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Área X, la extraña expedición hacia el miedo y la locura de la que pocos científicos regresaron

7 de marzo de 2018

Aglaia Berlutti

“No lo sé” es la frase que parece definir la atmósfera provocativa y violenta de "Aniquilación"; pero la película es mucho más que el enigma.



Con frecuencia, la Ciencia Ficción es un viaje a través de la comprensión de la imposibilidad y lo sobrenatural. Es una frágil brecha entre el horror y la maravilla que sustenta un discurso que analiza la realidad desde lo imposible. Por supuesto, no es un recurso exclusivo del género. En la novela
El corazón de las tinieblas
(1899), el escritor Joseph Conrad analiza el viaje —físico y mental— de sus personajes hacia la oscuridad de la razón, el miedo y la locura. Lo hace además desde los límites de la civilización, en un trayecto hórrido y doloroso que convierte el recorrido en una mirada hacia los sustratos más temibles de la naturaleza humana. Una y otra vez, este descenso a los infiernos ha sido reinterpretado en cientos de obras y nociones artísticas, en todo su simbolismo espeluznante y aterrador. Y el escritor Jeff VanderMeer lo hace desde la Ciencia Ficción, sólo que además añade un elemento inquietante de puro terror silencioso que brinda a la historia un intrincado cariz existencialista. Con la novela
Aniquilación
—la primera en una inteligente trilogía—, el escritor encuentra el equilibrio ideal entre el misterio, el terror y la osadía filosófica con un bello discurso y la capacidad para cautivar.
Aniquilación
no sólo es una novela distópica, sino una búsqueda ética, moral y espiritual que se adentra en lo perverso.





Para Jeff VanDermeer, la especulación científica se relaciona directamente con cierta perversión moral. De manera que combina ambas cosas en un lugar indeterminado y lúgubre que bautiza como “Área X”, parte de una costa silvestre afectada por un evento no determinado que se relaciona directamente con un misterioso desastre inminente. El “Área X” es investigada por pequeñas expediciones que avanzan a través de este aparente paraíso virgen para recabar datos pero también para interactuar con lo que les rodea. Uno tras otro, cada grupo de avanzada parece enfrentarse a todo tipo de amenazas biológicas. Nadie sabe exactamente qué ocurre, pero cada una de las avanzadillas científicas ha sufrido todo tipo de percances: desde asesinatos en masa hasta rarísimos cuadros médicos, todos han muerto después del regreso. La nueva expedición lo sabe y VanderMeer asume esta serie de pequeñas vicisitudes inexplicables como un riesgo inquietante que no se define de inmediato, y que de hecho agrega capas de temor a la idea general sobre el proyecto científico en ciernes. Pero VanderMeer no pierde el tiempo en analizar la cuestión del miedo hacia lo desconocido desde la sencillez, sino que asimila el riesgo y lo convierte en contexto.


Además, el escritor juega con la despersonalización. Los nuevos integrantes del equipo son cuatro mujeres sin nombre, sólo conocidas por sus disciplinas —topografía, antropología, psicología y biología. Ellas tienen, como las expediciones anteriores, el deber de investigar el agresivo ecosistema que nació luego del desastre natural que se insinúa pero que no se explica con suficiente detalle. Para VanDermeer, parece de enorme importancia que su narrador no sólo sea capaz de describir lo que le rodea, sino expresar la zozobra del grupo entero. Y lo hace a través de todo un ambiente inquietante en el que el miedo se manifiesta como una amenaza invisible y perdurable. Desde el primer acercamiento al ambiente hostil que deben analizar, es notorio que el grupo debe enfrentarse al terror que se esconde en medio de una jungla asfixiante y claustrofóbica, pero también a sus propios temores. Convertidas en observadoras, las cuatro protagonistas recorren el intrincado paisaje a través de cierta inquietud silenciosa, cada vez más temible y abrumadora. Como si al avanzar en medio de los terrores ocultos, también lo hicieran a través de su desconfianza mutua.





El director Alex Garland tomó lo mejor y más intrincado de la novela de VanderMeer, y lo convirtió en una insólita experiencia visual que transita con comodidad entre la Ciencia Ficción en estado puro y algo mucho más conmovedor. En
Aniquilación
(2018) todo el argumento parece basarse en el desconcierto. “No lo sé”, repiten los personajes con cierta frecuencia; y esa sensación de confusión —“no sé dónde me encuentro, no sé quién soy, no sé a dónde me dirijo, no sé qué ocurre”— es lo que sostiene un guión profundamente extraño; que aunque no adapta de manera fiel la obra de VanderMeer, sí logra captar de manera compleja la ruptura de las leyes tradicionales de la física, la biología, el tiempo y la memoria que la obra original recrea como una noción persistente del horror.


Aniquilación

no se prodiga con facilidad, el guión no sólo no ofrece explicaciones —al menos no sencillas—, sino que de la misma manera que la novela homónima, recurre a la incertidumbre para definir lo espeluznante. Con una puesta en escena que recurre a todo tipo de referencias sobre lo atemporal y lo impredecible —árboles que no parecen serlo, paisajes que cambian bajo la luz del sol, construcciones inexplicables—, es difícil comprender lo que está ocurriendo a primera vista. De la misma manera que en
Ex Machina
, Garland juega con lo simbólico para elaborar un discurso de lo misterioso. En medio de todo lo anterior, Garland apuesta por una mirada deslumbrante sobre lo terrible y lo inevitable, hasta presionar por un concepto de lo terrorífico que no termina siendo del todo claro, pero tampoco incongruente.





Para la ocasión, Garland crea un mundo en que lo familiar, lo fantástico, lo espléndido, lo grotesco, lo repugnante y lo bello se mezclan como en un paisaje de pesadilla que resulta cuando menos incomprensible. Para la zona misteriosa que VanderMeer describe en su libro como “distante, incomprensible, con fauna y flora inclasificable”, Garland construye una universalidad dispareja y sin verdadero sentido: flores que nacen y se extienden sobre el suelo en formas extravagantes y en apariencia voluntarias, árboles con apariencia humanoide o pequeñas criaturas cristalinas que reptan en lo que podrían ser estructuras conocidas. Todo mientras las cuatro investigadoras —tan deshumanizadas y aterrorizadas como para ser apenas figuras anónimas que deambulan en medio del extrarradio— deben cuestionar su sentido del tiempo, la realidad y su propia existencia.


Garland tomó el riesgo de versionar la historia original tomando sólo los hilos argumentales principales, y desdeña todo tipo de pequeños subtextos que el libro utiliza como dobles lecturas de metalenguaje. La fuerza estructural de un espacio malévolo e inexplicable al que un grupo de científicos debe enfrentarse, sin explicaciones y sin herramientas, continúa siendo el centro de la narración; pero Garland evita las explicaciones, los sermones, los diálogos cualitativos o cuantitativos, para concentrarse en el misterio. La tensión aumenta, se hace cada vez más insoportable, la narrativa es por completo impredecible. Entonces Garland hace uso de los mejores recursos del cine de terror y elabora un discurso coherente que añade interés, profundidad y dimensión. Y en medio de las incógnitas, la película avanza con buen pie sobre lo que no muestra para mantener el suspenso, una decisión argumental que Garland sustenta con una formidable inteligencia narrativa.






Pero en realidad, lo que sostiene este recorrido o viaje iniciático hacia el miedo, son sus personajes; sobre todo, una inusualmente contenida Natalie Portman, muy lejos de sus tics habituales. Son eficientes, racionales y tienen reacciones creíbles ante eventos fantásticos. El guión jamás sacrifica la sagacidad, inteligencia, osadía o firmeza de sus personajes en favor del suspenso. Además, Garland está consciente de que necesita trascender el género, la edad o incluso la apariencia física de sus personajes, por lo que los convierte en una batalla intelectual y moral que la película dibuja con cuidado. Natalie Portman es el rostro más visible en medio del grupo de científicas que acometen la extraña misión de recorrer una tierra hostil y sobrenatural con pocos recursos o explicaciones. Fuerte y ferozmente convincente, la actriz abandona sus tendencia al drama excesivo y compone un personaje duro, firme y pétreo. Jennifer Jason Leigh dota a su personaje de una contención dura y violenta; una mirada hacia el secreto dentro del secreto que convierte cada una de sus líneas en una experiencia hipnótica. El resto del equipo está a la altura de esta particular lucha de caracteres. Gina Rodríguez brinda una arista casi amable al extrañísimo grupo de aventureras; y Tessa Thompson, silenciosa e irascible, completan un elenco coral en estado de gracia que apuntala los momentos más interesantes del filme.





“No lo sé”, la frase parece definir la atmósfera provocativa y violenta de
Aniquilación
, pero la película es mucho más que el enigma. Es un fascinante recorrido en medio de las sombras, del terror y de un tipo de angustia visceral y existencialista que avanza hacia lo desconocido, en medio de una puesta en escena poderosa y valiente, que quizás es el punto de partida hacia una nueva forma de comprender la Ciencia Ficción.





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La imaginación de los grandes cineastas nos puede llevar a conocer futuros aterradores, pero si eres de los valientes que no se preocupan por el mañana, aquí te compartimos las 7 mejores películas de Ciencia Ficción que puedes ver en Netflix.



TAGS: Ciencia ficcion crítica cinematográfica cine
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Aglaia Berlutti


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