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La nueva serie de Jim Carrey que debes ver si te gustó "Eterno resplandor de una mente sin recuerdos"

Cine La nueva serie de Jim Carrey que debes ver si te gustó "Eterno resplandor de una mente sin recuerdos"

Dicen que las mejores series de comedia son las que transforman las tragedias de la condición humana en algo de lo que puedes reír, pero Kidding, la nueva serie de Jim Carrey, va más allá.



La comedia negra suele ser un espacio poco explorado —o al menos no con la suficiente profundidad— en la pantalla chica. Por supuesto, se trata de una percepción sobre el impacto de la burla y el humor directamente pesimista que crea y elabora una percepción sobre el bien y el mal construido a partir de la concepción del ser humano como falible, todo en clave de humor. No obstante, la verdadera comedia retorcida — la impactante y que resulta profundamente perturbadora — suele llevar un considerable esfuerzo para tomar forma y consistencia. Tal vez se deba al hecho de que la desesperanza llevada a clave humorística necesita una composición de factores lo suficientemente coherentes y sustanciosos como para crear un efecto concreto, o al simple hecho de que no es tan fácil hacer reír a través del dolor. Cualquiera sea el caso, se trata de una combinación que depende un delicado y equilibrio, pero además de una particular noción sobre la oscuridad mental y espiritual para lograr ser exitosa.


Kidding (Michel Gondry y Dave Holstein, 2018), la nueva serie de Jim Carrey que se trasmite por el canal ShowTime, no sólo analiza el dolor, el miedo y el existencialismo desde la óptica de la comedia, sino que intenta añadir un toque perturbador que resulta desconcertante. Como si la mezcla no fuera suficiente, el personaje principal —un animador infantil que atraviesa una dura crisis emocional— es interpretado por Jim Carrey, en un tono cruel y levemente autoparódico que sorprende por su elocuencia. No obstante, a pesar de los buenos intentos del actor por crear una tensión suficiente para sostener el trillado guión —la percepción del lado oscuro de la vida a través de los ojos de alguien que jamás tuvo que lidiar realmente con la parte más complicada de la adultez—, la serie decae por su incapacidad para abandonar el cliché y encontrar algo más sustancioso. Con su mirada perversa sobre la desdicha, Kidding insiste en el recorrido tortuoso de su personaje principal hacia una idea más elemental sobre lo espiritual, la vida y sus vicisitudes, sin lograr otra cosa que una gran burla paródica y por momentos absurda sobre lo cotidiano.



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Sin duda, la serie se esfuerza por crear una especie de comedia agridulce basada en una reflexión casi desesperada sobre la falta de sentido existencialista. Sin propósito ni tampoco una idea concreta sobre el futuro, el personaje de Jim Carrey parece navegar por aguas turbias hacia un tipo de cuestionamiento interior violento y enajenado. Pero el argumento no está a la altura del buen hacer del actor; el tono sombrío está allí y el guión hace buenos intentos por enlazar la caída en desgracia de Jim Carrey hacia algo más tenebroso y complejo que el análisis interior del personaje. Pero no solamente no lo logra, sino que convierte a las particularidades del personaje de Carrey en meras insinuaciones de algo más enrevesado, profundo y angustioso. Hay una discordancia de tono y forma que afecta el resultado de la serie como conjunto. Desde el drama agudo a los momentos graciosos, la serie navega con torpeza entre una nominal sensación de desorden que no llega a tomar verdadero sentido, aún cuando la historia parece conducir a cierto tipo de clímax episódico que sostenga la historia.


Con el mismo tono sombrío de The Big C o Nurse Jackie —también de la cadena ShowTime—, Kidding tiene una propuesta de peso, pero no logra llevarla más allá de la promesa más superficial. No obstante, Carrey supera con creces las limitaciones de la historia y construye un personaje ahogado por la vida cotidiana y la trampa doméstica de la memoria. Acompañado por Michel Gondry —con quien ya colaboró en la brillante Eternal Sunshine of the Spotless Mind en 2004—, Carrey alcanza una actuación muy cercana a una tristeza gris y desalentadora, sin perder la energía potente y extravagante del actor. Entre ambas cosas, la actuación de Carrey tiene algo de experimental, es de profundamente intuitivo al crear a un personaje a mitad de una violenta crisis emocional, pero que a la vez debe lidiar con el aparente optimismo que le rodea. El drama está allí, la comedia también, la magnífica actuación de Carrey asombra por su precisa caracterización de la tenebrosa desesperanza moderna; pero tal pareciera que todo el conjunto no funciona con la suficiente coherencia como para brindar un resultado intrigante. Al contrario, la serie cae en el terreno de las explicaciones innecesarias, de los dolores apenas sugeridos pero sin ningún tipo de relevancia y un contexto aciago que no logra profundizarse del todo.



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Por supuesto, Carrey está en su elemento como Jeff Piccirillo —conductor de un programa infantil de larga data llamado Mr. Pickles' Puppet Time—, pero hay algo tragicómico y exagerado en la forma en que plantea su día a día. Su programa cuenta historias morales con canciones pegadizas, pero a la vez es una especie de símbolo de un optimismo craso y puro que parece aplastar poco a poco a Mister Pickles, cada vez más abrumado y desconcertado por el peso de su propia existencia en mitad de las cancioncillas aleccionadoras y la alegría falsa del programa prefabricado. Claro está, Mr. Pickles' Puppet Time” es todo un imperio que se extiende a más de 30 años, y que le ha hecho mundialmente reconocido y el centro de un imperio multimillonario. A mitad de ambas cosas, el personaje y el hombre terminan por confluir y luego desaparecer en una ambivalente combinación sin demasiado sentido que crea una percepción sobre el humor y el dolor que intenta ser cínica, sin lograrlo siempre.


El entorno del personaje de Carrey es notoriamente nepotista, lo que hace la presión mucho más fuerte e insoportable. El productor ejecutivo del programa es el padre de Jeff y la diseñadora de sus marionetas es su hermana Deirdre. El trío interactúa de una manera casi obsoleta, como si los roles ejecutivos marcaran y analizaran la idea del personaje en más de un sentido y no siempre de la manera correcta. El programa comienza con esa percepción de la familia dentro de los círculos privados de Jeff, lo que hace inusualmente claustrofóbica la percepción del personaje. Además, el hijo de Jeff acaba de morir en un violento accidente automovilístico, lo que produjo un inmediato divorcio. Padre y hermana tienen todos los motivos para estar preocupados: Jeff no deja de trabajar, pero poco a poco el personaje televisivo comienza a analizarse a sí mismo a través del horror, el miedo y la incertidumbre. Marioneta en mano, dirige una malévola sonrisa al público y de pronto el humor campechano e infantil se transforma en algo más retorcido. Todo lo anterior mientras frente a las pantallas de millones espectadores y sus legiones de entusiastas fanáticos.



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Por tanto, la premisa tiene mucho de donde mostrar y analizar, pero tiene un único problema: Jeff jamás parece haber sido otra cosa que el hombre de sonrisa maníaca que sostiene las marionetas como un acto de ventrílocuo en su propia depresión. En realidad, es difícil imaginar que Jeff fue en algún punto un héroe infantil, y justo es esa blandura del guión lo que hace menos creíble el desarrollo de la historia. Tal vez se deba a la sustancia del mismo Carrey, que siempre ha sido un comediante con una oscuridad interior lo suficientemente fuerte como para convertir sus actuaciones en un elaborado equilibrio entre lo humorístico y algo más complejo. Cualquiera sea la razón, en Kidding no hay un sólo atisbo del ídolo que los niños amaron generación tras generación, ni del hombre encantador que parece haber sido antes que las tragedias le convirtieran en una bomba emocional a punto de estallar.





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Referencias: