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Castlevania, la serie perfecta para los fanáticos del horror, el existencialismo y los videojuegos

5 de noviembre de 2018

Aglaia Berlutti

Ha llegado la nueva temporada de Castlevania, la serie de Netflix que adapta el videojuego clásico. ¿Podrá alcanzar el mismo éxito que la primera temporada?



Cualquier fanático lo sabe y, sin duda, a través de la decepción: Hollywood continúa sin hallar la fórmula adecuada para adaptar videojuegos. Se trata de un equilibrio complicado entre lo esencial de la historia y conservar ese hálito inconfundible que define a cualquier producto exitoso. O ese parece ser el gran dilema al que se enfrenta cualquier adaptación que deba no sólo satisfacer a los fanáticos acérrimos, sino incluir al gran público al universo del juego de video, la mayoría de las veces segmentado y difícil de comprender. Hasta ahora, sólo la exitosa y ya clásica Silent Hill de 2006 dirigida por Christophe Gans logró hacerlo y continúa siendo el único triunfo a nivel de taquilla y de público. Y lo es por su capacidad para encontrar un hilo argumental lo suficientemente sólido para que la película no dependa por completo del material original. Con su mezcla de horror y atmósfera malsana, Silent Hill demostró que los mundos imaginados para consolas y pantallas siguen siendo lo suficientemente intrigantes como para construir historias atractivas para el público en general.


Por su parte, Castlevania (Netflix, Warren Ellis) utiliza la misma fórmula de Gans para Silent Hill, pero toma especial interés no sólo en la forma de narrar, sino en sus personajes, principal punto de interés de una mirada profunda y analítica sobre el clásico videojuego. La segunda temporada de Castlevania —que despertó grandes expectativas luego de los cuatro escasos capítulos de la primera— es una demostración del buen hacer de un guión al servicio de la historia. Potente, minuciosa y, sobre todo, una consistente adaptación emocional de una historia con reminiscencias góticas, Castlevania asume lo mejor del videojuego y lo transforma en una mirada a su mitología entera y un homenaje que los fanáticos podrán reconocer en escenas claves.





Si algo levantó críticas durante la primera temporada de la serie —a pesar de su alta factura y satisfactorios resultados a nivel de producción— fue su corta duración: cuatro episodios memorables que aún así permitieron a la audiencia familiarizarse con los personajes y la historia en general. Basada no sólo en el juego del mismo nombre, sino de manera tangencial en la conocida leyenda de Vlad Tepes II Príncipe de Valaquia, la serie tomó el riesgo de reducir los capítulos en busca de contextualizar y crear una atmósfera específica antes de desarrollar la historia propiamente dicha. Desde la muerte de Lisa Tepes —la esposa humana del mítico Drácula en la historia televisiva— hasta la despiadada venganza del vampiro, el guión trabajó a fondo la percepción sobre la vida y la muerte, la inmortalidad y el poder feudal. Bajo la apariencia de una narración segmentada, la serie logró introducir a sus personajes principales con enorme acierto, y también analizar el conjunto de símbolos del videojuego hasta lograr un inteligente equilibrio.


A los nuevos capítulos de Castlevania les llevó casi un año llegar a pantalla. En el intermedio, Netflix asimiló el éxito de la previa y creó una cuidada campaña de marketing que anunció que para su regreso, Castlevania sería más que una curiosidad televisiva y que rendiría tributo a su origen. Y lo hace, aunque la serie perdió en calidad de animación en beneficio del aumento de capítulo —que duplica el número de la original—, el argumento crece y se expande, retomando no sólo la historia en el punto exacto donde culminó la temporada pasada, sino reflexionando sobre la capacidad del universo entero para transformarse y construir algo más pesimista, brillante y espiritual. La experiencia completa es dura, por momentos amarga con leves toques de humor e incluso reflexiones existencialistas; lo cual convierte a Castlevania en toda una sorpresa y una sólida propuesta que va más allá de la éxito del juego de origen y la convierte en una adaptación exitosa.





El argumento no olvida las motivaciones de los capítulos previos, y para la segunda temporada, Drácula ha reunido a sus generales y líderes para llevar a cabo su guerra contra el género humano. No obstante, Drácula ha cambiado y es ese giro inesperado lo que dota a la historia de una singular profundidad. El vampiro más poderoso del mundo —que antes devastó Targoviste y sacrificó por puro dolor a toda su población— es ahora una criatura contemplativa, sumida en un duelo duro y extrañamente silencioso. A Drácula no le interesan las batallas y mucho menos el derramamiento de sangre. “Sólo deseo silencio”, dice sentado en su enorme sillón regente, con la cabeza hundida en la palma de la mano y los ojos concentrados en el fuego que arde a sus pies. Hay un elemento definitivamente faustiano en este hombre inmortal que aspiró a devastar el mundo humano hasta sus cimientos, pero que ahora resume el derramamiento de sangre como una búsqueda de paz.


Alrededor de Drácula, el círculo de nuevos personajes se ensancha y se engrosa en calidad y coherencia. El líder delega la responsabilidad de los ataques no en sus pares vampíricos —una pléyade de personajes apenas dibujados con enorme personalidad y su propia sensibilidad por la moda—, sino en dos hombres humanos: Héctor e Isaac. Ambos por completo distintos, comparten un único vínculo: son forjadores de demonios y piezas de inestimable valor en el tablero de los futuros ataques a perpetrar. Entrando de lleno a la mitología del juego, la serie brinda contexto y una historia específica a ambos personajes. Tanto Héctor como Isaac miran al mundo humano desde el odio y la indiferencia, pero desde extremos distintos del espectro. Mientras Héctor es un “alma gentil”, Isaac es un hombre endurecido por el maltrato y el dolor, que asume la mirada sobre el futuro y su propia raza desde la dureza del esteta. Como caras opuestas de la misma moneda, tanto uno como el otro representan la fragilidad y la fortaleza en el plan genocida de Drácula.





Cuando Warren Ellis asumió el proyecto de Castlevania, admitió que no conocía a profundidad las intrincadas ramificaciones del videojuego. Aún así, la serie captura la atmósfera en ocasiones claustrofóbica en las que se mueven los personajes. Hay un notorio cuidado en la puesta en escena y en los detalles de los puntos de vistas arquitectónicos, una mezcla curiosa entre barroco y gótico que logra ensalzar las ciudades medievales que apenas se muestran en el recorrido de los personajes principales. El uso de la luz, que además completa las escenas y las dota de personalidad, es uno de los grandes aciertos de la serie. De los espacios lóbregos e inquietantes del Castillo de Drácula hasta los campos tenebrosos que recorre el trío protagonista, la serie sólo encuentra una explosión de luz en mitad de su agónica epifanía final. Toda una consistente versión cuasi cinematográfica sobre el desarrollo de escenas y escenarios.





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El vampiro es una figura que oscila entre lo real y la ficción. Si quieres conocer la explicación científica detrás de este monstruo, te recomendamos leer este artículo. En cambio si lo tuyo es la ficción, aquí te compartimos una lista de las mejores películas de vampiros que no te debes perder.



TAGS: Series de tv Videojuegos crowdsourcing
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Aglaia Berlutti


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