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6 mujeres de las que podrías enamorarte pero sólo existen en las películas

3 de noviembre de 2017

Dani Gus

La mayoría hemos tenido alguna vez en la vida amores platónicos. Esos amores que ansiamos encontrar y que duren toda la vida. Esos amores perfectos que parece es lo único que nos curará del daño que las malas experiencias nos han dejado. Esos amores que soñamos todos los días. Esos amores que sólo se encuentran en los libros y en las películas.


“He conocido a siete mujeres en el cine, he conocido a siete mujeres que no existen”, canta alguien en un bar mientras afuera las calles sórdidas repletas de automóviles y fantasmas nos recuerdan que la vida real es distinta. La canción sigue: "Mía, Selina, Scheherazada y también, Anna Karenina, Thelma y Louise, y una francesa, sí, que llamaré Amelie"... Si también te has enamorado de una ilusión, te compartimos a las seis mujeres a quienes podrás encontrar sólo en la fantasía:





1. Mía Wallace



La esperas, sentado en los bares donde los amigos se van uno a uno —tal como sucede con los años—, o donde el dinero se consume demasiado rápido. Te quedas, porque tus sombras son un poco más extensas que las suyas. Entonces llega. Figuras que vienen envueltas en luz, pero son sombras todos los pliegues de su ropa. Si es delgada, es ella. Puede fumar o no fumar, o traer su pelo como Coco Chanel. Si se sienta a tu mesa, la invitas a un trago. Ella ya lo tiene en mente. Convierte tu lengua en una máquina de ficción, asustada, trata de perderse en el laberinto que su lengua siempre sincera. Si lleva camisa blanca, es ella. La soñarás descalza. Puede que al final de la noche, si aún te acompaña, observes alguna que otra marca, algunos detalles y conjetures una impostura. Pero sólo es tu pared la que se derrumba; así, su resplandor se vuelve un cuerpo real. Deseas ayudarla, pero no quiere. Además, no sabes cómo. Luego ella se va y te sientes desdichado. Esperas volver a verla...



2. Selina Kyle



Suele estar por el centro de la ciudad, en invierno, con una carpeta bajo el brazo. Siempre camina apurada por el borde de la acera. Todo en ella tiene entre 30 y 40 años, sin importar su cronología. Según parece su jefe la maltrata, sus compañeras se ríen de ella. Supones, entonces, que algo debe haber en su aura, porque la gente insignificante siempre se ríe de la gente magnética. Si nos pusiéramos rigurosos podríamos decir que el aura es un objeto de la parapsicología; que todos somos insignificantes, como también ella, pero no queremos ponernos rigurosos esta vez —y de esto se trata también, el amor—.Vive en un edificio de departamentos sin ascensor y las paredes no tienen revoque. Rodeada de gatos. Resulta que esto nos parece una imagen baladí, pero cada gato no es para ella un símbolo de soledad, sino un fragmento de su mente dispersa. Cuando los junta, se enciende como una pequeña lámpara. Caminas con las manos en los bolsillos y puede que llueva, pero no hay una excusa ni razón para tocarle la puerta. Así que te dejas llevar y esperas cruzarte a la otra Kyle, quien flota en su gabardina del Marques de Sade. Es por eso que has estado saliendo los fines de semana —seas hombre o mujer—. Lo deseas tanto como ella y como, según el concepto hindú, bastan dos para que un deseo se concrete, aparecerá en mitad de la noche. Pero nunca estarás seguro de que no fue un sueño. Recordarás su lengua, sí, y el muérdago. Ya no habrán de parecerte tristes ciertas cosas insípidas, y un tropel de payasos podrá guiarte hacia la absoluta melancolía.



3. Scheherazade



Si ven a la hija del gran visir Shahriar, Scheherazade, quizás en la extensa procesión de la virgen de Guadalupe, como se le ha visto disfrazada de francesa en Buenos Aires. A ella le encanta el disfraz. Si la dejas hablar, será tímida al principio. Podrá decir, por ejemplo, sólo nada sé; una falsa modestia que ya nos hablará de Sócrates y su escriba Platón, es decir, una falsa modestia que nos llenará de gracia. Si la dejan hablar un poco más, lenguas de dragón se enroscarán desde su boca frágil hasta erguir castillos y ninguna cosa volverá a ser la misma. Pueden ir a pasear por el gran mercado. Allí, de mañana, la encontrarán seguro, junto al olor de las frescas manzanas. El gran Sultán sanguinario, caprichoso, la ha escuchado. ¿Por qué no lo harías tú? Eso sí: nada garantiza que esté contigo mil noches —el número de la eternidad—, ni que, luego de transcurrido el lapso eterno, aún permanezca contigo. Mejor así. Las cosas toman forma y se asientan en el patio trasero del olvido.


4. Anna Karenina



No tiene cara de actriz británica. En realidad, es una muchacha de baja estatura, blanca, de rulos y aspecto rebelde, semejante a Spektor (Regina). Resulta que hará unas diligencias y termina con el tipo inadecuado. A la larga, el marido, un tipo algo mayor, se enterará. Todo es un ir y venir entre uno y otro, y la telaraña se teje sola. Intempestiva, no podría tener la paciencia suficiente para adquirir ningún veneno, ni ser tan etérea como Kawabata (*), que se desvanece frente a la ventana, a metros de las olas que rompen en las orillas. Ella entiende al amor como una afirmación. Él se resigna. ¿El tercero? Bueno, ahí está. Quieres ser ese otro, el tercero que mira de afuera como Dios a un tablero de ajedrez, pero eres el marido.


5. Louise



Si Louise te envía un WhatsApp y te pide salir un fin de semana, entonces eres Thelma. Si un día te las encuentras juntas es tu oportunidad para cometer un delito e irte a otro país. Lo más probable que ocurra es que estés con un amigo o amiga, o pareja, en medio de la carretera. Hacen señas a un coche, y es un Ford descapotable. Aceptan llevarlos a un trecho. Todo parece normal. Se cruzan un par de preguntas. Entonces, de la nada, todo comienza a suceder ante sus ojos.

—¿De dónde vienen?

—De asesinar a un hombre.

—Era un cerdo —dice Louise.

—¿Y a dónde van?

—No sé, sólo vamos.

—¿Y si acaban muertas? —Louise mira a Thelma.

—Es una posibilidad.

A pesar de que tu vida marcha por los carriles asegurados hacia ninguna parte, sólo puede parecerte atractiva aquella idea; es como el desliz de un sentimiento impropio al asomarse a un risco. Todo aquello que parecería horrible que te sucediera —huir como un delincuente, la perspectiva del suicidio feliz—, comienza a incomodar en tu cuerpo, a parecerte familiar. Miras a tu acompañante, pero cuando quieren decir algo, ya están en tierra; el coche se ha alejado de sus vidas, como una bofetada.


6. Amelie Poulian



Todo suena prometedor. El café de cerca de tu trabajo es tal vez idéntico o muy similar al "Café des 2 moulins", donde Amelie trabaja. Los personajes que allí concurren tienen la diversidad exacta y el número de arquetipos coincide. Tú eres un Bukowski. No por nada especial; no bebes mucho, ni apuestas a los caballos, ni escribes, pero tu desdicha parece ser la misma. Si te esfuerzas un poco verás que ni siquiera tu desgracia es un lago muy profundo, sino un cauce serpenteante en busca de la felicidad pasajera, una flecha sin rumbo; sin embargo, las coincidencias son muy llamativas. Incluso el anciano que vive al lado de tu departamento es tan frágil que no sale por miedo a que el viento lo desarme —y sospechas cuanto desea que el viento lo desarme—. Es seguro que se trata del hombre de cristal. Todo está donde debe estar. Amelie Poulain, con sus ojos amplios, su alegre tristeza y su timidez como hojas de roble americano aferrados a sus pies, debiera de estar. Debiera salir de la barra y traer el café. Pero en su lugar hay una muchacha seria, en realidad de baja estatura, menuda, como los almohadones baratos de la tienda de a lado, parece tener la cabeza en otra parte. ¿Dónde? Pero su acento no es francés, sino autóctono. Eso te lleva a observar otras diferencias, como si compararas un reflejo en dos ríos distintos. Dices “otra será”. La descartas y bebes. Olvidaste que Amelie no existe, que siquiera Charles era Bukowski, que la vida se consume como el café; néctar divino. No hay otro néctar posible aquí.


Ahora eres Amelie Poulain. Vienes y vas por el café con la cabeza en otra parte. Notas cómo, increíblemente, tu cabeza habla desde otro sitio, húmedo pero agradable, y nada tiene que ver con aquel cuerpo menudo que sostiene bandejas. Ves cómo un sujeto desaliñado y algo ridículo te mira y piensas: este sujeto cree que es Charles Bukowski. "Pobre", te dices. Ahora, como tu plan de momento es enfocar tu deseo en ayudar a estrafalarios desconocidos, tu cabeza comienza a argüir algún truco. Mas al llegar a la mesa, el “viejo Charles” se ha ido muy rápido. ¿Qué haces luego? Ya no se sabe. Tu mente vuela lejos y no hay forma de alcanzarla. Sólo se te ve perderte en la cocina mientras tu cabeza divaga sobre el cine y rememoras películas; se te ocurre la idea de que una mujer como Scarlett Johansson no puede existir...



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En la Historia también existieron mujeres que nunca fueron amadas, por ello, te compartimos estos poemas si nunca te has enamorado.


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(*) Yasunari Kawabata, premio Nobel de Literatura.

TAGS: Amor de tu vida Mujeres
REFERENCIAS:

Dani Gus


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