La primera impresión que recibimos de Madeleine (Adèle Haenel), protagonista de Les combattants, es la de una rotunda femme fatale; como parte de unas pruebas para acceder a un regimiento militar juvenil, se ve obligada a competir contra un chico desconocido, Arnaud (Kévin Azaïs). Quizá deberíamos limitarnos a decir que es él quien se siente obligado a competir contra Madeleine, pues desde el primer momento, es Arnaud quien encuentra inconvenientes en pegarse con alguien del otro sexo.
Para sorpresa de Arnaud, sus amigos y los demás jóvenes que los rodean, Madeleine demuestra unas habilidades físicas que nunca habría atribuido a una adolescente. En estos instantes, todavía es una completa extraña a la que, además, podríamos calificar de peligrosa y hasta cierto punto odiosa. Mira a Arnaud con fiereza, sin razones para despreciarlo pero con una sed de violencia que sólo reconocería en los peores de sus enemigos.
El hermano de Arnaud y él mismo tienen una empresa de construcción con madera. La heredaron de su padre, quien recientemente murió. Los dos hacen grandes esfuerzos para que el proyecto que emprendió pueda sobrevivir, y, al mismo tiempo, también cuidan de su madre, quien ahora está sola, y que a su vez cuida de ellos. Un día reciben el encargo de un matrimonio: deben montar una de sus construcciones en el jardín de su casa. La cruel Madeleine vuelve a dejar a Arnaud atónito cuando descubre que es la hija del matrimonio. Es por esta razón que los dos jóvenes se acercan y, de alguna forma, bajan la guardia que por las circunstancias de un primer encuentro habían tenido que alzar.
Hay un concepto que recorre la película y que vemos de gran importancia: la doble visualización. Consiste en que si se quiere golpear un objeto con la mayor fuerza posible, se tiene que visualizar como si estuviera 30 centímetros más allá del lugar que realmente ocupa. Esta lección —que unos tipos dan a Arnaud— nos hace pensar en el disparo de la pistola; un disparo que atraviese el cuerpo del blanco. En uno de los encuentros entre Madeleine y Arnaud, ella, después de golpearlo, le pide que sea él quien lo haga entonces, para comparar sus técnicas. Podría poner en práctica eso de la doble visualización, y, sin embargo, al mirar hacia el pecho de Madeleine se siente incapaz. O, tal vez, solamente duda. Duda tanto que la ocasión se esfuma. En fin, queda demostrada su incapacidad para travesar el cuerpo de esa chica; la salvaje, dura y fría Madeleine, que en ningún momento da muestras de amor por él.
Por su parte, Arnaud queda seducido por el encanto hermético de la chica. Su brutalidad, sus ideas estrambóticas sobre el fin del mundo, lo poco común que es… Un impulso amoroso es el que lo lleva a alistarse en el primer regimiento paracaidista dragón; ese en el que, a partir de septiembre, ella empezará sus entrenamientos.
El campo de entrenamiento será para Arnaud como el café parisino en el que dos enamorados se conocen. Ve el curso militar como una oportunidad para conocerla con más profundidad. A medida que lo hace, descubre el fuero interno de ese pedazo de cuero.
Las señales de debilidad de la chica le sorprenden. La forma en que rechaza su propia fragilidad, también. Trata de comprender su mirada hacia el mundo hasta que, exasperado, grita: «¡La vida es lo contrario a lo que tú haces!» Pues le ha quedado claro que hace lo que hace —beber zumos de entrañas de peces, sumergirse en el agua con mochilas pesadas, etcétera— no por gusto, sino por una especie de masoquismo. Sufre porque quiere prepararse para el sufrimiento, para sobrevivir.
«¿Pero sobrevivir a qué?» le suelta Arnaud en otra ocasión. Entre las oscilaciones de la comedia con humor negro al drama, se cuela una escena casi idílica que no sabría en qué cajón meter. Es la escena del río; los dos jóvenes se han escapado del campamento, hartos de la dureza del entrenamiento, y lo sustituyen por la belleza de un arroyo. Allí, ella se baña.
La vemos nadándose en unas aguas que brillan por efecto del sol. Parece una ninfa, aunque sus pantalones de camuflaje digan lo contrario. Es en este lugar donde Madeleine descubre el aburrimiento, pero no en un sentido negativo; hablo del aburrimiento como relajación, el olvido de que ‘lo que ella quiere’ es sufrir para sobrevivir. Los cuerpos de los dos jóvenes, desnudos, se muestran más débiles que nunca. A la vez, dulces. Ella parece que ha aprendido la lección de Arnaud, esa que defiende a capa y espada; rechaza que las respuestas que busca estén en el sufrimiento. En verdad, las encontrará en el amor.
La enfermedad añade una nota nueva a los cambios de tono de la obra. Si nos creíamos que ya no podía mutar en más formas de cine dramático y emocional, nos equivocábamos. En el último capítulo de esta historia de brutalidad, veremos la enfermedad de alguien que nos había parecido la persona más resistente.
En el hospital, Arnaud recibe la visita de su hermano y le comenta: «Cuando un bosque alcanza su desarrollo máximo, arde.» Si él y Madeleine están ingresados en un centro médico es porque se habían topado con un incendio en el bosque de antes, aquel en el que había el arroyo. Hemos dejado atrás las imágenes de sus cuerpos calcinados. Parece que su recuperación es posible.
La última vez que Madeleine y Arnaud se encuentran, siguen convalecientes. Sin embargo, no han dejado de ser combatientes, y hay alguna que otra frase de su última conversación que se nos queda en los oídos como si fuera la esperanza que queremos creer: «La próxima vez no nos pillará por sorpresa.» A estas alturas, sabemos porqué tenemos que aplaudir cuando la película termine y la pantalla se apague: En Les combattants hemos visto una mezcla preciosa entre los enamorados, la imposibilidad de coincidir en su amor y un paisaje que imita sus sentimientos como si quisiera hacerse partícipe de ellos. En definitiva, se trata de no temer a que el Otro vea nuestra debilidad.
Madeleine y Arnaud, sin embargo, se dieron cuenta cuando era tarde.

