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Cines que se convirtieron en un icono en México pero hoy sólo son ruinas

27 de marzo de 2018

Alder Hugo Corona Amador.

En un pueblo donde el televisor era una leyenda, el radio un lujo y la electricidad inexistente, llegaban unos pintorescos personajes que anunciaban el cine como el milagro de la vida moderna.


Para Silvia, mi mejor guía.

Para Consuelo, una suerte de Úrsula Iguarán en mi vida.



Mi abuela dice que la primera película que vio fue en una carpa que montaban en su pueblo. Llegaban en camiones, realizaban recorridos equipados con altavoces para anunciar la función; las personas les nombraban “los Húngaros”. En sus visitas se instalaban sobre un llano sin desniveles, desde el exterior era parecido a un circo. De día iban de casa en casa para leer las manos o echar la baraja, y de manera constante estafaban a los vecinos. Tras el ocaso el pueblo podía acercarse al entoldado, bastaba con pagar tres pesos por una entrada y llevar una silla, el equipo se limitaba a la tienda gigante que les protegía de la intemperie, un proyector —que era un artilugio de tierras desconocidas— y la pantalla, en cuya superficie concentraban los espectadores sus miradas. Competían con otra caravana, propiedad de un hombre de recursos, y cuando coincidían empezaba el certamen de ofertas. Mi abuela no recuerda el nombre de una película en concreto, pero sí a Tintan y a Cantinflas en escenas agrisadas, imprecisas y guardadas en su más infantiles memorias. En un pueblo donde el televisor era una leyenda, el radio un lujo y la electricidad inexistente, llegaban unos pintorescos personajes que anunciaban el cine como el milagro de la vida moderna.



Desde aquellos albores ha cambiado la forma en la que experimentamos el cine, pues hoy ya no existen caravanas en medio de planos extensos, tampoco las salas de aforos masivos, lujosas y seductoras. De ese México guardamos las fotos, los recortes de periódico y los recuerdos deformes del pasado utópico, al resto se lo llevó la marea de años. Como nos dijo el poeta José Emilio Pacheco: “Qué antigua, qué remota, qué imposible esta historia (…) Se acabó esa ciudad. Terminó aquel país. No hay memoria del México de aquellos años. Y a nadie le importa: de ese horror quién puede tener nostalgia”; sin embargo, aquí estamos, cautivos de glorias envejecidas. Evocamos las épocas en que se formaban tumultos a los pies de la fachada del cine Olimpia, a la espera de comprar entradas bajo una cubierta que hacía las veces de marquesina y balcón, a la luz de un anunció que descubría el recinto como una clase innovadora de glamour. Cuando la ciudad de los palacios era también la de las salas de cine.



Los primeros cines


La edad de la luz vino en formatos de 35 mm, al margen de los años en los que el mundo entero aspiraba al encanto neoyorquino, cuando se bailaba swing, los dirigibles hacían su debut en el espacio aéreo, cuando en México la entrada al salón Los Ángeles costaba un tostón, Lázaro Cárdenas tomaba la presidencia y las canciones de Agustín Lara adornaban el oído de las damas. Antes de la asistencia multitudinaria a las funciones, el cine arribó por el antojo de un militar colmado de ambiciones europeas. En el verano de 1896, el castillo de Chapultepec reunió a la familia Díaz, al dictador y a su gabinete para recibir un invento conocido como cinematógrafo. Las salas del palacio sirvieron para proyectar las tomas que habían filmado los hermanos Lumiere en Francia. Los atónitos ojos de Díaz vislumbraron un atisbo de las maravillas que empezaban a cautivar al mundo del otro lado del océano. Una hazaña semejante debía hallar recinto en México y para acogerla no había mejor que el hogar de los distinguidos talleres orfebres de la capital. En la antigua calle Plateros se instaló el proyector dentro de una droguería ubicada en el número cuatro. Un letrero pequeño comunicaba el precio del espectáculo: 50 centavos y un peso para la aristocracia. Hoy no hay una placa que señale el hecho. Pero no acabo allí, a finales del mismo año de la muestra en Chapultepec, empezó la demanda de un espacio permanente para el disfrute del nuevo tipo de arte.



En el número 33 de lo que ya conocemos hoy como Madero se inauguró el Salón Rojo, la primera sala de cine formalmente establecida en México. Gracias a un anticuario de nombre Jacobo Granat, el teatro se volvió centro de la fiebre cinematográfica a principios del siglo. Alfonso Icaza la recuerda: “Constaba de tres salones de proyección y varios más con espejos que deformaban la figura y otras pequeñas diversiones, así como uno destinado a mesas, donde se servían platillos y refrescos. Para subir al segundo piso había una escalera eléctrica, que se veía muy favorecida por la gente menuda”. En la segunda década del siglo XXI hay un banco ocupando el antiguo Palacio Barroco del Minero que dio cabida a la sala, ahí tampoco hay recuerdo de aquello, ni una lámina con una mención o un texto revelador, tan sólo las crónicas de historiadores devotos. A Granat, el ingreso del cine le valió para erigir un emporio de 40 salas, entre las que se destacaban los cines Lux, Palacio y Olimpia. Su fortuna lo acompañó hasta que emprendió el regreso a su patria: Alemania, al momento en que el tercer Reich estiraba sus brazos por Europa. No se volvió a ver a Granat y a su esposa en México, presuntamente fallecidos en 1943, en las cámaras siniestras de Auschwitz, para su recuerdo dejó los complejos que había vestido de gala, un impresionante acervo arquitectónico.



El gigante del centro


Sobre la calle 16 de septiembre se alzaba el Olimpia, obra de Carlos Crombè; un tenor italiano colocó la primera piedra de una edificación que tras la taquilla contaba con dos salones de baile, un fumador, un par de vestíbulos y una sala de proyección con espacio para 4 mil personas. El Olimpia levantó los telones para sumergir la vida de sus espectadores en las imágenes de un filme. Cuando las películas eran mudas, el Olimpia acompañaba las proyecciones con música, un órgano Wurlitzer se unía al ritmo de las escenas, en manos de Carlos Chávez, Agustín Lara o Manuel Esperón. Al estrenarse el primer largometraje sonoro El cantante de jazz, el Olimpia dispuso su pantalla para el estreno, igual que lo había hecho antes con El sheik, protagonizado por Rodolfo Valentino, y El peregrino con Charles Chaplin. En sus muros se estableció la XEW —"la Voz de la América Latina desde México"— para iniciar transmisiones. Su extinción le abrió pasó a 300 locales comerciales, modulares, repetitivos, de seis, ocho y diez metros para conformar un pabellón. Los hermosos corredores demolidos a favor de una arquitectura mucho más simple, diseñada para albergar boutiques, mostradores de aparatos que en la época del Olimpia hubieran sido inimaginables y zonas de venta de alimentos parecidos al nuevo proyecto: simples, grasosos y tóxicos. La finura de su concepción le hizo sobrevivir desde 1921 hasta 2002, le faltaron 19 años para cumplir el siglo, a nosotros también nos hicieron falta para terminar de quererlo. Sobrevivió a las irrupciones vandálicas, a sus miopes administraciones, a las remodelaciones negligentes; al final, la sala de cine fue derrotada por la administración pública y la fachada reluciente del Olimpia cayó ante nuestra atención distraída.



Un sueño neoyorquino


En el cruce de las avenidas Jalisco, Revolución y Progreso, se forma una cuchilla conocida como “El triángulo de Tacubaya”. Sobre el terreno de peculiar distribución se eleva el edificio Ermita, cuyo origen data de 1929, cuando fue encargado al arquitecto Juan Segura bajo una sola condición: debía ser “una construcción que mirara hacia el futuro de la ciudad”. Segura entendió el desarrollo capitalino de los siguientes años y depositó su interés en la evolución de los inmuebles habitacionales, siguió la tendencia de los venideros años 30, el arquitecto diseñó un espacio multifuncional, quizás el primero en la Ciudad de México. Con una marcada estética art deco fue erigido el primer rascacielos de la zona, un hito urbano que consigo traería una transformación de la imagen urbana de la capital. La pesada mole de concreto y acero albergó un conjunto de 78 departamentos en tres diferentes tipos, comercios en planta baja y un cine con capacidad para 700 personas.



Segura apremió la gentileza de la fachada con un diseño que reunía a la distinción y al progreso. Tres grandes accesos que remataban en arcos daban la bienvenida a los residentes o a los cinéfilos, con un interior proyectado alrededor de un patio en las alturas. La sala del Ermita fue bautizada como Cine Hipódromo, su aparición nos develó un lenguaje arquitectónico desconocido, que a lo mucho pudiera recordarnos las imágenes de una postal extranjera. Segura tradujo los intereses estéticos del mundo a un ambiente, en el que su obra fue acogida con el paso de los años. Sin quererlo hizo de su edificio “El Times Square Defeño”. La angosta fachada de cara a la esquina estaba adornada con alargadas estrías estilo dórico, sobre ella alojó un colosal anuncio refresquero de seis pisos. En un fenómeno extraño en la Ciudad de México, aún hoy, el Ermita supo vanagloriarse de su mítico cartel, y convirtió la publicidad en una manifestación artística en sí y a la arquitectura en un punto de reunión entre diversas inquietudes culturales. Hoy, el cartel se ha desvanecido junto a la gloria de la antigua sala de cine, que se ganó la vida como teatro hasta los primeros meses de 2016. Del proyecto de Segura quedan los departamentos aún habitables y las imágenes de un castillo abyecto; donde antes vigilaba un panorama luminoso existe hoy una farmacia.



La herencia de Serrano


Después del ocaso parte de la colonia San Rafael quedaba sumida en las luces de las marquesinas verticales del Cine Encanto, a la espera de recibir los tumultos de estudiantes que se formaban sobre la calle Serapio Rendón. El edificio diseñado por Francisco Serrano constituyó la perfecta visión nocturna de la ciudad hasta 1957, cuando sufrió daños considerables debido a un movimiento sísmico. El historiador Jorge Ayala Blanco recuerda sus huidas a la sala del Encanto: “Era tan alto que había luneta y más arriba estaba el anfiteatro, después la galería y luego otra cosa que se llamaba segundos (…) veías el cine inclinado”. El 8 de junio de 1942 fue inaugurado otro foro, cuya autoría le debemos a Serrano: el Cine Teresa.


Fundado en 1929 y reconstruido con la ampliación de la avenida San Juan de Letrán, hoy Eje Central, entre 1934 y 1936 el Cine Teresa abrió sus puertas hasta 1942. Una nota del periódico El Universal acompañaba su presentación con un mensaje para los lectores: “Teresa, un cine dedicado a las damas metropolitanas”, junto al aviso, una fotografía mostraba al cine de fondo, sobrado de belleza, con autos anversos a sus puertas, mientras los peatones cruzaban ante la vista de un letrero que invitaba al interior. La antesala estaba exquisitamente decorada con piezas de bronce y madera. Había una escalera con barandilla de cristal y esculturas en el remate de las balaustradas —réplicas de obras renacentistas de Miguel Ángel—, la demasía decoraba el vestíbulo en cuyo centro se mantenía una copia de la Venus de Canova: figura ceñida de una cortesana, tallada en mármol blanco, vestida de ligeros ropajes al nivel de su cadera, con la cabeza apoyada sobre la mano derecha y reposando el cuerpo en unos almohadones, a la forma de un diván. En una de sus paredes se extiende el mural Bellezas metropolitanas, que consagraba a las 40 actrices que dieron rostro a la cinematografía mexicana en su época de oro.



En la pantalla del foro se esbozaban las sombras de un grupo de estatuas que representaban a las gracias y musas griegas. Los espectadores gozaban de la gala en asientos acojinados, a exactos 21°C de temperatura constante, gracias al sistema del foro. Así era cuando la asistencia se presentaba en indumentarias que reflejaban la naturaleza del espectáculo, cuando las premieres suponían una diligencia de hombres en fracs y damas en vestidos largos. El Teresa padeció el devenir de los espectáculos, vivió famélico las últimas décadas del siglo XX, respiró el aire podrido de la capital que había cambiado mientras el inmueble esperaba los grandes públicos que antes había adoptado en su magnificencia. El mundo reciente le obligó a cambiar y para alcanzar a admirar el nuevo milenio proyectó cintas de corte erótico, fue así que nació el cine pornográfico más bello del mundo, sumido en la penumbra, sometido a la estigmatización cultural, mendigando la atención de una ciudad que se había olvidado de él. Siendo considerado patrimonio cultural arquitectónico, El Teresa esperó su reivindicación. En 2010 la edificación cambió de propietario y con ello se convirtió en plaza comercial, el Instituto Nacional de Antropología e Historia vigiló las obras, su único recato fue en conservar el mural y la fachada. Con casi 80 años de Historia, el lugar del antiguo Cine Teresa vive a merced del mundo actual y sus inclinaciones menos espectaculares.


Es cierto que un edificio debe ganarse la vida, con frecuencia obligamos a la fortuna arquitectónica a ajustarse a las necesidades más recientes y no siempre a las apremiantes. Debe la arquitectura perdurar a la medida de sus funciones, de las que se pueden valer sus usuarios para satisfacerse, pero es responsabilidad nuestra adecuar los espacios de manera digna respeto a su naturaleza artística. No sólo es nuestro el cometido de conservar un edificio porque es bello, también de hacerlo y que podamos definirlo como “arquitectura”. Al mutilar la construcción estiramos sus años de vida, pero lo condenamos a una supervivencia escuálida con fecha de caducidad, como le ocurrió al hermoso Teresa.



Belle Epoque


En los primeros años del siglo XXI, el antiguo Cine Lido fue convertido en el Centro Cultural Bella Época siguiendo el criterio del encargado del proyecto, Teodoro González de León. Lo que hoy es una librería del Fondo de Cultura Económica en la calle de Tamaulipas no. 202, fue una sala de cine concebida por el artista estadounidense Charles Lee en 1936. La apariencia del edificio combina el predominante Art Deco, la arquitectura neocolonial y un dejo de estilo mudéjar —hispano musulmán—. Al tener una fachada en forma semicircular frente a la avenida, con una marquesina sobre la explanada, la cual anunciaba las películas proyectadas en el Cine Lido; del lado derecho iza una torre de 20 metros que asemeja a los minaretes de las mezquitas. Con una capacidad mayor a los mil 300 espectadores, proyectó Cantando bajo la lluvia en 1952, Noches de Cabiria de Federico Fellini en 1957, y Doctor Zhivago en 1962. En el 78 resistió la primera intervención después de una serie de incrementos en sus tarifas y entonces se transformó en el Cine Bella Época; Rafael Pérez Gay nos lo describe así: “El Cine Lido cerró, lo remodelaron y le cambiaron de nombre; a muchos les pareció una imagen de la atmósfera que dominaba esos días, la marquesina estrenó letras luminosas: Cine Bella Época. Las tribulaciones de las familias decentes fueron más que nunca los comercios que atrajeron las estaciones del metro, el sabor garnachero de sus calles, las colas de peseros (…) las cosas ya no son como las de antes”.



La sala prestó sus servicios hasta principios de los 80 y después del abandono su propiedad pasó a manos del gobierno de la ciudad, mismo que promovió las obras de rescate. El planteamiento de González de León convirtió al cinema en un espacio destinado a la venta de libros y actividades destinadas a difundir el arte, con trato justo para sus elementos icónicos en la fachada y la conservación de la mayor parte de los interiores. Hoy los libreros y estanterías, de lo que también se conoce como Librería Rosario Castellanos, se reparten alrededor de tragaluces bajo un plafón luminoso de cristal con 256 piezas que recorren el techo orgánicamente, elaborado por el artista holandés Jan Hendrix. En sus sofás, sillones y mesas, los invitados hojean las ediciones a su disposición en una de las librerías más grandes de América Latina.


Los espacios de la Ciudad de México conservan la memoria de lo que fueron, eso se advierte en el Cine Lido; aún hoy existe una sala de proyección dentro, aunque reducida en el proceso de adecuación. Sus 144 asientos reciben las muestras arregladas por la Cineteca Nacional. Alfaro Salazar mencionó lo siguiente: “Aunque el proyecto tenía una intención sana, esa intención misma desdibujó el cine. Ahora no existe una lectura clara de lo que pudo haber sido el cine en ese lugar”. Más allá de las palabras de Salazar, el actual Centro Cultural Bella Época parece sobrepasar las intenciones de la restauración. Los patrones culturales han cambiado y los foros inmensos no convencen a las generaciones modernas. Ante la era de la inmediatez, de los contenidos sintetizados y el ritmo apresurado de la vida capitalina, los artistas deben hacer lo posible por proteger estos sitios. El trazado del estado actual del Cine Lido es sustancial, valeroso, no es el bálsamo universal, pero sí un antecedente para rescates venideros.



El palacio triste


De todos los cines de la Ciudad de México, quizás el más distinguible es el Cine Ópera. Desde 1949 las esculturas que simbolizan la tragedia y la comedia de la fachada del Ópera vigilan en trayecto de la calle Serapio Rendón desde el número nueve, obra del arquitecto Félix T. Nuncio. En una época en que el desarrollo urbano superaba la velocidad de un parpadeo, la sociedad mexicana demandó un espacio consistente a los recién descubiertos apetitos de los padres y sus hijos. Así comenzó la venta en la taquilla del Ópera para el estreno de Una familia de tantas, cinta de Alejandro Galindo, de hace 70 años. En ella Martha Roth y David Silva componen la pareja estelar en pantalla: Maru, una novicia de 15 años, miembro de un tradicional ambiente hogareño, y Roberto, un vendedor de aspiradores quien busca cortejar a la muchacha con su ágil pericia progresista. La inclinación floreciente del siglo XX tocó a la puerta de la familia de Maru, irrumpió en su juicio respecto a los valores familiares. El Ópera fue símbolo de una ciudad con un espíritu próspero, alzado en ofrenda a un culto que ganaba miles de adeptos: el cine.


Manuel Fontanals fue arquitecto de profesión pero escenógrafo según designio de la existencia, también fue responsable del diseño exterior del teatro. Un ventanal desplomado, dividido en tres secciones por pilares ornamentales que formaban una curva del lado superior, antes de rematar con el letrero inmenso que daba nombre al espacio. Su vestíbulo estaba embellecido por candelabros de bronce, puertas con motivos geométricos y muros espejos. La apariencia del Ópera reflejaba la esencia imaginativa de la obra de Fontanals, lo que convirtió al edificio en un espectáculo a la vista, por su mera existencia. Con el decaer del nivel de calidad en las producciones nacionales el ocaso del sitio aconteció.



De la sala de 3 mil 600 butacas subsisten las filas de asientos roídos, destartalados, expuestos a la intemperie de un techo que se desprende. Un piso con una alfombra de polvo que se alarga hasta los rincones y que asciende hasta los muros de los que aún cuelgan las antiguas lámparas del recinto. El vestíbulo oculta su vejez bajo los graffitis de colores llamativos y la pintura se desprende como un cambio de piel. El tono rosado desaparece para dejar a la vista un esqueleto que atestigua un universo que ya no lo reconoce. En la acera sorprende a los espectadores como un documento de lo que fue, de aquello de lo que alguna vez escucharon hablar a sus abuelos. El Ópera funcionó brevemente durante mediados de los 90 para prestar su escenario a conciertos, el rugir de Bauhaus, la Castañeda, el sonido arrogante de Héroes del Silencio y la poderosa voz de Rita Guerrero resonaron desde la primera fila hasta los palcos, pero el nuevo mundo ya no merece al Ópera. Su estructura se aferra a un contexto de casas pequeñitas en comparación a su portentosa presencia, la evidencia de que esta ciudad vivió bajo el nuevo siglo de las luces. La visión del palacio filmográfico se distorsionó hasta ser una masa de madera enmohecida, acero oxidado y concreto lleno de cicatrices antiquísimas.


El Ópera con todo y bregaduras sigue siendo fastuoso; las personas ya no se dirigen a su ubicación para ver una película, sino para ver el edificio, atestiguar que la leyenda es cierta, que el Ópera se mantiene en pie. Pero su armadura se debilita y un día se encontrará su existencia sólo en el recuerdo. Para inmortalizar su latido, capturamos su presencia en crónicas escritas, con la esperanza de derrotar a la indiferencia. Quizá la naturaleza de estos cines rebase las habilidades de arquitectos, tal vez la actualidad nos limita más de lo que creemos, pero si el Ópera cae, será un hito más hundido en la pena de una metrópoli que nunca volverá a ser, entonces las esculturas de la comedia y tragedia vagarán por las calles en busca de un nuevo trabajo, los fantasmas quedarán sin hogar y, quizá, Maru no encuentre nunca el cariño y el vendedor de aspiradoras que tocaba a su puerta espere eternamente en el altar, expectante de un futuro con el que sueña, pero tal vez nunca goce. 




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TAGS: Cine mexicano Arquitectura cine
REFERENCIAS:

Alder Hugo Corona Amador.


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