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Tim Burton: el director que nos enseñó a amar los monstruos que habitan dentro y fuera de nosotros

23 de noviembre de 2017

Alder Hugo Corona Amador.

Entre el cuento de hadas y el horror, el director Tim Burton nos mostró la belleza de los monstruos que nos habitan.

"Hizo entender la vida, y el sentido de la muerte y por qué el amor es más fuerte que una y otra".

El fantasma de Canterville de Oscar Wilde


Sé leal a ti, dirige tus historias.

Para Dany.



Un muro de tabiques dispares sobre un fondo agrisado; un juego de ramas que se extienden en oscilaciones imposibles; un felino sigiloso, de ojos blancos, que surge del abismo negro del torso de un árbol. Una melodía pesimista acompaña el movimiento de la cámara que sigue los pasos del gato, hasta que salta por una ventana y nos encontramos con Vicent Malloy, de siete años; mientras una voz en off, gruesa y cavernosa, empieza a recitar la fábula gótica de la modernidad. No es la Londres Victoriana o las islas de Escocia, ni la antigua Ginebra; tampoco es un castillo abandonado o los extensos bosques ingleses; es una casa en los suburbios, un niño y el desaliento, velado, de lo cotidianidad. Hay tristeza en aquello que se vuelve usanza, lo que nos ata a los hábitos para escapar, anhelamos lo increíble, aun si para otros pareciera tétrico y ominoso.


En el cortometraje Vincent, estrenado en 1982, profundizamos en la psique de un muchacho que se debate entre su vida ordinaria y la personalidad de su héroe, el actor de películas "Clase B”, Vincent Price, quien en los 60 participó en adaptaciones de cuentos de Edgar Allan Poe al cine, en roles, muchas veces, macabros. El corto es, en parte, autobiográfico. Al igual que en la ficción, Vincent Price —siendo un símbolo cultural y referente del cine de horror— inspiró el trabajo de otro aciago artista: Tim Burton. Como el monstruo de Mary Shelley, el joven Vincent —el del cortometraje—, ahonda en su oscuridad, encontró placer en la pesadilla, la oscuridad y el miedo. Vincent quiere renunciar a su vida y adoptar las actuaciones de Vincent Price: ser un científico demente, un artista desalineado, un ermitaño esquizofrénico. Confinado en sus pensamientos, sus alucinaciones y su voz, declamando el cuervo de Poe: "Y la luz de la lámpara que sobre él se derrama / tiende en el suelo su sombra. Y mi alma, / del fondo de esa sombra que flota sobre el suelo, / no podrá liberarse. ¡Nunca más!".



Tim Burton no fue como su personaje Vincent cuando niño, no del todo. Pero sí amó las películas de Vincent Price y en la bruma del horror, entre la noche y las fantasías de infantes, encontró un discurso que lo convertiría en uno de los artistas más identificables del cine contemporáneo. Tim, en el modo de vida americano, halló el material para contarnos que la realidad, aunque afligida y fugaz, puede ser una especie particular de maravilla. En Vincent, el empleo de encuadres con sombras y aristas exageradas nos alude a Nosferatu, el vampiro, dirigida por Friedrich Mornau en 1920, en el que la penumbra retoza con el espectador y el contorno macabro del no muerto que asecha a los protagonistas.


Ya hace años, alguien pensó que una historia podía mecerse entre un candoroso estilo mordaz y el más estricto carácter sombrío. En el "Fantasma de Canterville”, Oscar Wilde nos habla de la depresión de un fantasma que habita un palacio en posesión de una adinerada familia norteamericana; el espectro es Sir Simón de Canterville, antiguo noble culpable del asesinato de su esposa, quien murió de hambre encerrado en una habitación a consecuencia de su crimen. Por 300 años se ha dedicado a realizar exhibiciones paranormales en su antigua residencia y, de pronto, le sobreviene una depresión por su incapacidad de asustar a los nuevos moradores. El relato de Wilde trata con sagacidad la novela gótica del siglo XIX, es un retrato de la melancolía y la soledad. Para el sosiego de Sir Simón, él conoce a Virginia, la bella hija de la familia; ella le ayudara a encontrar el reposo eterno, así como la conciliación con la vida y la muerte. Tanto Wilde como Burton entendieron que existe un encanto en lo espeluznante. El método de Burton entremezcla elementos antagónicos —humor y miedo— a través de un montaje repleto de teatralidad, una inventiva alucinante y un dejo de inocencia. En sus planos se aprecia un meticuloso ensamblaje de iluminación, una armonía entre blanco y negro, las sombras desproporcionadas, decorados estilizados, bordes angulosos; toda una escenografía que interactúa con los personajes y cuya impresión en el espectador hace que su trabajo sea icónico.



Desde sus primeras producciones, Burton se apropia de ingredientes que acompañarán su desarrollo artístico durante los siguientes años. Adoptó la naturaleza del expresionismo alemán, una corriente artística que había surgido como resultado de la evolución de las Bellas Artes en Europa durante las Vanguardias, en la región báltica tras la Primera Guerra Mundial, que atravesaba por un período de incertidumbre social y política; mientras este movimiento se basaba en una oposición hacia el naturalismo que buscaba la representación objetiva y cruda. El expresionismo aspiró al autodescubrimiento del artista, buscó poner en manifiesto las emociones antes que la existencia material.


El director Austriaco Fritz Lang causó una importante mella dentro del expresionismo con películas como M, el vampiro de Düsseldorf y, sobre todo, Metrópolis, cuyo arraigo cultural se debe, entre muchos componentes, a las tomas rebosantes de arquitectura futurista. El diseño visual de Lang, que captaban un progreso científico-tecnológico contrastantes con una decadencia moral y política en la sociedad, contribuyó en los esbozos escénicos de Burton; que se ven acentuados en filmes como Batman de 1989 y su secuela Batman Returns en 1992. Ambos trabajos mantienen una rigurosa ambientación expresionista: los rascacielos imponentes de Ciudad Gótica, de enorme belleza, abundantes en piezas escultóricas sumidas en las sombras, cuya personalidad dividida de los personajes —Bruce Wayne y Batman, Selina Kyle y Catwoman, Jack Napier y The Joker— encuentran cabida.


Es notable la obsesión de Burton por las personalidades radicales, espeluznantes para muchos; quizá por una afinidad íntima con las mismas, y en ellas Tim Burton encuentra una forma nítida de exponer su concepción sobre lo que entiende como real. Para sus personajes es más sencillo abandonar su vida ordinaria que su afán de adentrarse a la ficción. En Batman Returns, la primera vez que vemos a Bruce Wayne se encuentra con la espalda hundida en el sofá de su estudio, con la mirada hacia el vacío, expectante de una señal de auxilio proveniente de la ciudad. La figura de un murciélago gigante penetra en la sala y Wayne halla quietud en la imagen; viste la capa y la capucha para convertirse en criatura; revelar su verdadera naturaleza. Según la tesis de las películas de Burton, en ocasiones, alejarse de los estándares usuales es la forma de mostrar nuestros más sinceros deseos.



Los héroes de Burton, en todo caso, son atípicos; faltos de esplendor, galantería y, algunas veces, parecen hasta torpes. En un filme de 1990 conocemos a uno de sus personajes más representativos. La creación incomprendida de un científico, con el aspecto sui generis de un joven: cadavérico, con una liada cabellera negra y tijeras, de alargadas navajas brillantes en vez de manos. En Edward Scissorhands vemos una apreciación entre escenarios opacos y superficies coloridas, del cuento de hadas del siglo XIX, y, de nuevo, el romanticismo que imperó en la época posterior a la ilustración. El conflicto que aterraba el espíritu en la invención de Mary Shelley se hace presente en la película, como Frankenstein, el temeroso Edward no entiende los intrincados mecanismos de pertenencia social y le es difícil establecer una relación con el mundo ordinario; no es humano, pero manifiesta sentimientos, emociones y aversión. Ha crecido solitario en una sombría residencia que asoma sus torres encima de una colina rodeada por la "tranquilidad" de los suburbios. Su única interacción humana fue un avejentado inventor, a quien Vincent Price presta su última interpretación ante la cámara. Como ermitaño Edward no comprende la naturaleza del bien y el mal, lo que lo dejará desvalido ante los alicientes de la condición humana. 


La estética de Edward Scissorhands evoca la vista en la película de Robert Wiene estrenada en 1920, El gabinete del doctor Caligari, en el que la caracterización del personaje “Cesare” se asemeja a la de Edward: un atuendo negro, semblante blancuzco y una acentuación de la sombra bajo los ojos, la mirada del personaje expresa más que sus movimientos; además de lo estético, ambos comparten gestos y características de sus respectivas personalidades.



Edward es una atracción de carnaval, un freak para los vecinos curiosos, ávidos de conocer al ente que pone en juego los estereotipos que han lo largo de sus vidas han aceptado. En muchos aspectos, la película es una alegoría de la juventud que toma de inspiración la experiencia de Tim Burton como un adolescente ensimismado, abstraído e incapaz de corresponder a los paradigmas sociales. El concepto que dio apertura a la película es un dibujo amateur del director, en el que expresaba su aparente inaptitud para comunicarse con la gente de su barrio. Edward Scissorhands es un discurso entrañable de desamparo, que acusa al mundo de actuar con indiferencia o con una cólera injusta ante lo extraño. Tim alude a un típico enredo quinceañero para contarnos una reinvención del cuento infantil al estilo de los hermanos Grimm; a la forma de un relato clásico como Pinocho, que como Edward, y ansia la humanidad que su creador no puede otorgarle. En un paralelismo con la novela de Gastón Leroux, El fantasma de la ópera, existe en la historia de Burton una fina doncella, cuya compasión por el "monstruo" la hará entablar una estrecha relación con él.


Pero a diferencia de Leroux, Burton mantiene una profunda consideración hacia los personajes temibles, asume que hay amor tras la apariencia más aberrante y convierte a sus invenciones en individuos inocentes, cariñosos y entusiastas, hasta el punto de contrastar con las personas de alrededor. En este caso, Edward es bondadoso, caritativo, mientras que el resto de los muchachos parecen maliciosos, incluso Kim —la doncella—, quien al principio rechaza a Edward y lo juzga a partir de su aspecto. Ed, pese a haber sido diseñado en un laboratorio, es más humano que el resto; de esta manera, Burton captura la genialidad de la novela gótica, en la que las criaturas simbolizan deseos, pasiones y miedos: la melancolía de Wilde, el erotismo implícito que guardó Bram Stoker en Drácula, el destierro emocional de Frankenstein. Al final, los monstruos no son tan distintos a nosotros, aún mejor, se podría decir que todos somos monstruos.



El primer contacto de Tim Burton con el Stop-Motion fue como espectador en una sala de cine. En la película Jason and the Argonauts, de 1963, un grupo de héroes míticos combaten contra una milicia de esqueletos animados mediante una sucesión de imágenes fijas, que aparentan movimiento. La escena guardaba gran potencial para futuros proyectos, cuya naturaleza haría mella en la cultura popular hasta la última década del siglo pasado. El acercamiento de Burton hacia dicha técnica fue en Vincent y alcanzó la maestría en 1993, al producir The Nightmare Before Christmas, la que es la cinta, no dirigida por Burton, más relacionada a su estilo.


Con una filmación que reunió a un destacado grupo de especialistas, pasó por distintas etapas y tardó tres años en concluirse. Después de pasar por una recaudación mediana en salas, ganó un lugar en el público joven, quienes convirtieron a los habitantes de Halloween Town en iconos de la última veintena de años; en los que Jack Skellington, ha sido emblema de las celebraciones a finales de octubre, ya que es considerado "El rey de la oscuridad"; representa el espíritu del día de brujas: caballeresco, vivaz y elocuente —a diferencia del afligido Edward—. Su aspecto hace evidente su ascendencia de entre las influencias de Burton, como una figura macabra y funesta, pero en un tono candoroso que se manifiestan a través de musicales o entradas teatrales. Jack es también, como el intérprete de una ópera, reflexivo, sensible, lo vemos cavilar sobre su lugar entre tanta parafernalia, y un vacío turba su corazón. Resuelto a hacer algo al respecto, abandona la aldea para explorar los confines de su mundo y adentrarse en nuevos. Si Vincent encontró en los relatos lúgubres un escaparate de la realidad, Jack buscó apartarse de su oscuridad para traer, de nuevo, impresión a su vida.


Jack es un personaje con recodos emocionales, diferente a la usanza de las fábulas clásicas. Al vagabundear por el bosque encuentra un páramo colorido, de fulgor y alegría. Querrá remendar la grieta de su interior con la novedad del júbilo navideño. Sumido en la euforia, intenta apropiarse de la festividad, sin entender de lleno sus cualidades. Jack perseguirá el regocijo con una interpretación siniestra de las pascuas, lo que lo llevará a reposar sobre los brazos de un ángel que adorna una lápida, una escena que nos recuerda a los clásicos vestigios artísticos, como la piedad de Miguel Angel. Entre lamentos, Jack confesará su verdadero delirio: las arañas, las calaveras y los sustos, asume que su error fue negarse. Cuando Jack se perdona y asume su cometido genuino, se libra del desconsuelo. En el reconocimiento íntimo Tim Burton encuentra la forma de otorgarle un sentido a la vida, con todo y sus contrariedades. Hay una recompensa en acoger a nuestros monstruos, los que nos inundan, nos exaltan, los que nos caracterizan y nos acompañan. Si Tim hubiera filmado dramas tradicionalistas no hablaríamos de él. Si hubiera comenzado a labrar su carrera guiado por otros directores, ¿sabríamos quién es? Tampoco es que haya encontrado en la excentricidad el éxito seguro, se trata de hacer, escribir, filmar lo que uno quiere, lo que reposa dentro de nuestro corazón, aun si es inelegible para el resto del mundo.



El talento de Burton no está dado por su facilidad para delinear personajes a un nivel superficial, si bien su ingenio estético es amplio, la razón de su éxito se halla en su capacidad de interactuar con el espectador mediante formas, que, expuestas de otra manera, no nos comunicarían la amplia gama de inquietudes por las que pasan las personalidades de sus protagonistas; quienes con su singularidad nos conmueven. Si hay que asumir que Tim Burton no es a partir de un género, aunque con el tiempo, claro, ha convertido su forma de hacer cine en una distinción. Si hay que abordarlo es a través de una escena en Edward Scissorhands, en la que Vincent Price, en medio de máquinas de apariencia humanoide y mecanismos elaborados, acerca una galleta con forma de corazón a una ellas, con una pista compuesta por Danny Elfman de fondo. Bajo la mirada de Burton, advertimos que existe una superficie dócil bajo el exterior afligido de la criatura que aguarda en las tinieblas; si nos es posible asumir que hay monstruos, aun en nosotros, habremos dado un gran paso.


Tim Burton habita una dimensión pasmosa y fantástica tras la personalidad marginal que marcó su adolescencia. Quizá sus personajes no entiendan los convencionalismos del mundo real, ¿pero quién sí? Muchas veces sólo nos sostenemos a ellos, a la deriva de la inclemente verdad. El cine desmitifica los sueños y los pone a nuestro alcance, de vez en cuando nos invita a algún páramo remoto, donde no existen los dilemas corrientes y cuya ronda nos adentra a los universos ocultos en la imaginación de grandes artistas, algunas veces hacia las alucinaciones en la cabeza de Tim Burton.



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Esta es la película de Tim Burton que debes ver si te consideras realmente peculiar.


TAGS: Clasicos del cine Ciencia ficcion
REFERENCIAS:

Alder Hugo Corona Amador.


Colaborador

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