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CINE

4 películas que debes ir a ver al cine en septiembre y no son 'Eso'

Por: Cineteca Nacional12 de septiembre de 2017

Indudablemente, el payaso que nos quitó el sueño cuando éramos pequeños de nuevo se ha convertido en un ícono de culto, uno que las personas seguirán con vehemencia en las salas de cine para recibir un susto, regresar a la infancia y sentirse perturbados por los gritos y la violencia psicológica en la pantalla. It será el éxito de septiembre que le regresará el alma a las salas de cine, pero está lejos de ser la mejor película que se proyectará este mes. Aunque promete ser una excelente obra, sigue siendo parte de la ola de cine mainstream a la que nos vemos sometidos cada varios meses, forzándonos a verlas, mientras que decenas de obras independientes pasan desapercibidas.

Existe gran diversidad de buenos filmes que muchas veces ignoramos por formar parte del hype de obras populares. Las personas se olvidan de que las grandes cadenas no son las únicas en promocionar nuevas películas de calidad y terminan decepcionados cuando alguno de los blockbusters del verano resultan tan malas que ni siquiera vale la pena recordarlos. Con esto en mente, listamos cuatro de las mejores cintas que se presentarán este mes en la Cineteca Nacional y que, gracias a su contenido, guión y dirección, sin duda superan cualquier trabajo hecho con millones de dólares en un estudio de Hollywood.

Así que si estás aburrido de lo de siempre o no quieres ser parte de la fascinación por It, quizás algunas de estas cintas sean para ti:

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Kaili Blues: Canción del recuerdo (Lu bian ye can, 2015)

China, 113 min

A partir del 8 de septiembre

 

La compañera de trabajo de Chen soñó con un viejo amante. Ahora se acuerda de una promesa incumplida y quiere enmendar el olvido: le encomienda a su colega que viaje a Zhenyuan para buscar al hombre que dejó por tantos años y entregar dos objetos cuyo valor sentimental se presume inconmensurable. Si Chen accede, no es solamente por ayudarla; él mismo se ha visto transitar la doble dimensión del subconsciente y de la vigilia, ahora enturbiada por la difícil relación con su medio hermano, que no quedó igual –es, al parecer, irreparable– después de la muerte de su madre.

Ese tránsito entre realidad y sueño (y el pesar que lleva consigo durante la primera parte de Kaili Blues: Canción del recuerdo) se realiza, por una parte, en el ambiente nebuloso y siempre húmedo de Kaili. Por otra, a través de un montaje cuidadoso yuxtapone las imágenes con transiciones certeras de música ambiental para, de alguna manera, deslizarlas hacia nosotros. El cine de Apichatpong Weerasethakul se expresa en una atmósfera muy semejante.

Hay una lucidez mental que se pone en juego mientras avanza la búsqueda. Chen parece estar extrañamente al tanto de su propia cualidad de viajero, transitando los límites esfumados de las leyes temporales, las fronteras de la tradición regional y los pilares reformados de su propia biografía. Su nostalgia es anhelo por el presente que se fuga entre las manecillas, pero también anhelo por el desarraigo mismo.

Antes de llegar a su destino, sin embargo, la travesía deja atrás las intervenciones oníricas para entregarse de lleno a la inmediatez absoluta del plano secuencia, como una percepción despierta después de un largo sopor melancólico, altamente sensible al acontecer simultáneo del pasado, el presente y el futuro confluidos en una vorágine de carretera, peluquería, balsa y concierto callejero. La sección que sirve como una especie de clímax de 40 minutos sintetiza el sueño viscoso del médico en una realidad que está más allá de lo cinematográfico: una imagen totalizadora que se transforma en tiempo real, que ha absorbido una infinidad de estímulos concatenados para simular la sensación de una conciencia plena, sólo para revelar el engaño último y regresar a Chen al camino del ensueño que nunca dejó, al tren que retrocede en el tiempo y a las deudas que se han tratado de saldar demasiado tarde.

 

Rodrigo Garay Ysita

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En la periferia (2016)

México, 97 min

A partir del 8 de septiembre

1965, el año que marcaba justo la mitad de una década que convulsionó a toda una generación en el occidente del planeta, vio nacer a una banda en el entonces Distrito Federal, Los Tepetatles. Personajes sui géneris cuyos nombres años después serían referentes obligados en la cultura nacional: Chava Flores, Carlos Monsiváis, José Luis Cuevas y Alfonso Arau, y quienes inauguraron, casi por accidente, el rock mexicano. El resultado de las influencias rockeras como Los Beatles o Los Rolling Stones en combinación con los ritmos del blues, el a go-gó, el rock and roll, y por supuesto, estar en el plan de ser críticos al observar y contar la cotidianidad de la selva urbana, originó un movimiento contracultural sin precedentes.

En la periferia es un documental que cuenta la actualidad del rock nacional, mejor conocido como “rock urbano”, a través de distintas bandas que por su trayectoria se han vuelto icónicas, esto también gracias a un público fiel que sin importar si hay tocadas en terrenos baldíos, antiguos salones de baile, bodegones o cualquier lugar semiclandestino se dan cita para cantar al ritmo de los riffs bluseros. Con una cerveza, marihuana o mona en la mano, cantantes, músicos y espectadores autoexiliados de las tendencias de hoy se han mantenido vigentes con letras que les han dado un lugar en los cinturones marginales de la zona metropolitana más grande del país.

Entre la Ciudad de México y el Estado de México es bien sabido que se encuentran grandes extensiones de manchas urbanas que conforman los cinturones marginales: miles o millones de personas que debido a la explosión demográfica, corrupción, desigualdad, falta de empleo y educación, se han perpetuado en estas zonas; desde Tláhuac y Chalco hasta el pueblo de Santa Fe y Huixquilucan, y de ahí hasta lugares como Naucalpan, Ecatepec, Ciudad Nezahualcóyotl, Aragón, Texcoco, Chimalhuacán y un largo etcétera. Son precisamente las personas de estos estratos quienes con pantalones de mezclilla rotos y playeras negras han adoptado la bandera del rock urbano.

Esa banda, los que emprenden todo un peregrinaje, que reúnen sus 100 pesos para la entrada y un par de cervezas, aquellos que van en grupo, en pareja o solos y que aguantan los empujones y las mentadas de madre son los responsables directos de que el rock nacional siga presente, vivo y vigente. Porque, ¿quién es un rockero sin público? Nadie. Todos y cada uno de los grupos que se presentan en este documental, y también los que no, lo saben. Al grito de «¡cómo se siente la banda!» inician un ritual de rock, de gritos y hasta de catarsis en pos de sentirse libres y recibir el alimento de los artistas: el aplauso.

Con excepción de un par de bandas, el resto inició su respectiva carrera alrededor de la década de los ochenta, y si hay algo que comparten desde sus orígenes es el germen que dio luz a estos proyectos, el sueño inocente y atrevido de subirse un escenario y ser un rockero. Decidirse e intentar vivir de la música, tocar una guitarra, comenzar a componer canciones –que por cierto, hay que decirlo: estructural y técnicamente no han cambiado demasiado desde los años setenta– fue el gran secreto. La sencillez del sueño no proviene de querer volverse famoso ni ganar discos de oro, sino de poder llegar a los barrios con sus mensajes, sin más pretensión que ser rebeldes y compartir el momento. Recordemos que el rock es para alivianar al mundo.

Fernando Torres Belmont

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Míster Universo (2016)

Italia-Austria, 90 min

A partir del 29 de septiembre

No es ninguna novedad establecer que el viaje en sí mismo es una posibilidad narrativa interesante y elemental, desde los albores de la literatura (escrita u oral) como nos lo ha hecho evidente Joseph Campbell, hasta los recientes juegos de obras cinematográficas cuyo valor es el puro maquillaje visual.

El viaje pues, tocado como una mera fórmula o como una necesidad más trascendental, de igual forma en Pixar o en los maestros del ya viejo Nuevo Cine Alemán –por echar únicamente dos breves vistazos– es sin duda un andamiaje narrativo que provee a los cineastas de posibilidades vastas. Así es como el tándem formado por la italiana, Tizza Covi, y el austriaco, Rainer Frimmel, se vale de dicha estructura para envolvernos con su Míster Universo (2016).

Como parte de una posible trilogía formada por sus anteriores filmes de ficción (La pivellina, 2009 y El brillo de los días, 2012), los realizadores Covi y Frimmel encuentran historias sumamente emocionales registradas con filtros que nos recuerdan tanto al cine casero como al cine profesional independiente de los años ochenta, que no necesitan la espectacularidad de un drama acartonado o plástico, sino más bien buscan lo áspero (no obstante íntimo) del registro documental que ya conocen muy bien (y al que se han dedicado en tres ocasiones).

En esta ocasión, y con conexiones a los largometrajes mencionados, acompañamos el periplo de Tairo Caroli, joven domador de bestias en un circo itinerante, que es provocado por la pérdida de un importante amuleto que posee desde la infancia. Al intentar recomponer su vida y su trabajo, Tairo hará un viaje de estaciones donde en cada visita tendrá encuentros con el pasado y con entrañables lazos de sangre, a través de los que nos iremos adentrando en el personaje mismo.

La pérdida del talismán es el reflejo de que Tairo se ha perdido a sí mismo, y la lectura de cartas, cual oráculo, anuncia su odisea donde a cada tanto nos daremos cuenta de que el pasado supuso un mundo mejor. Con cada personaje (todos ellos reales, fabricándose y reapropiándose de su personalidad de una manera que recuerda a los protagonistas de Jean Rouch) nos vamos enterando de las nuevas condiciones a las que deben enfrentarse, que el “presente versus pasado” es una confrontación donde no sólo interviene una crisis económica europea sino la pérdida de valores y amistades.

Míster Universo es, también, una película cinéfila, no sólo por evidenciar el aparato cinematográfico a la manera felliniana, sino por ser un espectáculo que se mira a sí mismo como obra narrativa. La historia del circo y sus habitantes es consciente de sí misma, todo el tiempo, pero sigue remitiendo al eterno viaje del “protagónico” que tantos éxitos ha dado al cine industrial; partiendo de ello, los estereotipos dejan de serlo para convertirse en arquetipos. Tairo, nuestro héroe, debe cumplir su destino y encontrar lo que, como espectadores, hemos perdido en el camino de la cinefilia: el asombro que da la emotividad sin cursilería.

Julio César Durán

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El patrón, radiografía de un crimen (2014)

Argentina-Venezuela, 95 min

A partir del 29 de septiembre

Para ser un buen carnicero hay que tener simpatía. Hablar a los clientes con afecto y mostrarse amable en todo momento. Esto se conoce como la «picardía del carnicero». Los productos deben ser frescos. Si la carne se ha pasado, un poco de sulfito, vinagre o hipoclorito de sodio ayudarán a ocultar el aspecto rancio y el mal olor de las reses crudas, más si se encuentran en un avanzado estado de putrefacción. Cada corte se debe acomodar en el mostrador de cierta manera: las piezas más flamantes van a la derecha y progresivamente se van acomodando hasta dejar las más añejas en el otro costado de la rejilla. Por último, hay que limpiar la báscula con un trapo mojado antes y después de pesar la carne para que no se acumule el hedor.

Todo esto lo aprende Hermógenes Saldívar, protagonista de El patrón, radiografía de un crimen, primer largometraje de ficción del hasta ahora documentalista Sebastián Schindel, basado en un hecho real ocurrido en Argentina durante la década de 1980. Saldivar es enjuiciado por el asesinato de su empleador, el señor Latuada, un hombre abusivo y explosivo. La película inicia cuando un abogado se involucra en el caso del acusado a cambio de acelerar una extradición. A partir de ahí, la historia oscila entre el presente judicial del homicida y la reconstrucción de hechos que lo llevaron a cometer el asesinato.

           A lo largo del filme, Saldívar es diseccionado –tal como los recurrentes primeros planos que muestran las reses atravesadas por los cuchillos– a partir de la interacción con su patrón. Oriundo de la provincia de Santiago del Estero, el analfabeta hombre ha sido calificado por el Estado como un “inepto”, incapaz de hacer trabajo duro por una hernia en una pierna. Con su esposa, viaja a Buenos Aires en busca de mejor calidad de vida. Sin embargo, las cosas no son fáciles. Al encontrar una vía para ganar dinero en una de las carnicerías de Latuada, se encontrará en una relación de esclavitud liderada por un jefe inescrupuloso y violento.

           Con una estructura narrativa que deja entrever rastros del cine de los hermanos Dardenne y de su compatriota Pablo Trapero, Sebastián Schindel dibuja una denuncia vigente en el cine latinoamericano contemporáneo: la exclusión social como símbolo del poder. Saldívar es parte de un sistema en el que los “subyugados” no existen en el engranaje de la sociedad actual. Su actitud pasiva es el reflejo de las barreras psicológicas (y también económicas) que “la ley del más fuerte” ha establecido como directriz del modelo político que permea en la modernidad global. No obstante, el realizador esquiva todo atisbo de emotividad al mostrar los acontecimientos de forma fría y distante, tal como sucede en los «quince segundos» en los que Saldívar liquida a Latuada. Tampoco se esconde la naturaleza documentalista del propio director al prestar atención a los detalles y gestos mínimos de los personajes, envueltos en un ambiente ominoso y un tanto pesadillesco, producto de las constantes postales de las reses y pollos crudos de la carnicería donde se desarrolla buena parte del filme. Con estos elementos, Schindel firma un promisorio debut en el largometraje de ficción.

Edgar Aldape Morales

Si quieres saber más información sobre las proyecciones, entra al sitio de la Cineteca Nacional y consulta horarios. La institución es uno de los lugares más perfectos para encontrar joyas del cine, antiguas y modernas, que suelen ser mejores que gran parte de las producciones mainstream. Esto no significa que despreciemos obras como It, sino que, con la posibilidad de visitar cualquier sala y entretenerse, preferimos una película indie que nos cambie la vida, a ver el remake de una obra que, aunque es importante dentro del género, está lejos de convertirse en un trabajo esencial para los fanáticos del cine.


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