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"Phantom Thread", la película que retrata las dolorosas relaciones de poder entre hombres y mujeres

9 de enero de 2018

Aglaia Berlutti

La cinta parece una de versión elegante y refinada —pero igualmente dura— del mundo que habitan los Weinstein y los Kevin Spacey de nuestra época.



A menudo, el arte es una correlación entre el bien y el mal social convertida en lenguaje conceptual. Una noción extraordinaria que el director Paul Thomas Anderson conoce y ejecuta con especial habilidad. Sus películas suelen meditar desarraigo, el dolor existencial y algo muy cercano a cierta soledad amarga. Para ello utiliza elencos corales que, de alguna u otra manera, expresan ese dolor colectivo en un profundo análisis de este desarraigo en nuestra época. Con frecuencia, esa perspectiva crea una rara conexión emocional entre el público y sus dramas, casi todos enfocados en cierta angustia íntima, una tensión apreciable que convierte a cada una de las películas del director en pequeños debates sobre la vida moderna a través de una evidente introspección argumental. Desde su ópera prima
Sydney
(1997) —que reflexionó sobre el mal moderno en clave melancólica—, hasta
Magnolia
(2000) —quizá su película más acabada y redonda, en la que meditó con cuidado sobre las pulsiones de nuestra cultura—, Anderson parece obsesionado con la veleidad de la memoria y el tiempo; pero sobre todo con la capacidad de lo social como una forma de expresión estética. Para Anderson hay una evidente relación entre la belleza, el dolor y el temor; un vínculo secreto que sostiene un poderoso concepto de la identidad.





Algo parecido ocurre con la adictiva y elegante cinta
Phantom Thread
, en la que el director analiza otra vez sus temas favoritos; pero esta vez convierte la idea del bien y el mal, las obsesiones y el amor en algo mucho más elaborado, discreto y poderoso. Esa insinuación del amor convertido en férrea necesidad de posesión y creación aparece en una delicada puesta en escena complicada. Para Anderson, parece de enorme importancia analizar el poder personal; pero también la rivalidad entre la comprensión de la individualidad a través de un entendimiento del arte como expiación del dolor. Lo anterior resulta en una vuelta de tuerca a la forma en la que comprendemos lo meramente estético, en una noción profundamente del dolor y su expresión como una forma de arte.





Anderson mantiene la intención de otorgar sentido artístico a todo tipo de símbolos específicos. Después de todo, fue Anderson quien se atrevió a analizar la pornografía desde lo humano y un evidente cinismo elemental en la cinta
Boogie Nights
(1997). En
There Will Be Blood
(2008), Anderson se obsesionó con la furia, el dolor y la oscuridad; creó un alegato muy humano sobre el poder, sus alcances e implicaciones, todo en clave de épica oscura dotada de un sentido casi trascendente. El director asumió el poder de la locura —o al menos lo que un inspirado guión asumía como locura— y lo dotó de una dimensión nueva que elaboró todo un discurso sobre la ambición. Anderson dejó claro que incluso la rapacidad soterrada y esa comprensión de la avaricia tan cercana a un épico pecado capital, estaban sostenidas por algo más sutil.





En la película
Phantom Thread
Anderson regresa al análisis de la figura patriarcal en busca de redención; pero le agrega un inusitado elemento de pura delicadeza intelectual. A través del personaje de Reynolds Woodcock —interpretado por el asombroso Daniel Day Lewis—, Anderson reflexiona de nuevo sobre los límites del dominio, el control y el sentido de una masculinidad tóxica que el director convierte en algo mucho más elaborado. Para el director parece de enorme importancia que la historia de
Phantom Thread
sea un reflejo de una evolución consistente sobre el personaje masculino que, hasta ahora, Anderson ha desarrollado de película en película. Con una suave y elegante fiereza, su Reynolds Woodcock demuestra el análisis del director de la fuerza masculina, y cómo percibe el poder, lo que convierte a
Phantom Thread
en una obra de arte de la insinuación. La película, con su enorme carga simbólica, deja claro que Anderson añade una insólita dimensión a su análisis de lo masculino, al expresar el arte y lo estético como una forma de poder directamente vinculada con la identidad y la individualidad. El resultado es una combinación que se sustenta sobre la visión de Anderson sobre la virilidad y la voluntad creativa; pero sobre todo, la percepción sobre lo que nuestra cultura asume como poderoso. Anderson concibe al rígido modisto de la década de los 50 como un artesano de enorme talento, pero también como una figura incapaz de asumir la belleza como otra cosa que un lenguaje privado.
Phantom Thread
analiza las líneas y pequeñas conexiones entre lo que consideramos poderoso y las cualidad de la belleza. ¿Puede ser la belleza un símbolo de fuerza? ¿Pueden traducirse las cualidades tradicionalmente relacionadas con lo femenino —como la elegancia, la sutileza y la ternura del mundo de la moda— en algo más contundente y agresivo?





La reflexión de Anderson resulta paradójica. En
Magnolia
, por ejemplo, Tom Cruise interpretaba a un orador machista que lanzaba incendiarias diatribas sobre el poder y lo masculino, al tiempo que parecía sostenerse sobre una endeble y frágil vida familiar. Lo mismo ocurre en
Phantom Thread
, el director logra crear —en un contexto de extraordinaria belleza— una pretensión ideal sobre lo viril que roza una evidente dureza. A su vez, Anderson parece profundamente sorprendido por la capacidad de su personaje para reflexionar sobre sí mismo como parte de un contexto hostil y violento que se construye a través de ideas subyacentes, proclives al análisis sobre lo que consideramos masculino y femenino en medio de un debate perenne sobre el tema.





La película está inspirada, al menos en parte, en la vida del diseñador Charles James, un diseñador británico reconocido durante buena parte de la década de los 50 por sus magníficos y sobrios diseños. El director se hace preguntas no demasiado disimuladas sobre el poder ejercido por el hombre —las relaciones de Woodcock con las mujeres a su alrededor son extravagantes y duras— y la forma en la que se crea una visión sobre la mujer. Nada es casual en la búsqueda de Anderson de conceptualizar lo femenino y lo masculino en los rígidos términos tradicionales; pero además, resulta evidente que el director asume el hecho clásico y consecuente de lo moral como una noción sobre lo que consideramos normal y evidente. Woodcock es un hombre de extraordinario talento, pero también carente de cierta sutileza intelectual. Y mientras a su alrededor las mujeres brillan por su capacidad artística o su mirada casi fría —un atributo que suele atribuirse al hombre—, Woodcock se analiza como la mano expresiva de un tipo de talento nato fascinante. El modisto encarna al bien y el mal cultural en una época especialmente restrictiva y dura, lo cual resulta de enorme valor como metáfora sobre la cultura occidental.





Phantom Thread

llega a la pantalla grande en un momento especialmente álgido sobre el debate acerca del poder masculino; durante un cambio cultural y conductual que comienza a tener asombrosas implicaciones. De pronto, el incesante cuestionamiento sobre el género —y las relaciones que se establecen entre ellos— se reconstruyen dentro de un ámbito de valor que se asume necesario para comprender nuestra herencia cultural. Con su aire refinado y duro,
Phantom Thread
medita de manera durísima sobre las relaciones de poder entre hombres y mujeres, sin que el tema sea evidente ni mucho menos el centro mismo de la narración. No se trata de un debate sobre el machismo, sino sobre la forma en que, hasta ahora, se correlacionan el bien, el mal y lo que consideramos necesario. La película convierte la disyuntiva del hombre poderoso en una eventual mirada sobre la forma en que nuestra sociedad asume la desigualdad. Woodcock representa el poder que se expresa como atributo, por lo que la visión del temor y la belleza se analiza desde cierta connotación inquieta y dura. Como si se tratara de una de versión elegante y refinada —pero igualmente dura— del mundo que habitan los Weinstein y los Kevin Spacey de nuestra época. La visión de Anderson sobre la masculinidad tóxica resulta del todo insólita y poderosa por sus implicaciones. El Woodcock de Anderson quiere gobernar, ejercer su poder, y lo hace a través del dominio que ejerce en su imaginación sobre el mundo que le rodea; todo envuelto en un extraordinaria visión de belleza.





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Aglaia Berlutti


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