NOTICIAS ARTE FOTOGRAFÍA CINE HISTORIA LETRAS MÚSICA DISEÑO ESTILO DE VIDA MODA VIAJES TECNOLOGÍA COMIDA

Todos los derechos reservados 2017
© Cultura Colectiva

Claves que te ayudarán a entender mejor la segunda temporada de "Jessica Jones"

15 de marzo de 2018

Aglaia Berlutti

Jessica Jones tiene una fuerza sobrehumana, puede saltar muy alto al mismo tiempo que trata de lidiar con su sufrimiento con pulso inteligente

El arquetipo del superhéroe pocas veces atraviesa revisiones importantes y, quizás, ese es su punto más blanco en medio de toda esta nueva reinvención del género heroico que llena las pantallas de cine y televisión. Tal vez por eso, Jessica Jones se ha convertido en un punto de inflexión en la manera de comprender el poder del héroe como expresión de la identidad y el poder personal. El personaje es una heroína, pero a la vez no es la típica heroína que suele mostrarse en cómics y pantallas de televisión. Jones (Krysten Ritter) por supuesto encarga el estereotipo de la mujer heroica de la casa editorial Marvel —compleja, de personalidad extravagante, con superpoderes— y es también una sobreviviente. Y es esa cualidad, de fragilidad mental y física sugerida que el personaje vence a través de pura voluntad, lo que le hace por completo distinta a cualquier otro de su género.



Para comenzar, encarna los habituales atributos superheroínas, además de cierta oscuridad interior que elabora una personalidad tridimensional, la cual rara vez puede analizarse desde la caracterización heroica. Jessica Jones tiene una fuerza sobrehumana, puede saltar muy alto al mismo tiempo que trata de lidiar con su sufrimiento con pulso inteligente, por momentos imperfectos y siempre tremendamente humanos. Se trata de una mujer que presenta síntoma de estrés postraumático, lo que la pone en otro nivel de percepción sobre el poder. El personaje no sólo debe lidiar con el asombro por su cualidad asombrosa, sino con los espacios más oscuros de la psique humana. Se convierte entonces en un símbolo dual de fortaleza y de ideal del heroísmo, entremezclado con un discurso moderno sobre el valor del poder del bien y el mal como decisiones teóricas, éticas y profundamente emocionales dentro del elemento extraordinario. Terrenales, objetivos e inmediatos, sus padecimientos (que van desde recuerdos involuntarios, ansiedad, impulso autodestructivo) la convierten en una mujer real dentro del ámbito de comprensión de su capacidad para luchar contra el mal íntimo y su percepción sobre la justicia.



Durante la primera temporada, el argumento se centró en el hecho básico que debe lidiar con los recuerdos y el terror como una forma de camino del héroe privado y analítico, con marcado tinte psicológico. La violencia —simbolizada por Killgrave, el villano canónigo de la historia— además se analizó desde la percepción de la agresión física y mental que Jones sufrió y que Killgrave transforma en una mirada al miedo y a la vulnerabilidad que asombra por su ambigüedad. De modo que el villano es también el símbolo del maltratador, del violador, lo que convirtió a Jessica Jones en una alegoría al poder del sobreviviente y sobre todo su lucha diaria contra los rigores invisibles de un tipo de dolor que rara vez se analiza en la cultura pop. Jones, superheroína profundamente imperfecta, llena de matices y un directo sufrimiento realista, reflexionó en su ya clásica primera temporada no sólo la violencia de género, sino sobre el abuso del poder, el dolor y el sufrimiento escondido en un entramado inquietante sobre la vida cotidiana y sus consecuencias. Como si de un personaje mitológico se tratara, Jessica Jones emergió entre la redención imprescindible en todo personaje del género hacia algo más sustancioso, complejo y duro de asimilar. Con toda su visión sobre el teorema de Batman —el héroe/antihéroe que utiliza su dolor como bandera de lucha y como forma de convertir el trasfondo personal y espiritual en reflejo del poder—, Jessica Jones marcó una revolución para los superhéroes. Con una precisión extraordinaria, logró crear una meditada imagen sobre el sufrimiento emocional y moral que desconcertó por sus diversas implicaciones.



Con una percepción tan clara sobre sus bases argumentales, la gran pregunta a la que se enfrentaba la segunda temporada era si podría analizar la compleja personalidad de Jessica sin su principal motivación y némesis. Por supuesto, se trataba de una apuesta arriesgada: el regreso del personaje no sólo debería asegurar la continuidad de la historia, sino construir una comprensión dual sobre lo que podría ocurrir en esa versión tan dura de la realidad que el personaje encarna. Por supuesto que la ausencia de Killgrave planteaba el conflicto de cómo lograr una evolución sobre el mal interior que ya el guión había analizado en la temporada anterior. De manera que la decisión parecía obvia: Jessica Jones debería enfrentarse a sus demonios, batallar con la circunstancia íntima y lograr una redención sustancial que pudiera construir una dimensión desconocida con respecto al personaje.



Los primeros capítulos del regreso de Jones a las pantallas de Netflix lo muestran de manera muy clara: liberada de la figura que encarnaba todos los horrores, sigue sin ser capaz de librarse de sí misma. Jessica bebe más que nunca, continúa teniendo sexo anónimo y extrañamente desapasionado en los baños de los bares que frecuenta, además de lidiar sin mucho éxito con la idea de que ser una asesina que debe enfrentarse al constante dolor de la culpa y al análisis de lo que la conciencia de la responsabilidad sobre sus capacidades extraordinarias pueden ser. Antes o después, debe admitir el dilema de la consciencia y conciliar esa presión emocional insoportable con algo más duro, violento e insoportable.



No puede decirse que la segunda temporada logre analizar todos los puntos e implicaciones de las expectativas y, de hecho, durante los primeros capítulos no lo logra en absoluto. Lenta y blanda, la estructura del show parece olvidar por momentos que Jessica Jones —como serie— basa su fortaleza en la capacidad del personaje para analizar el sufrimiento emocional como una forma de poder. En el primer episodio, la protagonista parece perdida, aturdida y sobre todo sin capacidad intuitiva para lidiar con sus padecimientos, más allá de una colección de pequeños terrores invisibles que no logran sostener el poderoso discurso de la serie. En ocasiones incluso se torna aburrido, en medio de pequeños baches argumentales que no terminan de encajar del todo. Desde los frágiles egos masculinos que son incapaces de traducir la tensión y la mirada hacia la angustia inquisitiva de Jones sobre sí misma y su relación con el sexo opuesto, hasta los pequeños golpes de efectos no resueltos del todo, sorprende que el argumento haya perdido el norte hasta analizarse por medios de escenas sin sustancia que avanzan sin la cuidadosa sincronía que el show mostró en sus inicios.



Por supuesto, esa disparidad entre el poco interés del guión por analizar a esta nueva Jessica —que debate y se enfrenta con una evidente angustia emocional contra su propio reflejo— parece resarcirse a partir del tercer capítulo, con la llegada de la magnífica Janet McTeer en el papel de Alisa Jones, como una fuerza potencialmente malévola y, sin duda, un némesis a la altura de Jones, que ahora debe construir toda una nueva percepción sobre lo poderoso y asumir el mal posible como un análisis pormenorizado sobre los límites de lo extraordinario. Con su cualidad tenebrosa y dura, McTeer encarna todos los temores y terrores, convertidos en un anuncio perpendicular sobre el terror que se anuncia bajo lo corriente y sobre todo, la cuidadosa pátina de normalidad que el show continúa manteniendo como elemento esencial de su discurso.



A partir de la mitad de la temporada, la serie encuentra de nuevo el estilo singular que la convirtió en un suceso inmediato. Con todos los capítulos dirigidos por mujeres y la productora Melissa Rosenberg decidida a dotar a sus personajes de una visión sobre el género totalmente nueva en productos televisivos semejantes, la serie es una compleja estructura sobre las diferentes facetas de lo femenino y de la profundidad emocional e intelectual del discurso superheroico. Desde Jeri, la implacable abogada encarnada por Carrie-Anne Moss, hasta la magnífica Patricia “Patsy” Walker Baxter, como fascinante retrato de la ambición y la voracidad intelectual femenina, Jessica Jones demuestra que tiene una consistente intención de seguir rompiendo esquemas sobre lo que debe plantearse acerca de la identidad de la mujer poderosa, sus vicisitudes y dolores. Mucho más aún, cuando ahora Jones debe enfrentar su pasado —o mejor dicho: el peso inquietante de no comprenderlo lo suficiente— y la lucha contra el hecho irrefutable que el poder le transforma en una comprensión sobre el valor y un ideal difuso en el que no logra calzar. Entre una y otra cosa, Jessica Jones logra remontar las dificultades de la temporada para analizar el sufrimiento, la percepción del yo y el valor de lo íntimo. Quizás el mayor reto al que se enfrentaba la más atípica de todas las heroínas Marvel.

***

Luke Cage Jessica Jones están lejos de ser programas perfectos pero son buenos a comparación de todo lo que hace DC. Marvel demuestra que puede hacer una historia de cualquier tipo, creando un impacto en los espectadores, sin importar el contexto en el que se encuentren. No vemos esas series por los poderes, sino por las tramas que presentan y la complejidad de sus historias. Claro, los Avengers tienen más presupuesto, pero los Defenders poseen más corazón.

TAGS: Feminismo Netflix Series en Netflix
REFERENCIAS:

Aglaia Berlutti


  COMENTARIOS

  MÁS DE CULTURA COLECTIVA

¿Cómo curar un corazón roto? "Hay una luz que nunca se apaga" - The Smiths "One, Two, Three, Four!" Ramones Mujeres que cambiaron la música All You Need Is Love - The Beatles Películas que predijeron los gadgets de hoy

  TE RECOMENDAMOS