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"Desobediencia": la película que nos muestra el deseo y la lujuria del amor lésbico

2 de mayo de 2018

Aglaia Berlutti

El director de la aclamada cinta "Una mujer fantástica", Sebastián Lelio, regresa con una conmovedora historia que nos muestra la soledad, el amor y el erotismo femenino.

La sexualidad y el erotismo femenino son algunos de los temas que más esfuerzo lleva analizar en el mundo cinematográfico. No sólo se trata de que la gran mayoría de las veces las percepciones sobre la mujer y el deseo bordean el estereotipo y la idealización, sino que son analizadas desde una óptica masculina, lo que añade de manera inevitable cierto peso de distorsión conceptual. Una crítica común que se repite incluso en películas como
La vida de Adèle
(Abdellatif Kechiche, 2013), en la que la reflexión sobre la sexualidad adolescente, el erotismo y el deseo femenino tienen un peso esencial como expresión de identidad e individualidad.


No obstante, con su carga erótica explícita tachada de innecesaria y efectista, la película de Kechiche recibió críticas por su incapacidad de vencer la noción sobre el sexo como elemento de provocación, más que un mensaje consistente dentro de la narración y que puede reflejar la complejidad de la psique femenina. Otro tanto ocurrió con
Carol
(Todd Haynes, 2015), que a pesar de su solidez argumental pareció insistir sobre ciertos clichés sobre lo que el sexo y la búsqueda del amor entre mujeres puede ser. De modo que intentar comprender el poder de lo homoerótico desde la perspectiva femenina, aún resulta de inusual complejidad en medio de cierta simplificación innecesaria sobre el tema.





Tal vez por ese motivo la película
Desobediencia
(2017), del director Sebastián Lelio, llega precedida de cierta polémica. Su forma de enfocar la sexualidad femenina parece mucho más interesada en analizar a profundidad la emoción antes que la mera necesidad erótica. Por supuesto, Sebastián Lelio podría considerarse un experto en analizar la psique femenina desde la sutileza, su oscarizada cinta
Una mujer fantástica
(2017) es una búsqueda de razón y sentido a la identidad, en medio del dolor y la incomprensión cultural. En
Desobediencia
ocurre otro tanto, aunque es evidente que Lelio también encuentra una manera por completo nueva de analizar un retrato impactante y lleno de graduaciones espirituales sobre la vida interior de la mujer; pero también una perspectiva realista, poderosa y asombrosamente profunda sobre lo femenino como objeto de reflexión filosófica.


Con la historia de un amor entre dos mujeres dentro de la comunidad judía ortodoxa —todo un reto de planteamiento, complejidad y revisión de cánones que Lelio supera con enorme elegancia argumental y visual—,
Desobediencia
comienza siendo un retrato de la represión religiosa y cultural, que progresivamente toma un cariz de meditada percepción sobre el
yo
, el amor como expresión de una compleja forma de fe y un tipo de esperanza privada. Protagonizada por Rachel Weisz y Rachel McAdams, el ambiente de la película gravita sobre una búsqueda de propósito del amor como relativa comprensión espiritual y, no obstante, no parece demasiado interesado en cuestionar la percepción de lo emocional, sino el amor como vínculo intelectual y moral de compleja cualidad íntima. Con sus actrices convertidas en símbolos casi metafórico sobre el bien y el mal moral, las decisiones éticas basadas en el deber existencialista y una comprensión sobre el dolor casi pragmática,
Desobediencia
asume su versión sobre la insatisfacción emocional y espiritual como una creación sensible dentro de un ámbito restringido y casi claustrofóbico.



Basada en la novela del mismo nombre de la escritora Naomi Alderman, la película conserva el ritmo pausado, rico en matices y levemente desconcertante del libro, con sus cambios de escenario y tono que muestran la noción de lo cultural como una extraña dimensión de lo ajeno y lo personal. Lenta y deliberadamente, la cinta está consciente de su premisa —un amor imposible en medio de un escenario conservador—, pero se toma el atrevimiento de ir más allá de eso incluso en sus momentos más confusos, y mucho más aún cuando toma la decisión de mostrar la sexualidad como un hecho honesto y desenfrenado, en una de las escenas sexuales más realistas y extrañamente intensa de las últimas décadas.


Para Lelio, la sexualidad femenina parece anclada y convertida en una versión elemental sobre los deseos y la manifestación venial de lo que somos o hacia dónde deseamos avanzar; pero también es una comprensión suave y bien construida del tiempo, que admite una percepción sobre el olvido más o menos sustancioso. Entre ambas cosas,
Desobediencia
toma las riendas de su percepción sobre el amor como deber y la dicotomía de lo emocional como versión coherente de la realidad.




En
Desobediencia
nada es sencillo. Las emociones están reservadas y cristalizadas en una paleta de colores helada que recuerda que, para los personajes principales, el amor está vedado a cierta parte estéril de su vida. Rachel Weisz crea un personaje brillante en graduaciones sobre el dolor, los sentimientos encontrados y la brevedad de la pasión correspondida. Desde la primera escena —toda sonrisa y con un diálogo fluido que expone casi sin querer las grandes inquietudes de la película— hasta los momentos más duros y apasionados, la actriz logra crear una contradicción esencial sobre lo que sostiene a su personaje como reflejo del
yo
. Weisz tiene muy claro que
Desobediencia
no es un estudio sobre el prejuicio, sino sobre la soledad, y quizá por ese motivo su personaje es la imagen viva del desarraigo y de la belleza como un todo amplio y sensorial, pero también sobre la oscuridad interior.


Además del amor lésbico entre parientes y el deber asumido desde la emoción, la película hace un especial hincapié en el pasado como forma de analizar lo que recordamos y lo que construimos como identidad perenne. Con pausada tranquilidad, la cinta analiza la incomodidad de la ruptura entre quienes fuimos, el presente fragmentado y el futuro incierto, con una elaborada aspiración poética que nos sorprende. En sus momentos más duros,
Desobediencia
podría parecer sermoneadora, pero en realidad sólo se trata de un repaso por los dolores emocionales convertidos en una idea vivencial de lo espiritual y lo intelectual. Quizá se deba a que Weisz también es la productora de la película, pero hay un definitivo acento en la búsqueda del libre albedrío, la independencia intelectual y el encuentro de la capacidad íntima para el amor, basada en la percepción del sentimiento como obra liberadora, lo cual convierte a la película en un manifiesto humilde y bien ponderado sobre la emoción como una forma de construir y también de destruir.





Desde su extremo, Rachel McAdams es la perfecta contrapartida a la dureza argumental del personaje de Weisz. Juntas elaboran una cuidada simetría en el tono y en la forma, no sólo son dos mujeres que se atraen entre sí, sino que están unidas por una historia única que de algún modo las define a ambas. Hay una definitiva percepción del dolor, el sufrimiento y la angustia, en medio de la vaga noción sobre ese pasado —convertido en plena conciencia del deseo y poco después en amor— que avanza a mitad de la película como una profunda evidencia de algo más categórico y duro de asimilar. Muy pronto, ambas mujeres deben lidiar no sólo con el pasado que se construye como un peso de enorme importancia para los personajes, sino con su soledad confusa y borrosa que bordea la insatisfacción. Entre ambas cosas, el deseo y la lujuria toman un sentido elemental casi rudimentario, pero de enorme valor argumental. Ambas actrices logran un equilibrio entre el magnetismo y la química sugerida, pero sobre todo de la percepción del sexo como un elemento liberador, en mitad de las convicciones, la fe y el valor de la comunidad como estamento vivencial.


Con sus tonos sombríos, casi tenebrosos,
Desobediencia
avanza con cuidado entre la noción especulativa del amor como fuerza motora y el sexo como ejercicio del libre albedrío. El erotismo de la película —desinhibido, realista y casi pesimista— cumple una función evidente de metaforizar la fuerza que se esconde detrás del desafío que sustenta la trama entera. Al final, la película es una ponderada reflexión sobre el compromiso, sobre el “hacer lo correcto” en un ámbito árido, hostil y roto. Es una versión sobre el amor como piedra de sustento a la versión más privada que nos define y lo que resulta más duro de asimilar, el rostro que se muestra como parte de una idea conjuntiva de nuestra identidad.





**


Son muchos los detalles que componen a una gran película, pero cuando además refleja los sentimientos de toda una sociedad se convierte en una joya que puede llegar a influir en la manera de pensar y quizá revolucionar algunas ideas que antes no compartíamos; en este caso, comprender a una comunidad. Aquí te compartimos otras 12 películas para entender el orgullo LGBT; o si la literatura es tu hitcon estos libros podrás comprender los derechos de los homosexuales a través de la historia


TAGS: Recomendaciones crítica cinematográfica lgbtq
REFERENCIAS:

Aglaia Berlutti


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