El cine mexicano como experiencia social: ¿una batalla perdida contra el imperialismo cultural?

Jueves, 28 de junio de 2018 16:47

|Marcos Domínguez
cine mexicano

Mientras continuemos siendo criaturas sociales, en la búsqueda constante de un sentido de pertenencia, las películas van a formar un punto clave para entendernos este mundo en que vivimos

La primera película que recuerdo haber visto en el cine es Star Wars Episode One: The Phantom Menace, aunque mi mamá me ha corregido en múltiples ocasiones y dice que en realidad fue The Land Before Time. Agrega que Petrie era mi personaje favorito y que lloré desconsoladamente cuando la mamá de Pie Pequeño murió a manos de un Diente Agudo. Suena como algo que yo haría. Siempre lloro en las películas.

Sea como sea, desde las ansias durante el eterno viaje al cine, el inigualable asombro de adentrarse a la sala obscura y ver aquella gran pantalla elevarse como un gigante frente a mí, hasta mis labios leyendo en voz baja: “Hace mucho tiempo en una galaxia muy, muy lejana….” y el impacto de la orquesta de John Williams tocando el tema principal de la franquicia, la experiencia de ir al cine es todavía una pieza clave de mis recuerdos de la infancia, aun cuando con el pasar de los años me diera cuenta de que no es la obra maestra que recordaba.



Mis recuerdos de la infancia sobre el cine mexicano no fueron siempre tan gratos. Esas películas en blanco y negro sobre charros, luchadores y vagabundos que mis papás solían ver en la televisión parecían carecer de ese encanto que Star Wars, El Hombre Araña, Volver al futuro o Batman tenían de sobra.

Cada vez que mis papás se sentaban a ver una película mexicana, prefería retirarme silenciosamente a mi habitación y entretenerme con mis juguetes, algún libro o cualquier otra cosa. Pero un día mi mamá prendió la televisión y el rostro de Pedro Infante llenó la pantalla. Mi hermana y yo nos preparábamos para realizar nuestro clásico acto de desaparición, cuando mi mamá nos detuvo y dijo: “No van a ningún lado. Se van a sentar y la van a ver y les va a gustar”, con la autoridad que solamente una madre puede conjurar. 

Nos sentamos a regañadientes por hora y media. Para nuestra sorpresa, la película resultó ser bastante buena. Una vez corriendo los créditos nos encontrábamos ante una nueva perspectiva de lo que el séptimo arte podía ofrecer y mi hermana con una infatuación hacia Pedro Infante que continúa hasta estos días.

El gran Martin Scorsese dijo una vez: “Las películas tocan nuestros corazones, despiertan nuestra visión y cambian la forma en que vemos las cosas". Por mucho tiempo esto fue verdad. El cine nos presentaba diferentes visiones de la vida, la realidad y lo que el entretenimiento podía representar. Cada propuesta tenía la misión de revolucionar lo que el cine era capaz de hacer. Sin embargo, durante los últimos años y con el auge de productoras de la talla de Disney Entertainment o 20th Century Fox, la experiencia de ir al cine ha ido perdiendo la diversidad que lo caracterizaba, sobre todo dentro del ámbito nacional.

¿Qué factores han causado esto? ¿Acaso los creativos han perdido todo ápice de la creatividad que alguna vez los caracterizó? ¿Nos estamos volviendo menos críticos como audiencias? ¿El imperialismo cultural finalmente ha ganado la batalla y hemos perdido toda capacidad de pensar y procesar emociones de una manera diferente a la ofrecida por los titanes de Hollywood? Y la pregunta central de todo este parloteo es: ¿el cine como una experiencia social finalmente ha muerto?


La Época de Oro del cine mexicano


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Viendo el panorama actual de nuestra industria cinematográfica, es difícil concebir que hubo un momento en el cual éramos considerados una potencia mundial dentro del ámbito del cine; sin embargo pasó. Durante la década de los 40, en el punto álgido de la Segunda Guerra Mundial, de la mano de productoras como Filmex, Films Mundiales, Posa Films, Rodríguez Hermanos y la asociación de Bustillo Oro y Grovas, el mundo vio a México en su mejor momento, en lo que hoy es considerada la Época de Oro del cine mexicano.

Durante este periodo la industria cinematográfica mexicana alcanzó su mayor punto de calidad y remuneración económica, cimentándose como el centro de películas de Latinoamérica y los lugares de habla hispana. Estableció y popularizó géneros como la comedia ranchera, el cine de luchadores o el cine de rumberas, además de hacer de Pedro Infante, Jorge Negrete, Luis Aguilar, María Félix y Katy Jurado rostros reconocidos a lo largo del mundo.


¿Cómo llegó el cine mexicano a tal punto de calidad?

El mundo se encontraba en guerra. Estados Unidos, Inglaterra, Francia, Alemania e Italia, las principales potencias productoras de cine, centraban sus esfuerzos en el campo de batalla y el séptimo arte quedaba relegado a un segundo plano. Incapaz de producir cine del modo que solía hacerlo, pero negándose a perder su supremacía dentro de la industria, Estados Unidos decidió invertir en el panorama virgen que ofrecía el cine mexicano, ayudándolo a expandirse y convertirse en lo que fue y representó.

Es difícil imaginar qué hubiera sido de la Época de Oro del cine mexicano sin la intervención de nuestros vecinos del norte. A algunos les gusta pensar que jugó un papel mínimo y que no estuvo relacionado con el auge y la calidad de la filmografía mexicana, pero aunque nos cueste admitirlo México siempre se ha definido con base en Estados Unidos. Desde nuestro modelo de constitución y Gobierno, hasta los pequeños pilares de nuestra cultura pop, la sombra del Tío Sam siempre nos ha servido como modelo hasta estos días.


¿La victoria del imperialismo cultural?

La antropología y sociología consideran al imperialismo cultural como la imposición de la cultura e ideales de una comunidad dominante sobre una comunidad dominada. Ejemplos tempranos de este proceso pueden ser vistos en la expansión del Imperio Romano, las Cruzadas, y la conquista del Imperio Azteca por parte de los españoles. Hoy el proceso se lleva a cabo de una manera más sutil y efectiva: por medio de la exportación de música, ropa, comida y, claro, el cine. Las primeras batallas ideológicas de la historia se pelearon con espadas, hoy se pelean en los medios.

De acuerdo con datos publicados por la Cámara Nacional de la Industria Cinematográfica (Canacine), México ocupa el cuarto lugar a nivel mundial de asistencia a salas comerciales de cine, pero a diferencia de otros mercados, como el francés, indio o chino, que se niegan a perder su identidad en la batalla cultural contra los titanes hollywoodenses, México no consume el producto fabricado en sus propias tierras.



En 2015 se estrenaron 459 películas en suelo nacional, de las cuales solamente 18,5 % fueron mexicanas. La película mexicana más taquillera del año fue Un gallo con muchos huevos, la cual sumó un ingreso de 167,80 millones de pesos. Si comparamos esta cantidad contra los 11 millones de dólares (más de 223 millones de pesos) que Star Wars: The Force Awakens, la película más taquillera del 2015, recaudó durante su primer fin de semana únicamente en salas mexicanas, se vuelve más fácil notar la fascinación que nuestro vecino del norte crea en nosotros y la renuencia con la que nos aproximamos a nuestros propios productos.

Pero ¿son las audiencias las únicas culpables en este escenario? Veamos las cosas desde un ángulo diferente. The Force Awakens continúa el relato que George Lucas comenzó en 1977 con Star Wars: A New Hope, una narrativa basada en mitología, folclor japonés, la Segunda Guerra Mundial y la teoría del viaje del héroe de Joseph Campbell, que a lo largo de su historia se ha caracterizado por una producción de calidad y su deseo constante por innovar. Un gallo con muchos huevos, por el otro lado, es la historia de un joven gallo de granja con el sueño de convertirse en un gallo de pelea en el palenque del pueblo.

Como un miembro al azar de la audiencia, ¿por cuál de las dos propuestas se inclinaría al momento de comprar su boleto? La finalidad de ir al cine es distraernos de nuestras vidas cotidianas, olvidarnos de nuestros conflictos y perdernos por dos horas en un mundo donde los problemas los tiene alguien más. No importa si el promedio de asistencia a salas proyectando cine mexicano está bajando a ritmos acelerados o si nuestros mejores creativos están emigrando al norte, solamente queremos distraernos y vamos a escoger aquella que consideremos la mejor película para hacerlo, la cual tristemente pocas veces es un producto nacional.


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Cuarón, Iñárritu y Del Toro, los tres directores mexicanos ganadores del Oscar / Foto: El País


Durante los años 90 y a principios de los 2000, México vio probablemente el último atisbo de luz en su panorama cinematográfico. Autores con voces distintivas como Alejandro G. Iñárritu (Amores perros), Alfonso Cuarón (Y tu mamá también) o Guillermo del Toro (Cronos) se levantaron y mostraron que no se necesitan grandes presupuestos para poder contar una buena historia que realmente tenga algo que decir y que sea capaz de recuperar su presupuesto en taquillas. Sin embargo, después de que la maquinaria de los grandes estudios estadounidenses atrajera a estos directores, la narrativa mexicana fue perdiendo paulatinamente su voz. 

En un intento desesperado por mantenerse relevante y sustentable, nuestra industria nuevamente alzó sus ojos a la sombra del Tío Sam. Al no poder financiar grandes blockbusters de la talla de The Avengers o Jurassic World, el cine mexicano se tuvo que conformar con basar la estructura ósea de su nuevo modelo de cine en otro género que había probado ser rentable en Estados Unidos en el pasado: la comedia. Y aunque la invención de la comedia no pertenece a los estadounidenses, los elementos que algunas de las películas mexicanas más exitosas de los últimos años como No se aceptan devoluciones (2013) o No manches, Frida (2017), descaradamente han robado de Big Daddy (1999) y Blue Streak (1999), entre otras comedias americanas, son de una marca exclusivamente reminiscente del cine cómico americano de los 90. Como audiencia, estamos perdiendo hasta nuestra capacidad de reír de una manera que no sea exportada por el norte.

No estoy diciendo que México sea incapaz de producir cualquier material audiovisual de calidad. La jaula de oro (2013), Los insólitos peces gato (2014) o Tempestad (2016) son la prueba fehaciente de que en México todavía existe el talento y una voz distintiva; el problema es la falta de distribución que éstas reciben.



Según datos proporcionados por el Instituto Mexicano de Cinematografía, en 2015 se produjeron 140 películas en México, la cantidad más alta de producción fílmica en nuestro país. No obstante, pocas de estas cintas alcanzaron a ganar audiencia más allá de festivales en territorio nacional y mucho menos una proyección en salas comerciales. Irónicamente, nunca se había producido tanto cine mexicano y nunca se había visto menos.

Es imposible encontrar un solo culpable de por qué el cine mexicano está perdiendo su voz por qué el poco que aún muestra atisbos de calidad lucha por encontrar un lugar en el subconsciente colectivo. La verdad es que toda la problemática es un gran círculo vicioso: las audiencias se inclinan hacia una propuesta cinematográfica más americanizada, los estudios mexicanos ven esto y producen cintas que emulen esta marca de cinema sin importarles la poca calidad que puedan tener; las distribuidoras lo notan también y en vez de distribuir el poco cine mexicano de calidad que hay, enfocan sus esfuerzos a distribuir el cine estadounidense o el cine mexicano intentando ser cine estadounidense, el cual va a fomentar esa inclinación de las audiencias hacia el cine americano que dio inicio a todo. Y el círculo continúa.

Al hilo de lo previamente expuesto, surge la incógnita: ¿es malo apreciar el cine comercial extranjero? Claro que no. El problema es cuando sus ideales y formas de pensar se imponen subconscientemente en nosotros al punto que no podemos deshacernos de esa manera tan americanizada de pensar que tenemos en México como audiencias, creadores y distribuidores.


El cine como una experiencia social

Por años el debate sobre el impacto que Internet tendrá eventualmente sobre la industria cinematográfica, sobre todo con el surgimiento de Netflix, Hulu y otros servicios de streaming, ha sido un constante tema de conversación entre los aficionados del séptimo arte. Muchos lo consideran el último clavo en el ataúd de la moribunda experiencia de comprar un boleto e ir al cine a ver una película. En mi opinión, no debería ser un tema que nos preocupe, ya que por años el cine ha consistido en más que simplemente sentarse a ver una película.


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Al igual que la gente va a comer a un restaurante a pesar de tener la opción más barata de una comida en casa o paga un boleto para el partido de su equipo de futbol a pesar de fácilmente poder sintonizarlo por la televisión, el cine nació como un lugar donde las masas podían ir a ver un largometraje. Pero terminó convirtiéndose en mucho más que eso; se convirtió en una experiencia social.

La mayoría de las personas no van solas al cine (a menos que se se trate de un lisiado social como este servidor). Muchos van acompañados de sus amigos, su pareja sentimental o su familia. La película normalmente es seguida de comida, bebidas durante las cuales se van a discutir las mejores partes de la cinta, las escenas más épicas, los momentos que quedarán grabados en nuestra memoria en los años por venir. Muchas veces, uno recuerda cierta cinta con cariño y agrado por la experiencia que se vivió más que por la calidad inherente a ésta.

Uno podría argumentar que hay temas más importantes que deberían ocupar nuestra atención que la diversidad de contenido en las carteleras y cómo estas ayudan a formar nuestra identidad. Y aunque esto es cierto, no deja de ser un tema relevante en nuestra sociedad. Las películas son la mitología contemporánea, relatos que ayudan a formar nuestra forma de pensar y ver las cosas. Nos ayudan a mantener la experiencia social viva en un mundo cada vez más disociado de la realidad. Mientras los seres humanos continuemos siendo criaturas sociales, en la búsqueda constante de un sentido de pertenencia, las películas van a formar un punto clave para entendernos este mundo en que vivimos.

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Existen personajes que han marcado al cine nacional: los vampiros, zombies, brujas y otras criaturas que no conocías del cine mexicano. También descubre cuáles fueron las 10 películas de culto que definieron nuestro cine, pues éstas han inspirado a los nuevos cineastas.

REFERENCIAS:
Marcos Domínguez

Marcos Domínguez


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