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El falso optimismo y otras lecciones de vida que aprendimos de "Los Increíbles 2"

20 de junio de 2018

Aglaia Berlutti

¿Será cierto que si todos somos "súper" en realidad nadie lo es?



Durante toda la historia del cine, el concepto del superhéroe se ha transformado de tantas maneras disímiles que finalmente resulta poco menos que una mezcla de valores y nociones intelectuales contradictorios. Por un lado, está la versión limpia y heroica, heredada de primitivas concepciones sobre el bien; y por el otro, la más sucia y quizá retorcida, emparentada con el existencialismo moderno y el temor paranoico al poder como un extremo de la racionalidad social. Por ese motivo, cuando la película
The Incredibles
(Brad Bird, 2004) se estrenó, su argumento desenfadado y su extraña dimensión de lectura y reflexión sobre el heroísmo fue comparado de inmediato —guardando las distancias— con la historia del cómic
Watchmen
 —obra fundacional de Alan Moore, publicada en 1986—, de la que sin duda Bird tomó algunas ideas al momento de analizar el superheroísmo desde la pérdida de la fe, el pesimismo y la figura erosionada del héroe como parte de una degradación moral e intelectual de lo que se considera “poderoso”. Fue una jugada arriesgada. Después de todo, la película tenía aires de comedia familiar y estaba dirigida a esa gran plataforma de público Pixar, que incluye desde niños en edad escolar hasta adultos, por lo que la doble lectura de su historia —que incluía un intuitivo análisis sobre el desencanto de la vida adulta, la desesperanza moderna y el dolor del desarraigo de cierta madurez espiritual— sorprendió a la crítica y al público. Pero además, era inteligentísima sátira que se burlaba de cada cliché superheroico mucho antes que el Universo Cinematográfico de Marvel y su contraparte de DC llegaran a la gran pantalla. La combinación convirtió a la película en un éxito, y además brindó al cine animado una inédita profundidad que sorprendió por sus implicaciones. Pixar —como concepto— acababa de abrir una nueva dimensión de su propuesta sobre la animación y llevarla a un nivel por completo desconocido.





Casi 15 años después, la secuela de
The Incredibles
llega quizás en el mejor y el peor momento para enfrentarse al heroísmo convertido en panacea cinematográfica, y sobre todo a un género creado a partir de la sobreexplotación visual y argumental del mundo del cómic. Ya no hay nada nuevo que contar o narrar sobre el mundo de los superhéroes, quizá nunca lo hubo. Pero en esta ocasión, el reto de Brad Bird —que repite en dirección y guión— es encontrar la salvedad que permita a los Parr —con toda su carga de simbolismo pendenciero— construir una historia a su medida, en medio de una época descreída, cínica y saturada del heroísmo impostado y artificial. Como símbolo, la familia superheroica tiene el objetivo de asumir la noción sobre el poder como una forma de comprender lo contemporáneo, tal y como lo hizo su predecesora. Con su peculiar capacidad para conmover y emocionar, la historia de
The Incredibles
se enfrenta a la fastuosidad de universos enormes y complejos.


La película empieza justo en donde termina su predecesora, lo que permite una sensación de continuidad que se agradece. Durante la primera escena, un grupo de policías riñen al Señor Increíble —con la voz de Craig T. Nelson— y a su esposa Elastigirl —Holly Hunter— por entrometerse en medio de una situación que se encontraba “por completo controlada”. Se trata de un diálogo rápido, elemental, que deja muy claro que nadie tiene muy claro el papel del héroe en una sociedad que insiste en asumir el costo de su existencia como una excentricidad menor en medio de la fauna cotidiana. Los policías parecen impacientes, cansados, un poco hastiados. Les recuerdan a los Parr la franja de destrucción que dejaron a su paso, y además que el edificio que acaban de salvar se encuentra bajo las bondades de un cuantioso seguro. En resumen: los héroes ya no son necesarios, mucho menos indispensables. Agua pasada y reconvertida en una curiosidad pop a la que nadie presta demasiada atención. Con la misma sutileza que Moore en Watchmen —que vuelve a ser el referente inmediato de esta pequeña gran epopeya de lo cotidiano—, el heroísmo es una rareza innecesaria, una versión de la realidad que a nadie importa demasiado. Para los primeros minutos de la película, la propuesta ya está sobre la mesa y la premisa es muy clara. Ahora sólo necesita construir algo más sólido que la mera idea sobre la heroicidad carente de verdadera utilidad.





Y la película lo hace. Con su juego de pequeñas y extrañas ironías, la película avanza entre autoreferencias —la mera mención al seguro del banco destruido de la primera escena nos recuerda que la identidad secreta de Bob Parr, Mister Incredible solía ser empleado descontento de una aseguradora— y también en medio de la percepción del poder como una forma de expresión lineal de una época que no comprende la esencia del héroe tradicional. El mundo tradicional de los Parr, creado por Brad Bird con minucioso detalle y esa plana sencillez de lo cotidiano, encuentra en
The Incredibles 2
un reflejo extravagante, pero sobre todo un aire renovado que aunque no supera a la película original, sí nos brinda cierto asombro sin llegar al virtuosismo de esa gran explosión dinámica de 2004. Y mientras en la primera película la identidad de la familia de superhéroes era secreta y debía ser protegida — lo que obligaba a los Parr a malvivir bajo un disfraz hogareño que provocaba una desigual frustración en cada miembro de la familia—, su secuela disfruta ampliando el universo y creando algo más elaborado y complejo. La vieja casa anónima de los suburbios se convierte ahora en algo mucho más elegante y lujoso, una mansión que con cascadas y un aire retrofuturista nos deja muy claro que la familia Parr no está dispuesta a ocultarse otra vez, o al menos no de la misma manera en que les habían obligado a hacerlo hasta entonces.


La película continúa siendo una fantasía atemporal que podría ubicarse de una manera u otra —ya sea por detalles de diseño o por mera deducción visual— en la década de 1960, como sugieren las líneas rectangulares de los automóviles, las ropa sencilla y pulcra, y la decoración repleta de estampados y pequeños puntos focales romboides que recuerdan sin duda a la segunda mitad del siglo pasado. Esa visión tiene su encanto, su versión de la realidad y su profundidad al momento de narrar una historia que no depende de la época; sino más bien de la combinación sensorial y de ideas que confluyen en el argumento. Porque a pesar de los 14 años transcurridos, el espectador de inmediato se reconecta con la acción como si en realidad la original y la secuela fueran parte de una misma cosa, levemente diferenciadas por los apreciables avances técnicos de la animación. Pero además de eso, Bird deja muy claro que el tiempo interior de la historia ha transcurrido, y lo ha hecho bajo la concepción de que el mito del superhéroe se ha transformado de tantas maneras distintas que parece ubicuo y definitivamente omnipresente. Por extraño que parezca, Bird lucha contra la amenaza de Syndrome, el espléndido villano de la primera, cuya frustración y odio parece encajar de pronto en la premisa entera de la película dentro de un universo saturado de propuestas idénticas: “cuando todos sean súper, nadie lo será”.





Pero
The Incredibles 2
supera el escollo con elegancia y una profunda gallardía amable. Sin importarle los debates sobre los superhéroes o el hecho de su existencia, la plenitud argumental del filme se sostiene sobre una coexistencia persistente que construye un reflejo de la realidad de enorme inteligencia conceptual. Sin que importe demasiado el ánimo colectivo, las discusiones sobre el heroísmo o la versión del héroe machacada y reconstruida en pantalla durante la última década,
The Incredibles
funcionan como lo que son: una familia que evoluciona, madura, crece y se hace cada vez más singular en sus pequeñas versiones de la realidad.


Bird se burla con inteligencia de ideas que llevan machacándose demasiado tiempo en pantalla: la necesidad de una figura poderosa, el rescate, el verdadero villano detrás de las aparentes buenas intenciones, una percepción común sobre los temores generales hacia las grandes corporaciones. Pero también da un golpe a los roles de género, la noción de la identidad en medio de una época opaca y homogenizada. En conjunto,
The Incredibles 2
es una secuela que aprovecha lo mejor de la película original; pero además encuentra una forma de dejar muy claro que las grandes historias sobre la permanencia, la emoción y los vínculos esenciales siempre encuentran una forma de expresar ideas universales.





**


Pixar Animation Studios ha llenado al cine de escenas icónicas.



TAGS: Caricaturas Disney crítica cinematográfica
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Aglaia Berlutti


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