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"Lady Bird", la película perfecta para entender la angustia existencial

6 de diciembre de 2017

Aglaia Berlutti

"Lady Bird" recibió una puntuación perfecta de críticas positivas en la página web Rotten Tomatoes —el mítico “100% fresco”.



La mayoría del público escuchó por primera vez el nombre de la singular película Lady Bird cuando recibió una puntuación perfecta de críticas positivas en la página web Rotten Tomatoes —el mítico “100% fresco”. El debut como directora en solitario de la actriz Greta Gerwig tiene algunos meses en el centro del debate, el interés y los buenos augurios en el comienzo de una temporada de premios que se muestra más reñida de lo habitual. La eventualidad del consenso de la crítica acerca de las bondades de la obra de Gerwig parece ser el último escaño en medio de un debate sobre si esta pequeña obra de arte se convertirá en el gran suceso de la venidera entrega del Oscar o quedará como una curiosidad menor. Para bien o para mal, Lady Bird se ha convertido en un inesperado suceso pop que apuntala no sólo un sensible relato sobre el talento, el amor y la fe, sino sobre lo que la fama puede ser. Como si se tratara de un reflejo inesperado de su cuidado argumento, la repercusión mediática de Lady Bird analiza de manera involuntaria la noción sobre el poder de la popularidad, la búsqueda de los sueños y el éxito y sus implicaciones. Una metáfora sutil sobre el mundo moderno.

 




Por supuesto, el éxito entre la crítica ha demostrado que Lady Bird es algo más que una novedad fílmica. Los grandes estudios todavía no muestran sus mayores apuestas de vista al Oscar y quizá por ese motivo el brillo de Lady Bird se basa mucho más en su cualidad como obra de autor que en cualquier otra cosa. Con su aire urbano, levemente decadente y melancólico, Lady Bird analiza el Reino Californiano blanco de clase media baja que refleja con gran sensibilidad; pero también lucha contra el inevitable localismo y convierte al filme en una perspectiva mucho más amplia sobre los vericuetos de la fama y el dolor emocional. Apasionada y realista, pero también intimista y profundamente sensorial. Lady Bird reflexiona sobre el desarraigo y la soledad moderna. El resultado es un análisis certero sobre lo que consideramos culturalmente valioso, pero también un meditado reflejo sobre lo contemporáneo. La especificidad de Lady Bird no parece ser un problema para elucubrar sobre el mundo moderno y sus pequeñas visiones sobre el bien y el mal, la pobreza, la ternura, el poder del talento y la tristeza de una sociedad vacía y confusa sin una percepción clara de sí misma.

 




La película resulta en una alegoría sobre las pequeñas batallas personales, convertidas en reflejos inexactos de los dolores de una década marcada por la angustia existencial. Gerwig analiza todo lo anterior a través de su protagonista, Christine “Lady Bird” McPherson —interpretada con enorme sensibilidad por una Saoirse Ronan—; un espíritu libre, brillante, incómodo y ambicioso, pero también lleno de inseguridad que metaforiza la ambigüedad de la fama y a una sociedad con prejuiciosos matices. A primera vista, Lady Bird parece una fina y sensible descripción sobre las presiones económicas y los sustratos en Sacramento, California; pero en realidad pondera sobre los sufrimientos de la marginación y también la búsqueda del ideal como percepción coherente de la identidad colectiva. La pobreza, la riqueza y las diferencias sociales se muestran en Lady Bird a la manera de las grandes obras enraizadas en lo personal como motivo del discurso creativo. Rara vez, Hollywood reflexiona sobre las diferencias sociales en medio de los suburbios tradicionales en las ciudades emblemáticas de EEUU; y Lady Bird lo hace sin sucumbir a la tentación de lo local. De hecho, la película tiene un curioso tono universal que termina por conmover y desconcertar.

 




Pero más allá de eso, Lady Bird es una curiosa mezcla de lo íntimo y el espectáculo; el humor inteligente y una cierta reivindicación de la mujer que no llega a ser del todo sermoneador. En Lady Bird la mujer es protagonista y que nadie lo dude; desde la cita de Joan Didion en los créditos de apertura hasta la férrea personalidad de su personaje principal, hay una percepción sobre el género tan fresca y moderna que resulta por momentos asombrosa. Nada en Lady Bird es completamente casual y mucho menos carente de significado. Quizás esa sinfonía de pequeñas ideas concentradas y elaboradas sobre la percepción de la individualidad sea uno de sus mayores logros.

 

Claro está, Gerwig asumió el hecho de construir un discurso cinematográfico como antídoto a la feroz “cultura Trump” del prejuicio y la misoginia. El resultado es modesto, pero también brillante en su manera de analizar el prejuicio desde una perspectiva suave pero sobria. Lady Bird no busca moralizar ni tampoco señalar falsas culpabilidades sociales. Se trata de un manifiesto sobre la diferencia, pero no sobre el prejuicio que nace de ella. Es un logro de pura amabilidad argumental. Para la directora, es evidente que EEUU necesita comprenderse a sí mismo desde el reflejo de sus pequeños dolores. De manera que en ocasiones, la película tiene cierto aire diminuto e intimista que puede desconcertar a un público acostumbrado a la estridencia del cine comercial y a las aparatosas puestas en escenas que llenan la pantalla actual. Hay algo en Lady Bird que se asemeja a una gran postal melancólica, un homenaje a nuestras sensibilidades perdidas.

 




El centro de toda esta reflexión calidoscópica sobre la época y sus bemoles es la propia Lady Bird; protagonista imprudente, problemática, con una efusiva necesidad de encontrar el centro mismo de su individualidad. El personaje sostiene la trama entera desde un punto de vista muy duro sobre la soledad y la reflexión intimista. Muy lejos del melodrama, la noción sobre la juventud de la película tiene más relación con la comprensión de los dolores existenciales personales que con el estereotipo habitual en el mundo cinematográfico. Gerwig aborda lo irremediable del crecimiento y el trasbordo de la juventud desde una improbable combinación de autoconfianza y seguridad; pero sobre todo, la sensibilidad de una adolescente atormentada y sacudida por su propia identidad imprevisible.

 




La directora elabora un retrato del adolescente promedio sin que deje a un lado la percepción idealista de la realidad, pero también la hipocresía ególatra propia de los muy jóvenes. Una combinación única de impulso contradictorio que hace del punto de vista de Gerwig sobre la juventud, una búsqueda reflexiva del tiempo personal y sus infinitas variaciones. Aguda, sardónica y también angustiante, Lady Bird encuentra en sus momentos más discretos una justificación potente de su propuesta y honra el absurdo cotidiano como telón de fondo. Un experimento argumental que de haber sido dirigido por alguien que no fuera Greta Gerwig, podría haber resultado sermoneador, pero que la directora transforma en pura poesía visual y narrativa con un agrio toque de autocrítica.


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TAGS: Cine de arte Mujeres crítica cinematográfica
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Aglaia Berlutti


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