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Las estafadoras que planearon uno de los robos más grandes en Nueva York

13 de junio de 2018

Aglaia Berlutti

¿Podrá "Ocean's 8" —con un elenco completamente femenino— superar el éxito de sus predecesoras?



Cuando el elenco entero de una franquicia exitosa cambia de género, suelen ocurrir dos cosas: despertar una rechazo inmediato o prudente expectativa. En el caso de Ocean’s 8 no ha ocurrido ninguna de las dos cosas, y quizá se deba a que la película se cuida muchísimo de usar a su elenco íntegramente femenino como principal centro de atención. Sí, es una película llena de mujeres talentosas, hermosas e inteligentes haciendo de malhechoras; pero la película no parece muy interesada en el género de sus protagonistas, sino en comprender qué ocurre dentro de este disparejo grupo de ladronas de especial astucia. El resultado es una película equilibrada, con más puntos altos que bajos, que sobre todo juega con la neutralidad como base inmediata. Al poco de comenzar la acción, el director logra hacernos olvidar que se trata de una película en la que la mayor parte del elenco son mujeres, y enfoca el interés en sus argucias y tropelías. Un acierto que parece ligero, pero que en realidad sostiene toda la acción.


La película tiene estupendos precedentes. Al director Steven Soderbergh suele crear obras fílmicas marcadas por estupendos diálogos, una inteligente versión de la realidad —esa alternativa fría y distante que parece encapsular a sus personajes en mundos emocionales complejos— pero, sobre todo, su habilidad para mezclar tramas que en apariencia tienen poco en común. En el año 2001, el director llevó a la pantalla grande Ocean’s Eleven, quizá su primera película comercial, y demostró que su habilidad como creador de mundos privados y nítidos era igualmente efectiva en algo mucho más ambicioso, ligero y comercial. Por supuesto, ya había un anuncio de lo que el director podía hacer con el material adecuado. En 1998, Out of Sight se convirtió en una rareza de enorme elegancia fílmica, con su mezcla de tensión sexual y ágiles diálogos, lo que demostró que Soderbergh estaba preparado para una aventura mucho más grande. Ocean’s Eleven fue un acierto tanto en la atmósfera como en la forma de elucubrar sobre los pequeños grandes espacios de la comedia y una osada manera de contar una historia inverosímil, con un pulso preciso e inteligente que convirtió al filme en un éxito taquillero y de crítica.





Como era de esperarse, el éxito se tradujo en una secuela y en el 2004 llegó a la pantalla grande Ocean’s Twelve, y posteriormente Ocean’s Thirteen (2007), carente del brillo de su predecesora, pero con la misma ingeniosa capacidad para retratar a este grupo de fantásticos y adorables embaucadores. De nuevo, el elenco parecía disfrutar de un gran chiste privado que se traslucía en pantalla, y Soderbergh de la libertad de convertir la trama en una serie de eventos incomprensibles que terminaban combinados en una historia astuta y levemente cínica. La película no tuvo un notable éxito, pero dejó claro que la fórmula podía funcionar; pero además tenía la capacidad para reinventarse una y otra vez, como una versión de la realidad concebida para ser una gran trampa audaz en la que el público parecía caer con enorme regocijo.





Por supuesto, en una época plagada de remakes y reboots de franquicias exitosas, las aventuras de Danny Ocean no podían evitar regresar a la gran pantalla, reformuladas y reconstruidas para una audiencia distinta, pero intentando conservar esa rara complejidad extrañamente perspicaz que convirtió las películas anteriores en clamorosos triunfos. No obstante, en esta ocasión, Soderbergh sólo es uno de los productores —y al parecer sin demasiada influencia en el resultado final—, y la dirección se encuentra a cargo de Gary Ross, conocido por su sobriedad y cierto esquema clásico en sus puestas en escenas. Director de filmes tan disímiles como Pleasantville hasta Seabiscuit, pasando por The Hunger Games y Free State of Jones. Ross está acostumbrado a los grandes presupuestos y a las estrellas de renombre, pero su ojo fílmico carece de esa intuitiva audacia que hizo famosa a la serie de películas sobre la banda de tramposos carismáticos que Soderbergh convirtió en una fórmula infalible. Al contrario, la dirección de Ross parece fría y distante, y sobre todo, lamentablemente plana, envuelta en una cierta percepción sobre lo inaudito que no logra celebrar la chispa e inteligencia cínica que llevó a Ocean y su equipo al éxito instantáneo. Aun así, Ross se esfuerza y al contrario de las pesimistas predicciones sobre la necesidad de la mano de Soderbergh para crear una visión inteligente sobre el remake, Ocean’s 8 sorprende por lograr un cierto equilibrio entre la inevitable herencia de los conocidos éxitos de la franquicia y algo novedoso que, al menos al principio, resulta refrescante por su cualidad experimental.





Para la nueva aventura de la pandilla de ladrones, Ross decidió crear una atmósfera que recuerda por momentos el desenfado de Soderbergh; pero sin su rigurosa versión sobre la camaradería de un clásico instantáneo creado para beneficio del carisma de su elenco; y es a pesar de que los nuevos rostros tienen el suficiente potencial para sorprender y encandilar de inmediato. Con tres ganadoras y una nominada al Oscar, una ganadora del Grammy, otra de un Emmy e incluso un SAG, la historia parece apresurarse para mantenerse a flote en medio de la rara combinación de talento y carisma que sostiene con cierta dificultad. El grupo tiene una especial química que brinda a la película un aire ligero, pero que además permite una conexión emocional entre un equipo disparejo que, en manos de actrices menos hábiles, podría haber resultado poco convincente. Ross no logra con tanta elegancia como Soderbergh amalgamar a este extraño grupo de ladronas y estafadoras, pero tiene el suficiente buen tino para combinar las diferentes personalidades en un todo intrigante y, por momentos, realmente divertido.


Claro está, la película no desmerece su origen y de inmediato establece la conexión con la serie anterior. Sandra Bullock es Debbie Ocean —hermana de Danny, fallecido en circunstancias poco claras— que al parecer tiene una vida delictiva prolífica y peligrosa. Durante las primeras escenas de la película, Ross deja muy claro que esta mujer hábil, singular y práctica es quien llevará la carga de lo que sea que vendrá a continuación. Bullock parece en su elemento y brinda una actuación desenfadada y cínica. Camina por la ciudad robando y haciendo pequeñas trampas de efecto, que demuestran su habilidad, pero también una pequeña dosis de picardía que parece un homenaje disimulado al personaje de Clooney. De inmediato, queda muy claro que el personaje no tiene la menor intención de llevar una vida corriente, y ya durante los primeros 10 minutos ha cometido quizá la mitad de los crímenes que la llevaron a las rejas. Miente, roba y se reúne con su antigua compañera en el crimen Lu —una misteriosa, socarrona y deliciosa Cate Blanchett. Por supuesto, Debbie tiene un plan, uno que hace necesario un equipo de expertos que deben lidiar con todo tipo de pequeños obstáculo; de forma que el dúo original termina reclutando a una hacker adicta a la marihuana —Rihanna, con una actuación por momentos en exceso artificial—, una diseñadora de modas que parece constantemente al borde del colapso nervioso —Helena Bonham Carter, repitiendo de nuevo sus tics habituales—, una experta en joyería con problemas domésticos —Mindy Kaling—, una carterista callejera de envidiable habilidad que tiene la capacidad de ser lo bastante discreta para pasar desapercibida —Awkwafina—, y una tímida Sarah Paulson, que completa el equipo con su presencia nerviosa y levemente neurótica, pero también experiencia estratégica. El objetivo del equipo será lograr que la estrella de cine Daphne Kluger —interpretada por una magnífica Anne Hathaway, quizás en uno de sus mejores papeles— lleve el collar Cartier durante la Gala Met del año, momento en el equipo actuará a pleno potencial.





Quizás es Hathaway quien más sorprende en medio del desfile de luminarias de extraordinaria belleza y talento. Convertida en una narcisista y ególatra metáfora sobre lo femenino en Hollywood, convierte su personaje en algo divertidísimo e incluso político. La actriz no se toma en serio a sí misma y crea un registro sobre la feminidad moderna —o al menos, como los medios la comprenden— a través de una serie de guiños y tics de enorme inteligencia. Con su amplia sonrisa maliciosa, Hathaway atraviesa el guión como una bocanada de aire fresco, y es quizás uno de los pocos elementos realmente originales de una historia contada muchas veces.


El primer tramo de la película encandila por su buen hacer, rapidez y agilidad; pero tal pareciera que Ross no puede sostener el ritmo todo el rato. De pronto, la película se desgasta en escenas clichés sin mayor relevancia, y avanza a tropiezos en donde antes lo había hecho con enorme buen gusto. Tal vez se trate que se echa en falta la pulida visión de Soderbergh sobre la belleza —el director suele convertir escenas en apariencia poco importantes en extraordinarias expresiones estéticas—; o que Ross no logra imprimir personalidad, lo que resulta que algunas escenas tengan un cierto aire insípido y aburrido. A pesar de que la guionista Olivia Mich —que firma el guión junto al propio Ross— intenta brindar un tono fresco y divertido, no lo logra del todo. Hay una notable falta de chispa y humor que hace que la película tienda a tomarse muy en serio y convertirse en una extraña mezcla de aventura poco consistente. La mezcla no resulta comprensible y la tensión termina rompiéndose en algo trivial y carente de verdadero sentido. Tal vez se deba a que el grupo no se enfrenta a verdaderos obstáculos —o todos se resuelven en cuestión de minutos sin mayor trascendencia. Cualquiera que sea el caso, la película decae hasta volverse predecible, simple y hasta tediosa. Quizá lo más lamentable es que es una película que pudo ser una oportunidad extraordinaria para jugar con ideas más audaces e inteligentes.





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Aglaia Berlutti


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