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Por qué la manera en que consumimos series de TV ha cambiado por completo

13 de julio de 2018

Dani Gus

¿Qué tienen en común Walter White, Merli y el profesor de "La casa de papel"?

I


Sí hay una temática imperante en la proliferación del reinado de las series de este siglo, es la lucha del hombre solo. Hay un acuerdo casi unívoco en situar a Breaking Bad como uno de los mayores exponentes del formato, sino el máximo. Un profesor de química con los días contados, que se dedica a fabricar metanfetamina junto a un exalumno, otro desclasado social. Su temática es el prototipo de este nuevo conflicto; Walter White es una víctima —sobre el que pesa no sólo la humillación laboral, sino la familiar—, pero también es un redentor, un héroe sin mitología, uno que no es la cabeza de una organización cuya ideología represente o rija a sus seguidores, sino que estos representados son personificados de su desgracia y de la posibilidad de la rebelión que encarna.


II



Éste es el tiempo de las series. Quizá la década, quizá la época o el siglo. Como si toda su prehistoria —podemos situar a los radioteatros como primos de la misma especie, ya casi extintos— y su historia a través del siglo XX, fueran la niñez del producto que parece haber nacido para la industria; ¡quizá aún más que aquel gigante incontenible, el cine! —sitio de grandes tanques como de experimentos independientes—. Porque a esto hay que decirlo: el sistema circulatorio, el flujo de vida de las series, es la comercialización. Si el nacimiento del cine no se hubiera dado a finales del siglo XIX con los Lumiere y luego se fundara un incipiente Hollywood como reducto de libertad y eximición tarifaria, para luego expandir sus dominios, las series no vendrían de la mano de la televisión —un reproductor cuyo contenido depende de manera directa del ánimo del consumidor—; para bien o para mal, entonces en la Cuba castrista difícilmente se hubiera filmado Lost.


A diferencia de sus hermanas menores, las telenovelas, las grandes series del siglo XX son recordadas. Sobre todo aquellas que se corresponden con la expansión televisiva en los 60, como Star Trek, Bonanza, y los tópicos de las últimas dos décadas del siglo pasado, Los Simpson y Friends—; que son una crítica social y aprobación del ambivalente sueño americano, lo que también hay que resaltar: el monopolio de las series ha sido estadounidense en suma. Es reciente que durante la expansión del siglo XXI, empezamos a darle el sí a series de otras nacionalidades. Ahora, a diferencia del cine —comercial—, que en su historia abarca críticas al imperio por un lado, publicidad lisa y llana del otro, la lógica de las series siempre ha tomado otro camino: escuchar al cliente. Es difícil que exista —ni aún dadas las condiciones— una serie con la lógica de, supongamos, El nacimiento de una nación —1915, a favor de la ideología dominante—; sin embargo, finalmente llegaría Los Sopranos.



¿Por qué es el tiempo de las series, más allá de la suma de circunstancias arriba mencionadas? Quizá para responder esto, tengamos que hablar en términos de formato.


En El chiste y su relación con lo inconsciente (1905) dice Freud que parte del placer de un chiste está en su reducción de la carga psíquica. También habla del “desplazamiento” cuando un deseo se traslada de un objeto a otro y se realiza en él. Tengamos o no fe en el psicoanálisis, las series parecieran acoger este juego continuo de tensión, desenlace constante llevado a su máxima expresión —capítulo tras capítulo—, así como representar en pantalla sino nuestros deseos, aconteceres que las disposiciones actuales de los consumidores podrían anhelar. La oferta de series a elección ostenta una libertad que no parece tener una película escogida, y los intervalos —capítulos— breves junto a la promesa de una continuación de ese placer —el capítulo o la temporada siguientes— o alteración del displacer, en caso de disgusto, son glorias en las rutinas lúdicas del siglo XXI. Pero volvamos a nuestros amigos.





Merlí, Walter White o el Profesor



A partir de la segunda mitad del siglo XX, hubo una progresiva apertura del mercado de las series, dieron lugar a compañías menores, así como a las grandes —ABC, NVC, CBS, luego HBO— comenzaron a optar por públicos diferenciados y específicos, en detrimento de la antigua premisa de la mayor cantidad de audiencia posible. Las cadenas compraban o rechazaban con base a estas nuevas premisas —gobernadas a su vez por los ojos, ya monstruosos, de las agencias publicitarias—. Las series explotaban, aunque de maneras muy disimiles, el antiguo esquema del bueno y el malo —Twin Peaks o Miami Vice—. Con Los Sopranos y The Wire se refina la manera de narrar, el cómo empieza a importar y no sólo el qué, es decir, de alguna manera el cine se infiltra en el mundo de las series. Son miradas de manera reflexiva. Interpelan a la autoridad, a lo institucional, a través del ojo del crimen o las relaciones de poder.


¿Qué quieren los sujetos de las series que compra o produce Nextflix? ¿O quiénes son? Es indudable que la oferta ahora es ilimitada, con productos que apuntan a todo tipo de público, es decir, a todo tipo de cultura o de sentir. Pero si podemos encontrar un punto de cohesión en los últimos "fenómenos" es justo en la aparición, o sea, la valoración de lo distinto. Examinemos a Merlí, el excéntrico profesor de filosofía que encanta al mundo burgués desde Cataluña. ¿Es un transgresor? Sin dudas, un provocador. ¿Un manipulador? Posiblemente —Merlí no es una serie filosófica, sino psicológica—. Todo esto no importa. Importa que Merlí desarticula, desafiante, las relaciones de poder de su pequeño universo —el colegio—. En cambio, en La casa de papel, ¿quién es el profesor, el cerebro del grupo que lleva a cabo el atraco que todos sueñan, el gran golpe al sistema financiero? Otra mente brillante que ha puesto en jaque al sistema desde el traje de un don nadie, aunque sea por el placer de intentarlo (¿como Walter White, quizá?).


En menor medida los ejemplos se suceden. Cuidadas producciones para exquisitos de las ambientaciones de época, en las cuales las pandillas ganan terreno a la ley corrupta —Peaky Blinders—, ambiguos retratos crudos desde el interior del mundo capitalista —Mad Men—, médicos cínicos —Dr. House—, abogados no exitosos —Better Call Saul—, personas directamente condenadas por la justicia —Orange in the new black—, o Spartacus, el esclavo sublevado que posee su redención de domingo por la tarde.



IV



El filósofo coreano Chul Han, usa los términos “expulsión de lo distinto” e “infierno de lo real” para referirse a esta gran circunstancia en que estamos varados, la postmodernidad, o la posverdad, que tan bien saben leer los asesores de marketing. Infierno en el cual no hay más otro, sino un uno mismo fragmentado, por donde quiera que se vaya. Ahora bien, ¿no es de eso, de lo que escapan tanto Merli, como el profesor o Walter White? Todos sabemos, Walter —intuimos, que es nuestra manera de saber—, que la protección económica de tu familia, después de muerto, no es el único motivo por el que entras en la delincuencia, aunque sea un motivo verdadero. ¿No deberíamos estar acaso, sus fieles admiradores, intentando buscar resquicios por donde escapar, aunque sea de manera interior o bien al escapar de uno mismo al menos? —porque la digresión vale: nosotros no sólo somos presas del sistema. Somos el sistema—. Pero no, claro, estamos mirando Netflix.


Hay aún otra coincidencia entre el profesor de filosofía, el profesor de química y el estafador intelectual. Una que no debiera dejarnos indiferentes, acaso muy poco frecuente en programas televisivos décadas atrás: los outsiders ganan. Merlí no es expulsado del colegio, sino valorado. El profesor—*alerta spoiler, alerta spoiler*— consuma el golpe, amén de las pérdidas. Walter White no podía ganar. Pero gana. No ha muerto en una cama convencional. ¿No significan nada estos triunfos simbólicos en el inconsciente colectivo, siempre maleable? ¿Sabe, el orden imperante económico, social, que no nos levantaremos de la pantalla, pues ésta ya ha saciado nuestras ansias? ¿O acaso no acabamos de entender la naturaleza de éste orden capitalista, liberalista, al que pensamos quizás a la manera de un Leviatán de Hobbes —un símil del estado omnipresente, duro— y al que debiéramos pensar a lo mejor, más como una especie de energía sin entidad, por ende sin necesidad de protección, al servicio del poder económico asentado, el cual, asimilará tus mejores deseos para ponerlos en pantalla? Capítulo aparte para Black Mirror; excelsa serie sobre el presente, ambientada en el futuro siempre hipotético.



V



Imaginen esto: un hombre sigue el derrotero de Ernesto Guevara de la Serna, el Ché, ayudado por tecnologías actuales. Al final, desembarca en Bolivia para, otra vez como punto estratégico, llevar adelante la tan postergada Revolución; a poco de mostrarse este panorama, sabemos que él y su grupo han organizado la Revolución en silencio desde hace años, por lo cual el primer golpe —bomba a base estadounidense, por ejemplo— toma incluso a los servicios de sorpresa, y todo esto, confiando en que la respuesta de las masas sea favorable.


Es posible que esté fuera un argumento digno de una serie actual, eso sí, desde la perspectiva de narrar la historia de un hombre camino a la demencia o la locura llana. Plantearla en términos de reivindicación guevarista resultaría en el contexto actual, cuanto menos ridículo. Es más, de esta manera la obra podría llegar a ser interpretada como una pieza de humor absurdo extraordinaria. Hoy es el tiempo de los solos. No de los antihéroes —que son los superhéroes actuales— y menos de los viejos héroes —como John Wayne—. Es la hora de las átomos que cambian o rasgan las estructuras químicas de las moléculas comunes.


**


Si eres un fanático de Netflix, entonces conoce las mejores series de 2018 hasta ahora: estrenos, nuevas temporadas y expectativas.



TAGS: Series de tv crowdsourcing
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Dani Gus


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