Los personajes femeninos de Lars Von Trier
Cine

Los personajes femeninos de Lars Von Trier

Avatar of Melisa Arzate Amaro

Por: Melisa Arzate Amaro

6 de junio, 2014

Cine Los personajes femeninos de Lars Von Trier
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Por: Melisa Arzate Amaro

6 de junio, 2014

La democratización genérica del placer


¿Qué tienen en común: una mujer adicta al sexo que opta por aceptar y mantener su adicción, asumiendo que ello resquebrajará su vida y la condenará al solipsismo; una joven depresiva que, deliberadamente, se escabulle el día de su pomposa y aristocrática boda para encontrarse a sí misma y descubrirse como el eco de un planeta que se impactará contra la Tierra y la destruirá inevitablemente; una mujer que observa, durante el acto sexual, la inocencia con que  su pequeño hijo se lanza por la ventana en una noche invernal, dado que ella se ha asumido como una suerte de entidad de destrucción y muerte; una mujer que, presuntamente, huye de su esposo y se refugia en un pueblo donde es brutalmente abusada para luego cobrar venganza destruyendo la aldea, paráfrasis de Fuente Ovejuna envuelta en llamas; y una adolescente que descubre su feminidad al volverse parte de un club de jóvenes que rinden culto a la poesía subyacente en el poder de las armas y eligen enfrentarse a la autoridad e inmolarse para romper el frágil equilibrio del poblado y convertirse así en una especie de mártires neo-románticos?

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Todas, como el lector podrá concluir, son ecos de Lilith, el oscuro, oculto y mítico personaje hebreo que nunca se menciona en las Sagradas Escrituras, pero figura en algunas tradiciones judaicas como la primera mujer de Adán, la que renunció a su advocación exclusiva de la maternidad y, en su lugar, escogió el placer y la libertad. Lilith, al abandonar el Paraíso e instalarse en el deseo, el sexo infértil y la concupiscencia, quedó alojada en lo más recóndito de la mente occidental: se sumergió en el Mar Rojo de la razón, para siempre. Inspiración, en buena medida, de la figura de la femme fatale del siglo diecinueve, inmortalizada con igual pasión por la literatura romántica, los Prerrafaelitas y en México magistralmente retratada por Julio Ruelas como alegoría de aquello que obsesiona a la mente masculina al borde de la locura, su presencia se puede rastrear por todo el arte moderno y se halla presente aún en la post-vanguardia. Lilith, incluso, siembra su semilla en Eva aceptando la tentación de lo prohibido, en Judith degollando a Holofernes (tanto como en Artemisa Gentileschi convirtiéndose en la Judith a quien pinta incansable y violentamente, decapitando al general asirio de cuya garganta emanan prominentes chorros de sangre), en la Lolita de Nabokov, en la colegiala francesa de Marguerite Duras quien seduce al adinerado chino con su virginidad, en las chicas malas de David Lynch y, sin lugar a dudas, en los personajes femeninos que apuntalan el cine de Lars von Trier.

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En los casos antes mencionados, y concretamente en la filmografía de Lars von Trier (de quien al principio se aludieron los personajes protagónicos de Nymphomaniac, Melancholia, Antichrist, Dogville y Dear Wendy), aquellas mujeres que son antítesis de María la Virgen y de todas las diosas que se identifican con la tierra, la fertilidad, la maternidad, los ciclos y la regeneración vital, sufren profundamente. Si bien han optado por el disfrute de sí mismas y de su cuerpo, han elegido la embriaguez de la experiencia placentera y se han arrojado a un vacío donde no sólo propician mecánicamente el deseo masculino, sino que asumen su propia satisfacción y comandan la acción sexual, ello las ha confinado a la soledad producto de la censura social. Sus “reprobables” actos perturban las mentes de quienes las rodean, ponen en crisis el orden establecido y evidencian la fragilidad del equilibrio institucional, en el entendido de que la sociedad no es más que una magna institución conformada por un cúmulo de organismos destinados a imponer el control a través de la vigilancia y el castigo sobre todo de aquello que garantiza su adecuada perpetuidad: la mujer, de quien se espera la procreación, educación moral, disciplina anatomopolítica y transmisión de estándares biopolíticos. En consecuencia, su renuncia al canon y selección del libre albedrío desvela los intersticios del edificio social, los huecos por los que se cuelan el deseo y la prohibición, tras lo cual colapsan las estructuras adyacentes y deviene la tragedia.

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Ellas, escondidas en sitios recónditos (bosques, fábricas abandonadas, callejones, pueblos perdidos, habitaciones oscuras y áticos lúgubres) que Las von Trier selecciona para ser metáforas de la profundidad inexplorada del ser y, sobre todo de lo femenino, expropian las latentes pulsiones sexuales antes reprimidas. En el acto, encuentran la fuerza ontológica del volcán interior donde se halla la energía más esencial y primigenia, ahí donde se produce y ejerce el deseo para convertir los vestigios del mismo en abono deseante. No se trata de elaboraciones y tensiones eróticas provistas de una semiótica moral, sino de una efervescencia sexual que transgrede los límites de su contención, exime las resistencias y convierte al cuerpo en el redondel en el que se origina y satisface el placer: los pliegues, orillas, estratos y fragmentos de la piel conforman un nuevo sistema sígnico fenomenológico, carente de reglas y revestimientos. En los albores de la oscuridad, Von Trier colma a estas deidades periféricas y medúseas, de atributos con los que confirma su gusto por los objetos otrora industriales y la parafernalia que muta su objetivo primario para constituirse como un nuevo signo totalmente inesperado: máquinas cortadoras, pistolas, cuerdas, fuetes, anzuelos, aros, aceros oxidados y maderas podridas se unen a las furtivas locaciones para construir ambientes sórdidos que parafrasean el subrepticio interior de los personajes.

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Así, el placer, en general infértil y que cuando llega a engendrar las conduce a aniquilar o abandonar, niega la exclusividad del acto sexual como vehículo reproductivo y al compás de la potente musicalización de cada filme pregona la victoria del disfrute como cumbre de la existencia y la libertad. El orgasmo se convierte, pues, en una experiencia lumínica, una revelación tanto como lo fue el éxtasis para la Santa Teresa que Bernini hiciera retorcerse en el lecho barroco, ardiente, al mando de su propio disfrute y dueña de su satisfacción. El placer es pues, en los personajes de Von Trier, revelación, transfiguración y epifanía: luz y conocimiento ontológico supremo. El disfrute del sexo, pues, les revela el mundo a los personajes femeninos de Lars Von Trier. Al ejercer abiertamente ese derecho, en renuncia al esquema tradicional, democratizan el placer. Empero, pareciera que el escritor y director las castiga tras permitirles la emancipación libidinal, pues el ostracismo se convierte en el menor de sus males, comparado con la violación, la mutilación genital, el asesinato e, incluso, el cataclismo que destruye al planeta. Es probable, sin embargo, que lo que verdaderamente deviene en los filmes emancipatorios de Lars Von Trier va más allá de la simple idea del escarmiento, que podría interpretarse, incluso, como un gesto misógino. En su lugar, posiblemente lo que parece un final punitivo, constituye mas bien una consecuencia de la propia iluminación antes referida: el placer les ha abierto a estas mujeres la mente, les ha expuesto un conocimiento total que va más allá del saber enciclopédico o teórico para permitirles sumergirse en lo más profundo de la existencia. En tal manifestación, sin embargo, el placer también ha desenmascarado frente a sus ojos lo más terrible del ser humano: el odio, el rechazo, la venganza y la indiferencia. El dolor ante aquella faz recién descubierta las obliga a desaparecer y optar, ejerciendo su libertad una vez más, por la muerte o el distanciamiento, de cara a continuar la exploración y no sucumbir a la represión. Su destino es pues, más que un castigo, la práctica absoluta de su albedrío. Los personajes femeninos de Lars von Trier son, por ende, las próceres fílmicas de la libertad y el placer.

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Referencias: