"Isla de perros", la película que debes ver si te gustó "El Gran Hotel Budapest"

Martes, 10 de abril de 2018 10:50

|Aglaia Berlutti

A pesar de ser una película animada cuyos protagonistas son perros, no se trata de una película simplemente dulce o conmovedora.



Como reflejo de la vida real —o al menos, una refracción discursiva sobre la identidad colectiva— el cine suele convertirse en caja de resonancia de las obsesiones y pequeñas aspiraciones de los directores; que son artífices de pequeñas estructuras simbólicas de enorme valor conceptual. Tal vez por ese motivo, Wes Anderson tiene una concepción de lo cinematográfico basada en pequeñas visiones del mundo convertidas en metáforas de algo más profundo, duradero y especialmente simbólico. Para Anderson, el cine representa una gran extensión fértil en la que crea una dimensión de lo estético como lenguaje; y a la vez, analiza una idea más intrincada sobre la comprensión de la identidad, el individuo y lo que nos une a la cultura. El resultado son diminutas cajas de juguetes visuales, repletas de meta-referencias, y una búsqueda consciente de un significado complejo sobre el cine como reflejo del yo colectivo. En The Grand Budapest Hotel (2014) convirtió a su elenco humano en marionetas que iban de un lado para otro en un mundo en miniatura rebosante de belleza y color. Con una atención para el detalle casi obsesiva, Anderson logró elaborar una reflexión cómica, paródica y sentida sobre los grandes dolores humanos; pero también de la perseverancia de la belleza que sobrevive al dolor. Todo envuelto en una preciosa colección de gags humorísticos, estupendas actuaciones y una visión idílica de una de las ciudades más elegantes de Europa. Es evidente que para el director, la tensión entre lo hermoso, lo poderoso y lo espléndido se analiza desde cierta sutileza argumental que se agradece y siempre conmueve.



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En Isle of Dogs (2018), Anderson repite la proeza y lo hace desde un estrafalario punto de vista que convierte los dimes y diretes de los empleados del Hotel Budapest en una búsqueda de sentido existencialista más parecida a una travesía del héroe que a una búsqueda persistente de alegoría y renacimiento espiritual. Mucho más soficada y ambiciosa que su anterior experimento en stop motion —la adaptación del cuento de Roald Dahl “Fantastic Mr Fox”, estrenada en el 2009—, Isle of Dogs es una distopía que no pretende serlo; pero que a la vez, se esfuerza por mostrar el futuro cercano desde la comprensión del bien moral y la justicia. Basada quizá de forma tangencial en el clásico español Fuenteovejuna —sobre todo desde la necesidad de reconvertir el orden social debido a situaciones de casi imprevisible dureza—, la historia transita los delicados bemoles de lo justo, la autopreservación y una extrañísima percepción del dolor y la expiación espiritual. Con un guión medido e inteligente firmado por el propio Anderson y Kunichi Nomura, la película analiza las relaciones de poder desde el ángulo de un humor negro y por momentos retorcido que refleja la inquietud sobre el futuro. Desde la percepción de la ciudad ficticia de Megasaki, hasta la meditada visión de la enfermedad y la exclusión a través de un mal misterioso llamado “fiebre del hocico”, la película pondera con acritud una versión de la realidad en la que el dolor y el desarraigo son parte del argumento, pero sin caer en tremendismos o dolores dramáticos. En Isle of Dogs, la búsqueda de la identidad se asume desde la periferia, y hay una comprensión casi idílica del aislamiento como última puerta hacia la solidaridad y la búsqueda de la individualidad; un prodigio argumental que Anderson logra con mano firme.



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En medio de un clima policíaco y definitivamente dictatorial, aislados en una cuarentena, un grupo de exiliados por la temida “fiebre del Hocico” debe luchar contra la extraña situación que les confina a una isla abandonada en los confines del mundo. Sí, todos se tratan de perros capaces de hablar y con razonamiento superior. Son arrojados en esta especie de cárcel sin barrotes en medio de una situación draconiana que Anderson describe casi trágicamente. En medio de la circunstancia, la vida parece desesperada, dura y apenas soportable para los exiliados en la isla mitad páramo industrial desolado y parque de atracciones abandonado, con partes mecanizadas que funcionan en contadas ocasiones pero que brindan a la isla una rara sensación de futuro tecnológico arrasado. En medio de todo, los grupo de expatriados luchan no sólo por la supervivencia sino por la identidad. Una batalla silenciosa que el guión aborda desde la delicadeza y que Anderson logra captar con enorme inteligencia visual.



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Con su aire melancólico, decadente y conceptualmente brillante, Isle of Dogs está impregnada además de la cultura pop japonesa, lo que la convierte en una especie de alegoría sobre la cultura asiática. Pero más allá de los guiños, hay una real inmersión en las tradiciones, comportamientos y visiones del país. Analiza lo japonés desde el conocimiento y no la estereotipación. Además, Anderson disfruta de convertir a la película en un monumental homenaje a obras del cine clásico asiático. Desde Katsushika Hokusai hasta las épicas de Akira Kurosawa, es evidente que Anderson avanza a través del guión y el paisaje tecnificado y futurista de su película desde un logro creativo artesanal de enorme contundencia. Es evidente que para el director, la cultura japonesa está intrínsecamente relacionada con cierto ritmo de exquisita sutileza. Incluso en lo lingüístico —la película está hablada enteramente en inglés, pero hay largos diálogos en japonés que deja sin traducir como para crear la noción sobre un mundo aparte dentro de lo general— crea una sensación sutil sobre la permanencia de cierta memoria escénica.



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Algo que sorprende de la película es que a pesar de apelar a la ternura en más de una oportunidad, no se trata de una película dulce, conmovedora o mucho menos una reinvención al culto japonés al kawaii; lo cual se agradece en medio de una sensación perenne de peligro, riesgo y cierta violencia. El diseño está concebido para dotar al mundo de los perros de una dolorosa firmeza, a la vez que añade una noción de la pérdida que se traduce en pelajes disparejos y sucios, orejas rotas y heridas visibles. Los perros de Anderson no están concebidos para conmover, aunque lo hacen; atraviesan la durísima historia que protagonizan desde una belleza áspera que llega a resultar casi sorprendente. La puesta en escena está llena de bordes ásperos, de escenarios duros y destartalados y, sobre todo, reconvertidos en algo más ambivalente. Filmada en los 3 Mills Studios de Londres y la Babelsberg de Berlín, la película no se limita al momento de mostrar la violencia y se reconstruye como un gran aliteración de gags visuales que relacionan el mundo canino con la emoción de una manera inteligente, bien construida y analizada desde lo formidable y lo profundamente sentido. Uno de los elementos más asombrosos de la película es la forma en la que los perros emergen como individuos perfectamente reconocibles —algo que el casting de voces hace incluso más profundo. De nuevo, Anderson juega con la concepción de lo estético como una referencia cruzada que utiliza con cierto aire displicente y casi bondadoso.





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Aglaia Berlutti

Aglaia Berlutti


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