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"12 hombres en pugna": la película que muestra por qué nuestras decisiones siempre tienen consecuencias

9 de febrero de 2018

Javier García Leal


Todas las imágenes de los encuadres nacen iguales y libres: el filme no es más que la historia de su opresión.

J.L. Godard



Un filme muestra aquello que a juicio de su creador necesita ser mostrado. Cada encuadre de una película esconde seis porciones más del espacio: lo que se encuentra a su derecha, a su izquierda, arriba, abajo, detrás de la escenografía y a espaldas de la cámara; de manera que es todo un mundo que se deja afuera. Cuando la información mostrada es insuficiente, el espectador, ávido, querrá más y la realidad fuera del encuadre será insistente; sin embargo, a veces sólo es necesario ver aquello que se muestra a pesar de lo limitado que sea el espacio construido en la pantalla.


Es el caso de 12 hombres en pugna, una película de Sidney Lumet de 1957 que goza de una especial virtud: atrapa al espectador a pesar de desarrollarse casi por completo en una sala de deliberación. Sólo hay movimientos cortos de cámara, primeros planos, un guión extraordinario y actuaciones soberbias, a la altura de las circunstancias. 



Luego de un plano-secuencia en el que la cámara se pasea por los pasillos del edificio de tribunales newyorkino y entra en la sala de juicio, se muestra por breves segundos al acusado. No parece ni culpable ni inocente. No hay información alguna como para hacerse una idea de su responsabilidad en el crimen y, lo más importante, para sentir lástima por él. Entonces se ve la sala de deliberación cual campo de batalla de donde la cámara no saldrá, sino hasta un par de minutos antes de terminar la película, y sitio en el que el jurado debe decidir si ese joven de 18 años es culpable o inocente de haber asesinado a su padre.


Los 12 miembros del jurado estarán sometidos a pruebas de distinta naturaleza, individuales y colectivas, físicas y psicológicas. El calor agobiante del verano sofocará a jurado y espectador, que Lumet decide sentar en la mesa de deliberación y lo convierte en el miembro 13 del jurado. Desde allí se escudriñará en el carácter del ser humano, en sus defectos y virtudes, en sus miserias y prejuicios.


Basado en un guión para televisión y con corte marcadamente teatral —sobre lo cual hay evidencias claras a lo largo de los 96 minutos de duración—, la obra complementa la intimidad de los miembros del jurado con cerradísimos primeros planos, como en un western a la hora del duelo. Y es que cada uno de ellos es una muestra fiel del hombre moderno. Los estratos sociales están bien representados con todo lo que ello implica. Al mismo tiempo, se plantea el conflicto sobre el uso de la razón o la emoción: hacer lo que se sabe que es lo correcto —a lo Kant— o convencerse, más que a los otros, que el veredicto es el adecuado. Es en esto cuando quedaremos sorprendidos de la manera en la cual llegan a justificarse ciertas decisiones o qué tan a la ligera se toman otras.



Al final de la cinta, y después del veredicto, la cámara se despide con otro paneo lento sobre la sala. El campo de batalla luego del enfrentamiento queda con despojos, evidencias de violencia y de lucha. Pero la gran paradoja es que lo que menos importa es el resultado del juicio, que funciona sólo como un vehículo para llegar a destinos más trascendentes. Podríamos decirle ahora mismo el destino del chico acusado —cosa que no haremos— y usted sería cautivo de la película con igual intensidad. Sidney Lumet alcanzó cotas altísimas con este trabajo, entre otras cosas, ya que mostró lo necesario, como hacen los buenos seductores.



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TAGS: Recomendaciones Thriller psicologico Clasicos del cine
REFERENCIAS:

Javier García Leal


Colaborador

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