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"Fahrenheit 451", la película que se imagina qué pasaría si los libros fueran ilegales

15 de mayo de 2018

Aglaia Berlutti

Basada en la novela distópica de Ray Bradbury escrita en 1953, la película conserva el aire doloroso y violento de la búsqueda de lo creíble a través de la literatura y el arte, prohibidos como medios de libertad.



En ocasiones, la Ciencia Ficción suele mirar el futuro con cierta desconfianza, como si las promesas de la tecnología y la filosofía en inevitable evolución no fueran del todo ciertas. O peor aún, como si se trataran de pequeños fragmentos de una idea mucho más amplia y enrevesada que carece de sentido real. Es probable que por eso la nueva versión del clásico Fahrenheit 451 de HBO, dirigida y escrita por Ramin Bahrani, comienza dejando claro que la historia es un acuerdo engañoso, una percepción dual y poco concreta entre el ciudadano que asume lo que la sociedad narra y los secretos que guarda. Es un pensamiento sin duda inquietante, y el guión lo analiza con rapidez desde una primera vista de un mundo sometido a una mentira resplandeciente y rígida. Poco a poco, el argumento introduce al espectador en la engañosa ciénaga de una versión oficial violenta y restrictiva; un tipo de prejuicio convertido en ley y comprensión de la realidad.


Ramin Bahrani crea nexos inmediatos con un mundo donde lo ficticio tiene mucho más valor que la verdad —y es mucho más importante y definitivamente influyente. Y lo hace a través de esa ligera noción sobre la pérdida de la objetividad y la percepción de lo verosímil que la película sostiene como principal línea de su argumento. Para bien o para mal, la distopía que se anuncia desde las primeras escenas tiene algo de predicción, de anuncio. Y es lo que el guión muestra como un reflejo pertinente de la trama como conjunto: ¿qué es cierto y qué no lo es?, ¿cuánto estamos dispuestos a sacrificar para comprender el tiempo que se construye como una versión del bien y el mal ético? El Farenheit 451 para una generación cínica analiza sin cortapisas los alcances de la post-verdad —esa noción sobre la comunicación convertida en un arma de manipulación— y lo hace con una sutileza asombrosa.





Basada en la novela distópica de Ray Bradbury escrita en 1953, la película conserva el aire doloroso y violento de la búsqueda de lo creíble a través de la literatura y el arte, prohibidos como medios de libertad en medio de un futuro aplastado por una noción aciaga del control y el peso del poder como una idea mucho más compleja que las relaciones de dominio. “Es mucho más fácil ser feliz que ser libre”, anuncia la nueva adaptación; y lo hace desde un pesimismo que pende sobre la obra de una sociedad que entregó sin demasiada resistencia su percepción de sí misma a cabo de una felicidad artificial. Con la misma potencia de la novela y quizás un interés más que inquietante sobre los principios y límites de la libertad personal, la película se hace preguntas sobre el hedonismo, el fervor por la personalidad y el egoísmo moderno; ideas que parecen entrecruzarse para sostener una sociedad en que el placer sustituye al cuestionamiento. ¿Es suficiente el hedonismo como una forma de expresión de fe en medio de una sociedad hipertecnificada que se asegura de aplastar cualquier rastro de identidad? El filme pondera de manera inteligente, cruel y sofisticada sobre la pérdida de la individualidad en favor de un tipo de satisfacción hueca cercana a un narcisismo utópico. ¿Quiénes somos cuando la percepción está supeditada al poder como centro de toda versión de la verdad, la credibilidad y lo verosímil? ¿A qué aspiramos cuando todo cuestionamiento y resistencia debe enfrentarse a un placer incompleto y artificial? De la misma manera que el libro, la película se enfrenta a la percepción de la libertad personal a través de la literatura y las artes, desde el centro mismo de la idea de que la libertad reside en lo creativo. Con una puesta de escena impecable y una concepción asombrosamente efectiva sobre lo creacionista y lo expresivo como una forma de independencia inalcanzable, la noción sobre la verdad y lo que se oculta se transforma en una lucha de enormes consecuencias morales en medio de una sociedad rota por su propia superficialidad.


Claro está, la sombra de François Truffaut sigue siendo muy evidente, y los elementos más reconocibles de su adaptación del año 66 forman parte de un imaginario central que también sostiene la versión de Ramin Bahrani. Esa sociedad secreta de hombres-libro que crean una memoria clandestina bajo la historia oficial impuesta desde la ignorancia, aún es uno de los elementos más extraordinarios y esenciales dentro de la narración de una historia basada en la libertad a través de la independencia intelectual que se asume como inalcanzable y casi utópica. Con su juego de espejos en medio de una distopía analfabeta basada en el placer en que los libros son ilegales, Bradbury envió una crítica directa a cierta versión de la cultura del consumo y de la identidad basada en la autocomplacencia. La película crea inevitables paralelismos con la sociedad contemporánea y elabora una intrigante hipótesis sobre la posibilidad de lo intelectual como parte de una idea más profunda y extraordinaria.





Tanto en el libro como en sus sucesivas adaptaciones, resulta inquietante que los bomberos —institución que en la mayoría de los países del mundo es considerada símbolo de respetabilidad e integridad moral— sean los encargados de aplicar la durísima ley que condena a la literatura como delito moral inclasificable. Convertidos en soldados de asalto, son los bomberos quienes destruyen y atacan a cualquiera que posea un libro o cualquier muestra de arte; y lo hacen con la serena eficiencia de un deber asumido sin cuestionamiento alguno. Por supuesto, las escenas de quema y destrucción son apenas metáforas de lo que esconden realmente el comportamiento subordinado de población. Durante años, toda la ciudadanía consumió drogas prescritas y todo tipo de tecnología que sustituyen el pensamiento crítico por algo más simple y manejable. De hecho, la puesta en escena que Ramin Bahrani imaginó para el argumento es fastuosa y rutilante; un gran escenario vacío que parece contener a duras penas una indiferencia sin sentido. Tanto en el libro como en las películas, la noción sobre el heroísmo se manifiesta en el desacato de la norma, esa percepción de la sociedad sofocada por propaganda estatal y la destrucción de la identidad como un todo colectivo destinado a la derrota.


Ramin Bahrani, un cineasta que parece obsesionado con ciertas ideas sobre la dominación y el tiempo creativo —sus créditos incluyen Man Push Cart (2005), Chop Shop (2007) y At Any Price (2103) — , crea un Estado paranoide, autoritario, con tendencias anti-intelectuales obsesionado con el control; además de una expresión de individualidad rota, construida con depresión y violencia. A diferencia de la adaptación de Truffaut, la televisión se convierte en una presencia escalofriante e invasora, un gran ojo observador que se extiende en todas las regiones privadas para arrebatar la intimidad y convertirla en bien común. Bahrani crea una película tenebrosa, sombría, llena de símbolos por momentos complicados de codificar, más relacionada con la Ciencia Ficción elegante, sofisticada y distante de Gattaca (Andrew Niccol, 1997) y Ex Machina (Alex Garland, 2015). Como otros tantos productos de la Ciencia Ficción de la era Trump, la versión de HBO también anuda los elementos de un futuro basado en la popularidad y la cultura pop para analizar las ramificaciones del poder como un mal mayor basado en la confusión del tiempo como estructura del colectivo, y la perspectiva de la administración de la ley como prebenda de oscuros intereses. Entre una cosa y otra, Fahrenheit 451 es también una proclama evidente sobre los derechos difusos, la versión de la ruptura de la sociedad bajo el peso de un punto de vista inquietante y una batalla por las ideas que subsisten a pesar del totalitarismo de la tontería, bajo el cual se esconde algo más siniestro.





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La imaginación de los grandes cineastas nos puede llevar a conocer futuros aterradores, pero si eres de los valientes que no se preocupan por el mañana, aquí te compartimos las 7 mejores películas de Ciencia Ficción que puedes ver en Netflix.



TAGS: Ciencia ficcion crítica cinematográfica literatura
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Aglaia Berlutti


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