blake interpretaba la realidad como una conexión infinita e inmediata de detalles, a través de los cuales podría comprender lo divino y lo tenebroso. De pronto, la pintura y la literatura no eran sólo una forma de arte, sino consideraciones sobre realidades infinitas. Para Blake, toda obra de arte era un vehículo de lo divino, y también una forma de elevar la conciencia.


Su visión se oponía al concepto de lo artístico que se sostenía en aquella época. Esto lo enfrentó contra los mejores artistas de su generación y lo llevó a un tipo de ostracismo intelectual. Desde su conocida animadversión hacia la obra de Rubens y sus enfrentamientos con Joshua Reynolds, hasta su insistencia en mantener oculta la mayor parte de su obra, la opinión de Blake sobre el arte tenía más relación con un tipo de adoración religiosa que con una percepción de lo estético como forma de expresión.



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Mary Wollstonecraft —que llegó a ser amiga íntima del artista y para quien Blake ilustró su Original Stories from Real Life (1788)— estaba convencida de que el autor dialogaba con todo tipo de fuerzas secretas y poderosas. Además, Blake insistía en usar la técnica del aguafuerte, con la que ilustró la mayoría de sus libros de poemas. El proceso también es conocido como impresión iluminada, muy semejante a la usada en manuscritos medievales y que se usaba para libros de especial importancia o conocimiento intelectual. Las páginas impresas con estas placas tenían que ser recoloreadas a mano con pinturas al agua y después se cosían para formar un volumen. Para Blake, el arte, el medio y la forma eran sólo reflejos de lo imposible que habitaba más allá de las líneas de la realidad. No es de sorprender que utilizara la técnica para los que son considerados sus trabajos más importantes: Canciones de inocencia y de experiencia, The Book of Thel, El matrimonio de Cielo e Infierno y Jerusalén.



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Blake nunca fue comprendido en su tiempo. Su marginalidad le perseguiría durante buena parte de su vida en lo personal y lo artístico. Su obra fue una joya anónima, perdida en medio de una época que insistió en la necesidad de convertir el arte en un producto terrenal. Blake no sólo se resistió, sino que en contradicción avanzó junto en el camino contrario. Se enfrentó a la turbulencia emocional a través del arte, creó un torbellino icónico que marcó una nueva forma de entender lo íntimo como puente hacia la iluminación definitiva. Toda una revelación extraordinaria que aún resulta sorprendente.


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El infierno ha sido fuente de inspiración para muchas disciplinas artísticas. Pero la mente de los artistas también los ha llevado a sentir los horrores del infierno en vida. Conoce la historia del escritor cuya adicción lo hizo descender al inframundo.





Referencias: