En Mentiras, los colores no son solo una elección estética: son una declaración de identidad. Cada una de las protagonistas —Daniela, Yuri, Dulce y Lupita— está asociada con un color neón que refleja su personalidad, su historia y su energía emocional. Daniela es rosa neón, Yuri es azul, Dulce es verde y Lupita es amarillo. Son colores que las definen y las envuelven, que les dan poder y presencia. Pero Emmanuel, el único hombre en medio de esta historia, también tiene un color: rojo… aunque ese rojo casi no se ve. No brilla. No impone. No construye nada.
El código visual en Mentiras: ellas tienen luz propia, él solo rebota la de las demás
Desde el musical original hasta la adaptación de Prime Video, los colores han sido una herramienta narrativa potente. Cada mujer no solo lleva su color en la ropa, también vive en él: sus casas, sus recuerdos, sus momentos clave están teñidos de ese tono. El color es parte de su identidad emocional.
Emmanuel, interpretado por Luis Gerardo Méndez en la serie, sí aparece con vestuario rojo neón, pero de una manera sutil, casi invisible. Su rojo no destaca ni le pertenece. Muchas veces, de hecho, se mimetiza con los colores de las protagonistas: lleva rosa con Daniela, azul con Yuri, verde con Dulce. Parece un personaje que no tiene color propio porque no tiene territorio propio. Solo existe en función de las mujeres con las que interactúa.
Un color prestado: rojo, pero sin protagonismo
Aunque algunas escenas muestran a Emmanuel con detalles rojos, nunca se le ve adueñándose de ese color como lo hacen las mujeres con los suyos. Su rojo es más una insinuación, un trazo decorativo, no un statement. Y eso no es casualidad: su personaje tampoco tiene un arco emocional propio. No sabemos qué siente, qué piensa, qué desea. Solo lo conocemos a través de lo que genera en las demás.
Su rojo no dice “aquí estoy”, dice “también estuve ahí”. Es el rojo de alguien que no lidera, solo contamina.
El rojo como símbolo de seducción… y de vacío
Narrativamente, el rojo puede representar muchas cosas: pasión, peligro, deseo, mentira. Emmanuel encarna parte de eso. Es seductor, manipulador, narcisista. Pero su rojo no es el de una figura poderosa o trágica. Es un rojo reciclado, superficial, de fachada. Un rojo que se deslava frente al rosa de Daniela o el amarillo de Lupita.
Y visualmente funciona así porque Emmanuel no es un personaje con una identidad definida. Es una construcción, un rompecabezas armado con pedazos de lo que las mujeres quieren o necesitan. No tiene esencia, solo reflejo.
En la serie, la dirección de arte —a cargo de Antonio Muño-Hierro— diseña un mundo visualmente vibrante y simbólico. Cada espacio, cada prenda, cada luz está cuidadosamente integrada al arco de las protagonistas. Emmanuel no tiene un espacio propio. No tiene un color dominante. Y eso también habla de su lugar en la historia: es el detonador, pero no el centro. Su presencia importa solo en tanto provoca la transformación de ellas.
Un comentario sobre masculinidad frágil
La decisión de no asignarle un color sólido o reconocible también puede leerse como una crítica a la fragilidad de la masculinidad que representa. Emmanuel es el clásico galán ochentero: encantador, exitoso, romántico… y profundamente tóxico. Su figura está construida a partir de las expectativas masculinas de una época, pero no se sostiene por sí sola. No tiene fuerza propia. Es un hombre que depende de las mujeres para existir.
Por eso su color no puede ser tan fuerte como el de ellas. Porque su identidad se basa en absorber, manipular y desaparecer.
Emmanuel tiene rojo. Pero es un rojo apagado, prestado, contaminado. No lo define, no lo envuelve, no lo transforma. En un universo donde las mujeres arden con luz propia, él solo refleja. Y eso no es casualidad: es la decisión visual perfecta para un personaje que, en el fondo, nunca tuvo identidad.
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