La película que nos enseña que después de que el amor termina, la calma llega luego de la tormenta

Lunes, 10 de julio de 2017 8:07

|Luis Fernando S

En medio de personajes de cómics, secuelas o robots que crean un universo y demuestran la añoranza de tiempos mejores comparados con los actuales de crisis, la película “Después la tormenta” (2016), dirigida por el japonés Hirokazu Koreeda, es una opción que nos enseña una realidad más cercana, simple, pero con un mensaje profundo que nos recuerda la brevedad de las cosas.

 Ryota (Hiroshi Abe) tiene 52 años y es autor de un libro poco exitoso; trabaja como investigador en una empresa pequeña en la que hacer fraude es fácil. Además de que su vida es un caos, sufre uno de los problemas de adicciones más comunes en Japón: las apuestas.





Aunque no sólo es un detective de segunda mano corrupto, también es padre de un niño de 11 años de nombre Shingo. Separado desde hace algún tiempo, Ryota intenta recuperar su antigua vida por medio de sus pocos recursos.

Un personaje inspirado en el de David Duchocvny en “Californication” o Robin Williams en “Papá por siempre”; la diferencia es la sencillez y el toque de la cinematografía japonesa que sirve como elemento enriquecedor para la construcción de este tipo de padre.





La madre de Ryota es una anciana viuda que vive sola en un departamento. De vez en cuando es visitada por su hijo, quien floreció tarde. La mujer toma clases de apreciación musical con la intención de entender las obras de Beethoven, esto con el fin subconsciente de impresionar a su profesor, quien representa los sueños perdidos y un mundo más allá del que tuvo con su esposo, que de igual forma era un apostador y su única virtud era su buena letra. Esto se ve reflejado en el también único talento de su hijo: la buena gramática; algo destacable a pesar del río de morosidad en la que están ahogados todos los personajes de la cinta.

Cuando Ryota se entera de los planes de su exesposa para olvidarlo y continuar con su vida, él no puede dejarla ir. Así que decide hacer un intento de algo ingenuo y patético al usar una tormenta como pretexto, para que su hijo y ex deban pasar la noche en casa de su madre. Esta situación desemboca en un momento incómodo y risible para el espectador; durante la tormenta existen instantes de desesperación, pero su hijo se convierte en el elemento restaurador de la historia.





El padre comparte un recuerdo de su infancia con Shingo, lo que provoca que creen su ojo del huracán. Por unos momentos parecen no estar rodeados de viento ni de agua, así que se dirigen a unos toboganes cercanos para admirar el paisaje de la noche en la que se encuentran de nuevo con la tormenta.

La madre de Shingo terminará uniéndose al juego bajo la lluvia, recordarán experiencias buenas cuando los tres estaban juntos; en el fondo desea regresar con el padre de su hijo, pero sabe que sería una elección equivocada.

Hacia el final de la trama, se muestra un discurso inigualable sobre el significado del amor. Y como todo, la tormenta termina, el sol sale y la vida debe continuar su curso; se nos entrega un bella metáfora sobre cómo combatir la tempestad cotidiana a la que siempre nos enfrentamos, pero a pesar de esto esa extraña tranquilidad llega a su cauce.



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REFERENCIAS:
Luis Fernando S

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