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La actriz que fue amante del creador de la Iglesia de Satán

Cine La actriz que fue amante del creador de la Iglesia de Satán

Anton LaVey, apodado el Papa Negro, sedujo a la actriz que perseguía el sueño de volverse el nuevo ícono del cine, provocándole una posible maldición que la siguió el resto de su vida.



¿Le entregarías tu vida a la Iglesia de Satán?


En el interior de Black House, ubicada en el 6114 de California Street, San Francisco, el Papa Negro Anton LaVey pronunciaba un discurso a su audiencia ataviado con una túnica negra y una capucha con cuernos. Alrededor suyo los muros negros eran iluminados por decenas de velas, unas siniestras notas emergían de un órgano antiguo y un pentagrama blanco adornaba la chimenea desde la cual crepitaba un fuego.


Decenas de personas atendían las palabras de LaVey, un tipo de tez pálida y totalmente calvo, líder de aquel culto que se reunía varias veces a la semana en torno a su figura.


Políticos, artistas, músicos, además de varios actores y actrices de cine consolidados eran los miembros de la recién bautizada Iglesia de Satán, que tenía su sede en Black House, residencia personal del Papa Negro.


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Anton LaVey en una de las ceremonias en Black House


Una de estas actrices cuyo nombre ya estaba posicionado entre las estrellas de Hollywood era Jayne Mansfield, una rubia de cuerpo escultural, sonrisa seductora, ojos brillantes, largas pestañas y una presencia que no dejaba indiferente a nadie.


Sentada en una silla de terciopelo y vestida también de negro, veía desde la distancia al líder del culto, quien también era su amante desde hacía varios meses y con quien solía pasar varias noches en Black House. Además de su belleza electrizante que la llevó a ser comparada con Marilyn Monroe, Mansfield se caracterizaba por poseer un coeficiente intelectual de 163, hablar cinco idiomas, escribir poemas, tocar el violín y recitar de memoria a Shakespeare, su escritor favorito.


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Jayne Mansfield


Pese a todas esas cualidades, Jayne supo desde muy joven que tenía todos los atributos artísticos y físicos para abrirse paso en la industria del cine: había ganado varios concursos de belleza y aparecido en revistas como modelo. Después de algunos papeles secundarios y minúsculos en cintas de escaso presupuesto, se fue abriendo paso de a poco, con base en constancia y paciencia, hasta obtener papeles estelares como en Una rubia en la cumbre, Bésalas por mí o Una mujer de cuidado, en las que la actriz nacida en Bryn Mawr, Pensilvania el 19 de abril de 1933, hacía gala de un humor algo artificioso combinado con una presencia que llenaba la pantalla por completo.


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Jayne Mansfield y Mickey Hargitay


En uno de los diversos programas de televisión en los que participaba como invitada especial conoció a Mickey Hargitay, Mr. Universo 1955, de quien se enamoró perdidamente y con quien se casó contra los consejos de sus amigos y la opinión pública.

Con él concibió tres hijos: Miklos, Zoltan y Mariska, quienes nacieron fruto de un matrimonio amoroso en sus horas altas, pero lleno de escándalos y celos cuando ambos formaban parte de las interminables fiestas, cocteles y presentaciones a los que asistían juntos o separados. Mickey Hargitay era un tipo en extremo celoso quien le reclamaba a su esposa los constantes coqueteos de otros hombres que caían rendidos ante su presencia.


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Jayne Mansfield con Miklos, Zoltan y Mariska


El matrimonio no duró demasiado, se separó y Mansfield se casó a los pocos meses con el productor y director Matt Cimber con quien tuvo a Tony, su último hijo. Entre estos momentos difíciles, la actriz tuvo éxitos en su carrera, como el Globo de Oro de 1957 por la película Will Success Spoil Rock Hunter? Esto seguramente la llenó de satisfacción y orgullo, pues pese a su fama y constante participación en películas, la rubia no se caracterizaba por ser una actriz brillante.


Su encuentro con la oscuridad


La actriz nacida como Vera Jane Palmer vivió los años dorados del cine de los Estados Unidos, pero también la etapa en la que las cosas se torcían de repente a través del mundo de las drogas alucinógenas, el esoterismo y modelos alternativos de vida como el new age, la ola hippie y las religiones orientales. O cultos aun más extraños como el fundado por Anton LaVey en la noche de Walpurgis de 1966.


El hombre de enigmática personalidad tenía un aire seductor pese a no ser atractivo, y hechizó a Jayne cuando se conocieron en una fiesta.


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Anton LaVey y Jayne Mansfield


La manera tan educada de hablar de LaVey y la propuesta de convertirla en una diosa de su propio culto en el que tendría un papel fundamental, sin duda tuvieron mucho que ver para que la actriz se fijara en él. Además hay que tomar en cuenta que para estas alturas su carrera había caído en un bache del cual ya no volvería a salir. Marilyn Monroe ya estaba muerta y la imagen de la rubia sex symbol había dejado de estar de moda, por lo tanto, los papeles para Jayne comenzaban a escasear.


Por otro lado, la inteligencia de Mansfield en combinación con su seductora presencia, sonrisa irresistible y cabello rubio hicieron que el fundador de la Iglesia de Satán la quisiera tener a su lado. Ambos se volvieron compatibles sexualmente y era frecuente verlos en Black House compartiendo tragos, drogas y risas, todo en medio del ambiente luciferino y sobrenatural que la casa despedía las 24 horas del día.


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A partir de aquí una especie de oscura leyenda se cierne sobre la vida de Jayne Mansfield, llena de contradicciones y datos curiosos que han erigido su figura a la calidad de mito: divorciada de Matt Cimber, la actriz comenzó a sostener una relación amorosa con el abogado Sam Brody. Algunas fuentes aseguran que Brody amenazó a LaVey con lastimarlo si seguía seduciendo a su novia, mientras que otras afirman que el Papa Negro, enterado del romance entre la rubia y el abogado montó en cólera. Sea cual sea la verdadera versión, el caso es que se dice que LaVey lanzó una especie de maldición contra la pareja.


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Jayne Mansfield y Sam Brody


A partir de ese momento, la vida de Jayne Mansfield comenzó a tomar tintes dramáticos: durante una visita a un zoológico, Zoltan, hijo de su matrimonio con Mickey Hargitay, fue atacado por un león; en una visita a Japón, le robaron sus joyas; fue acusada de evadir impuestos en Venezuela y lo peor de todo fue el momento de su muerte: entre el trayecto de Biloxi, Mississippi, y Nueva Orleans, en medio de un espeso banco de niebla, Sam Brody y Jayne Mansfield viajaban en carretera a bordo de un auto en el que también iban los hijos que la actriz tuvo con Mickey Hargitay. Al volante iba el chofer del matrimonio. Un camión surgido de pronto, provocó que el chofer no tuviera oportunidad de maniobrar e impactara de frente, provocando su muerte y la del matrimonio. Los niños salieron ilesos apenas con algunos golpes.


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El carro en el que perdió la vida Jayne Mansfield


En el sector más sensacionalista de la prensa se manejó la versión que afirmaba que Jayne Mansfield había muerto decapitada. En realidad lo que ocurrió fue que la peluca que llevaba salió despedida con el choque y varias fotografías de la escena dieron a entender que se trataba de la cabeza de la actriz. Esta historia a menudo forma parte de libros o reportajes que hablan sobre los hechos siniestros, ocultos o malditos de Hollywood.


Esa madrugada del 29 de junio de 1967, la vida de Jayne Mansfield llegó a su final. Hollywood no perdió a una de sus mejores actrices, pero sí a una mujer que supo abrirse paso en la industria mediante todos los recursos a su alcance para labrarse un nombre. Hoy es más recordada por temas extraprofesionales y su extraño vínculo con la Iglesia de Satán, pero su legado es sin duda uno de los más interesantes de cuantos hay en el séptimo arte.