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"120 latidos por minuto", la película que nos muestra la cruda y dolorosa realidad de vivir con VIH

30 de noviembre de 2017

Wilmer Ogaz

“120 latidos por minuto” es un apremiante filme social que retrata la lucha contra el SIDA por los miembros de ACT UP en París a principios de los 90.



Cualquier muestra de activismo debe ser desafiante y retadora si es que desea producir una reacción, de lo contrario se perdería en el imaginario colectivo. Para Robin Campillo, director de 120 latidos por minuto, el tema de desafiar a la sociedad no es problema, porque lo domina a la perfección.

 

El drama situado a principios de la década de los 90 retrata el intenso y emocionante trabajo de un grupo de jóvenes parisinos pertenecientes a la asociación ACT UP —vocablo formado por “AIDS Coalition to Unleash Power” (Coalición del SIDA para desatar el poder)—, que luchan por la visibilidad de los enfermos en un contexto político y un sistema que los oprime, aunado a la indiferencia social y la industria farmacéutica.


 

 

En la pasada edición del Festival de Cannes, fue galardonada con el Gran Premio del Jurado, la Queer Palm, el premio François Chalais y el FIPRESCI; también fue distinguida como mejor película en el Festival Internacional de Cine de San Sebastián, y además es la selección de Francia para competir por el Oscar el siguiente año.

A pesar de que han pasado más de 30 años desde los primeros casos de SIDA —esa enfermedad que se convirtió en pandemia, a la que pronto amalgamaron prejuicios, tabúes y vergüenza—, 120 latidos por minuto sirve como crudo recordatorio para revitalizar el combate, pues el virus sigue siendo un padecimiento crónico en nuestros días.

 


 

La historia que profundiza en este tema es un ejercicio social contado con maestría; con la destreza de alguien que rememora los hechos como si hubiera estado ahí. Y es que Campillo, director francés de origen marroquí, fue activista dentro del grupo ACT UP en los 90, razón por la cual la película —con tintes de documental— retrata fehacientemente las largas horas de asamblea en la que los militantes discuten las mejores estrategias para lanzarse en contra de los grandes sistemas. A pesar de algunas diferencias de temperamento y opinión, la fuerza se hace notar cuando el grupo irrumpe en actos oficiales de gobierno; lo mismo que en juntas de consejo de las grandes farmacéuticas lanzando sangre falsa para hacerlos reaccionar y que sientan el miedo ante aquella incertidumbre corrosiva.

 

 

 

 

Dentro de aquella tormenta, entre lo inverosímil de la conciencia y la sucia realidad se encuentra la fuerza motriz de la historia: la relación afectiva entre el enérgico Sean Dalmazo —interpretado por el magnífico argentino Nahuel Pérez Biscayart— y el recién llegado Nathan —Arnaud Valoisc—, quienes son acompañados por otra guerrera llamada Sophie —Adèle Haenel, ganadora del premio César en dos ocasiones— y Thibault —Antoine Reinartz—, a manera de antagonista complementando el sólido equipo.

 

Si bien el espectador es testigo de la lucha y esfuerzos por exponer una dura verdad desde la elegante perspectiva francesa, es imposible no recordar otros filmes como Un corazón normal de 2014 dirigida por Ryan Murphy y escrita por Larry Kramer, pero desarrollada en Nueva York; o Philadelphia de 1993 de Jonathan Demme; además, Test de 2013 del director Chris Mason Johnson ambientada en San Francisco de 1985, todas ellas compartiendo el mismo sentimiento de miedo e impotencia.


 

 

Y es que hablar abiertamente del VIH y el SIDA siempre resulta incómodo y hasta cierto punto polémico. Sexo y perversión siempre venden, pero el filme va más allá de las escenas de cama. Es superado por lo natural de las emociones representadas en cada uno de sus jóvenes protagonistas que, alejados del drama, sitúan a la enfermedad en un plano real, y ante cualquier cursilería los comentarios irónicos y burlescos se hacen presentes para aminorar los males. Una de las metáforas que fotografían esta ambivalencia es cuando los cuerpos agitándose sin control en una noche de fiesta, y el sudor combinado con el polvo, forman extrañas figuras microscópicas agrandadas gracias a la magia del cine, representando la efervescencia de los chicos bailando al ritmo de “Smalltown Boy” de la banda Bronski Beat, y se revela la infección tras esos acordes cargados de vida.



 


Tras la tragedia, en lugar de destruirnos con el dolor de la ausencia, la muerte nos obliga a seguir luchando sin importar la bandera o la ideología. Nos recuerda que todos los seres humanos somos libres para disfrutar y amar. El filme conmemora de manera contagiosa la lucha, rompiendo etiquetas, celebrando la vida y haciendo que el corazón lata a mucho más que 120 beats por minuto.

 

La película tendrá su estreno en salas mexicanas el 1 de diciembre, día en el que se conmemora la lucha contra el VIH/SIDA.




 

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Son muchos los detalles que componen a una gran película, pero cuando además refleja los sentimientos de toda una sociedad se convierte en una joya que puede llegar a influir en la manera de pensar y quizá revolucionar algunas ideas que antes no compartíamos; en este caso, comprender a una comunidad. Aquí te compartimos otras 12 películas para entender el orgullo LGBT; o si la literatura es tu hitcon estos libros podrás comprender los derechos de los homosexuales a través de la historia



TAGS: Sexualidad Drama cine europeo
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Wilmer Ogaz


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