Como cada otoño desde hace 21 años, corre la más reciente temporada de La Llorona en Xochimilco. Desde hace dos décadas, la comunidad de Cuemanco se organiza para dar la bienvenida a un público diverso para relatar la leyenda de La Llorona en un contexto poco convencional; el escenario se monta sobre una isla mientras que el público abordo de una formación de trajineras rodea este espacio. La acción se desarrolla tanto en la isla como en botes y trajineras de acuerdo con ciertos acentos dramáticos. Por otra parte se presentan varios elementos prehispánicos como danza y música que se entrelazan con el relato para generar una experiencia singular.
El guión narra una versión simplificada del proceso de conquista del área de Xochimilco por parte de los españoles. Los mexicas, los buenos y los españoles, los malos. Estos últimos liderados por Don Alfonso de Ordaz invaden y traicionan a los xochimilcas gobernados por Teotecaptl, cuya hermana Ayahuitli se convierte en La Llorona.
Por lo tanto el tratamiento de esta leyenda es un tanto elemental; se pierde la posibilidad de generar matices interesantes al tener personajes planos. Sin embargo, las actuaciones se desempeñan de manera favorable considerando esto. Particularmente destaca la actuación de la protagonista, Marcia Romero, al expresar de manera muy efectiva la gama de sentimientos que se esperan de tal emblemático personaje como lo es La Llorona. Marcia logra proyectar tanto la fortaleza y desesperación que su papel le exige.
Por otra parte, la producción visual de la propuesta es interesante y en cierto sentido encantadora. En esencia se tiene como figura ornamental central una exuberante pirámide que en conjunto con un juego de luces y el espacio mismo (al ser todo montado en una isla en Xochimilco) generan una estética kitsch muy atractiva.
Ahora, donde destaca esta puesta en escena es en lograr amalgamar elementos de la tradición mexicana. En este espectáculo conviven tanto danzantes prehispánicos como músicos especializados en instrumentos antiguos.
Como comentó el director de danza, Atl Martinez, los danzantes prehispánicos no son parte de un ensamble o grupo formal. Más bien para ellos la danza prehispánica es un estilo de vida detrás del cual yacen años de tradición pasada de generación en generación. Al entrar a los camerinos se revelan los procesos, los rituales a través de los cuales ellos se preparan para cada puesta en escena. Estos trajes, penachos, petos y demás elementos no son meros disfraces. Son más bien los trajes que cada danzante ha confeccionado a través de los años; cada uno de sus penachos es ornamentado con cuidado utilizando plumas específicas de acuerdo a un sistema de creencias. El propio Atl lleva 9 años desarrollándose como danzante prehispánico. Los bailes que realizan, más que mostrar una gran complejidad secuencial se ejercen como un ritual, donde proyectan una gran energía en el escenario. Según cuentan, llueva, truene o relampaguee los danzantes salen a escena en la intemperie cada puesta en escena.
Por otro lado, en términos musicales el proyecto tiene detrás a un talentoso conjunto de músicos que logran mostrar adecuadamente el contrapunto entre la tradición musical pre y post hispánica logrando combinar ambos de manera singérgica. Durante la obra ambos estilos se tocan maravillosamente, logrando generar una atmósfera sonora que evoca a una conversación compleja sobre el bagaje cultural de la identidad mexicana.
Uno de los miembros de este conjunto quien en esta puesta toca el huehuetl o gigante de tres pies, Luis Negrete, comentaba que los instrumentos prehispánicos que se manipulan tienen cierta magia. Son instrumentos que prescinden de la inmediatez de los instrumentos modernos. Cada uno debe ser fabricado de manera artesanal o en algunos casos como un xilófono compuesto de piedras antiguas, encontrado por partes, poco a poco.
El resultado de este conjunto de ingredientes es una experiencia folklórica excepcional. La estética visual, sonora y dramática logran plasmar y acentuar adecuadamente la identidad mexicana al ser una combinación saturada pero acertada de elementos tradicionales. Si buscas una excusa para volver relevantes aspectos de la tradición mexicana y en el proceso transportarte a un plano surreal, La Llorona en Xochimilco es un acierto.
Fotografías de Tonya Ernst.

